Café con el Pequeño Filósofo

Lurdes

04.01.08 | 08:01. Archivado en Costumbres
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(Madridpress) Todas las historias tienen algo de real, pero ésta debe de tener mucho porque alguien la ha sentido como en carne propia. Se llamaba Lurdes (sin la o, decía, para qué gastar tinta) y solía contarnos con un tono despreocupado -en el que algunos entreveíamos cierta pesadumbre- que ella nunca había sentido la llamada de la Naturaleza, ese aviso que creía que debía recibir toda mujer para desear tener un hijo. En su opinión, esta situación la hacía más liviana, más ágil, más divertida, quizá más insustancial también y más impermeable al dolor. Pero lo aceptaba como una circunstancia más de la vida, ni buena ni mala. Como todo, tenía sus ventajas y sus desventajas. Danos una ventaja, le dijimos. Puedo andar tranquilamente por un cementerio, respondió, y no echarme a llorar cuando veo la lápida de un niño recién enterrado.

Un día nos sorprendió con la noticia de su embarazo, y en su rostro no se reflejaba la menor emoción, ni alegría ni contrariedad, sólo el hecho objetivo de su nuevo estado. Una vez más su tono sonaba pretendidamente despreocupado, pero algunos, quizá los mismos, percibimos que en el fondo de sus palabras quedaba una tristeza grave, plomiza, definitiva. Será por la novedad, nos dijimos en un aparte, será el clásico temor de los nuevos padres. Pero un poco más tarde tuvimos que preocuparnos de verdad cuando soltó: tengo que tomar una decisión.

Pasaron las semanas, y algunos la seguimos de cerca por si acaso. Su marido, Adolfo, era un buen tipo, trabajador por obligación y sin grandes ambiciones, pero un poco ausente y apático. Lurdes se lo contaba todo, pero esto aún no había podido. Es que es demasiado, nos confesó. Nosotros le dijimos que no era para tanto, que muchas mujeres pasan por ello, que era lo natural y que ya vería como en poco tiempo sus dudas se convertirían en ilusión. Hasta que al final estalló: la noticia del embarazo viene acompañada de un tumor. Me quedan pocos años, quizá meses; puede que ni siquiera llegue a nacer.

No sabemos cómo ni cuándo tomó la decisión, pero el caso es que se armó de valor y resistió lo que pudo. Todos habíamos caído en una profunda melancolía y en la duda sobre lo que debía hacer con respecto a su estado; nos imaginábamos a una niña (la ecografía no detectó rabito alguno) huérfana desde la infancia, criada por un tipo gris e indeciso que quizá llegara a preguntarse qué hizo para que le cambiaran una compañera por un ser dependiente. La perspectiva era escalofriante.

Pero Lurdes superó la prueba. Se sometió a todos los tratamientos posibles para prolongar su existencia con el único objetivo de alcanzar el noveno mes con las fuerzas suficientes para expulsar con bien a la criatura. Le dio tiempo a ponerle nombre, a insuflarle vida en una breve lactancia y a asistir a sus primeros lloros y su primera sonrisa; también a comprobar la transformación de Adolfo, de quien dijo que sería el mejor padre posible para la pequeña Lurdes.

En sus últimos momentos nos dijo que, gracias a Dios, nunca lloraría ante la lápida de un niño. Ahora somos nosotros los que paseamos por el camposanto y al parar ante su tumba rompemos a llorar.


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