Crónicas marcianas
28.12.07 @ 08:27:26. Archivado en Literatura
(Madridpress) Hace unas seis décadas Ray Bradbury hizo un intento de prever cómo serían nuestros tiempos actuales. El hombre habría conquistado Marte y dispondría de cohetes capaces de transportar grupos numerosos de personas desde el tercer al cuarto planeta después del Sol, y viceversa, con la facilidad con la que se toma un vuelo a Nueva York. Nos habríamos adaptado, mal que bien, a la escasez de oxígeno y contaríamos con relativas facilidades para construir casas y levantar negocios con visos de prosperidad. Comenzaríamos la colonización de nuestros nuevos dominios como hicimos hace miles de años en la Tierra, pero ahora con muchos más efectivos actuando como colonos y unos medios técnicos inmensamente superiores. Y los primeros en emprender el largo viaje, como cuando conocimos América, serían los desheredados, los inadaptados, los que ya no tienen una razón para seguir existiendo en el planeta que los vio nacer, y también los aventureros y los cazadores de fortunas. En noviembre de 2005 el neoyorquino Sam Parkhill montaba un negocio de perritos calientes y esperaba la llegada de diez mil cohetes procedentes de la Tierra que le traerían cien mil potenciales consumidores.
Desde que Neil Armstrong puso el pie en la luna en julio de 1969 los ingenieros del espacio no han vuelto a asombrarnos con imágenes tan difíciles de creer que aun hoy se ponen en duda. Aquel pequeño paso para el hombre y gigantesco salto para la humanidad no ha provocado una sucesión de viajes del planeta al satélite que desembocara en un sistema de ofertas turísticas. No ha ocurrido nada de eso. Se ha seguido trabajando con más o menos ahínco según los fondos disponibles, se ha estudiado la geografía, la composición del suelo, la posibilidad de vida, las condiciones del aire en la Luna y en Marte. Se puede decir que el hombre sabe hoy mucho más sobre el espacio y los planetas próximos que cuando el Apolo IX regresó a casa tras el popular paseo. Pero de ahí a la colonización media el abismo.
Sin embargo el relato de Bradbury nos da tiempo para cumplir sus pronósticos porque no finaliza hasta el año 2026 y en estos diecinueve años pueden pasar muchas cosas. Podemos dispararnos en nuestro afán de conquista. Igual que se nos queda pequeña la llamada tierra firme y entonces surge una oferta admirable de apartamentos en alta mar, podría ocurrir que las aguas tampoco sean suficiente y queramos probar suerte en el planeta rojo o en cualquier otro.
Pero no es probable, a día de hoy, que se cumpla la profecía. Porque con lo que no contaba Bradbury es que a estas alturas el hombre tiene la amarga sensación de que se ha cargado su propio planeta y siente la obligación de reparar el daño. No contaba con la alarma climática, ni con Al Gore, ni con la cumbre de Kyoto, ni con los automóviles híbridos. El hombre, a día de hoy, está volcado con su planeta con el firme propósito de salvarlo. Lo de Marte, o Júpiter, Saturno o Plutón -como el capitán Wilder, que se vio obligado a liquidar al aniquilador de terrícolas llamado Spender-, queda pospuesto hasta que la situación aquí abajo sea irreversible. Además, el Marte de Bradbury se nos antoja desolador, seco, de horizontes lejanísimos y estériles, escasamente poblado de seres con apariencia humana pero de naturaleza indefinible. Las Crónicas marcianas de Bradbury tendrán que esperar.
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Alan Ferreiro
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