Roma
14.12.07 @ 08:18:05. Archivado en Costumbres
(Madridpress) Lo malo de visitar Roma por primera vez es que se pierde la oportunidad de descubrirla. Decía un pensador del siglo XX que viajar es perder países, y en ese sentido Italia, o por lo menos su capital, ya está tachada de la lista.
Antes de ir a conocerla, Roma era una ciudad idealizada: la leyenda de Rómulo y Remo, las colinas del Capitolio y el Palatino, la formación de una República, la expansión territorial, los templos de columnas blancas, el Coliseo de los gladiadores, las esculturas de Bernini, la plaza de San Pedro, la fuente de Trevi, la basílica de Santa María la Mayor y un largo etcétera inabarcable. Todos estos lugares, leyendas, edificios y monumentos, acumulados como por un coleccionista omnipotente, contribuyen a elevar el nombre de la Ciudad Eterna en un halo de misterio que nos la presenta como un lugar fantasmagórico y a la vez como el objetivo último de un peregrinaje.
Pero Roma ya se ha visitado, y la hemos encontrado empapada de humanidad; de historia y de leyenda sí, pero también de humanidad actual. De los magníficos templos ya sólo queda la fachada y a través de sus columnas, las que quedan, se ve el vacío de un edificio que ya no existe. Las cuadrigas que marchaban veloces en tiempos de Ben-Hur se han transformado en pequeños Fiat y Skoda que circulan por cientos de miles, todos a un tiempo, y embrutecen la ciudad. Los gladiadores ya sólo blanden sus espadas para posar en la foto del turista. Aún así, Roma sigue siendo lo que era, porque la perversión propiciada por el hombre no es suficiente para vencerla. Lo que pasa es que ya se ha visitado y entonces se cae de la lista.
En cierto modo con las ciudades pasa como con el cine. Lo malo de ver, pongamos, Taxi Driver es que ya no queda como una de las grandes películas que tenemos por descubrir. Pero las buenas películas son las que admiten ulteriores visitas y no sólo no aburren sino que ganan con la repetición porque nos muestran cada vez nuevos detalles, enfoques antes no percibidos, matices escondidos. Quizá la primera vez que vemos Taxi Driver pasamos por todo su metraje con el mismo nivel de entusiasmo, pero en una segunda o tercera ocasión nos recrearemos, por ejemplo, con la escena en que Robert de Niro se prepara, armado hasta los tobillos, para salir a la calle y mantiene una inquietante conversación ante el espejo.
Así pasa también con las ciudades. Por fortuna, en el caso de Roma no todo está perdido. Por si el argumento de la nueva perspectiva no fuera suficiente, la Fontana di Trevi y la Bocca della Veritá sólo pudieron verse de noche, la plaza de España la encontramos parcialmente andamiada, la plaza Navona se hallaba enchiringuitada como una plaza Mayor de Madrid en Navidad, el edificio principal de la plaza de Venecia se ocultaba tras una lona gigantesca, una larguísima cola disuadía de acceder al Coliseo, la falta de tiempo impidió llegar hasta las Termas de Caracalla, el Monte Pincio y las Catacumbas; además, en nuestras escasas interacciones con la fauna local no encontramos ningún italiano amable.
Por fortuna se hace necesario regresar a Roma para resarcirse de todos estos imprevistos.
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Alan Ferreiro
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