Sin carné
16.11.07 @ 08:15:33. Archivado en Costumbres
(Madridpress) El tráfico está loco, dicen. Pero no por culpa de los atascos interminables que nos roban impíamente nuestro tiempo, sino por las locuras que observamos en carretera y que a veces tenemos que padecer. Alguien te hace la rotonda por la izquierda para variar, o da marcha atrás en una autopista porque se ha pasado la salida, o zigzaguea por entre las filas de coches en la ciudad por no quedarse en el semáforo, o cambia tres carriles de golpe dejando planchados a todos los que venían por su derecha. Y entonces, convencidos de que nuestra capacidad al volante está fuera de toda duda, pensamos que estaría bien endurecer las pruebas para la obtención del título.
Pero lo del carné en el bolsillo no garantiza nada. La DGT ha hecho público un informe según el cual unos sesenta mil conductores circulaban por las carreteras españolas sin carné en 2005, de los cuales se detectaron menos de dos mil por haberse visto implicados en accidentes. ¿Qué pasa con los otros cincuenta y ocho mil? Debe de haber por ahí un buen número de individuos sin carné que conducen sus vehículos con mayor seguridad y respeto que muchos que se amparan en unos papeles en regla. A veces el carné no es más que un salvoconducto que te autoriza a cometer fechorías, una patente de corso, una especie de licencia para matar expedida a discreción. Por algo decía Serrat aquello de “que la tierra cayó en manos de unos locos con carné.”
Hay gran cantidad de gente que va por ahí sin carné, de conducir automóviles o de lo que sea. Te vende un piso un fulano que no sabe ni media palabra de propiedad inmobiliaria pero que un día trabajó de comercial de lápidas y demostró lo que valía precisamente con una peña futbolística accidentada en autocar; te sirve la cena o las copas un chaval con las manos sucias que está ahorrando para pegarse unas vacaciones transoceánicas el próximo verano; te atiende el teléfono de una gran empresa una muchacha simpática que está ahí porque su hermana mayor ha tenido que guardar cama; te reforma el baño un moreno que fue reclutado en su empresa por la fuerza con la que usa el martillo para tirarte las baldosas viejas.
Hay mucho trabajador sin carné. También en la literatura, aunque en este gremio nos agarramos a la excusa de que nos mueve el amor al arte, especialmente los que no cobran un duro. Esto de la precariedad podría ser un motivo para abandonar la actividad creativa-destructiva, pero a poco románticos que seamos insistimos en nuestro empeño, para desesperación de críticos y de lectores. Escribimos sin carné, soltamos nuestras miserias día tras día y ni siquiera tenemos idea de cómo se obtiene la licencia. Vamos por ahí con la mano suelta y la pluma afilada, jugando a observadores sagaces e implacables como Truman Capote, sin la menor consideración hacia los sentimientos de los demás. Nos mantenemos leales a nuestro instinto, independientemente del talento, y nos aplaudimos a nosotros mismos por cada página perpetrada, guste o no al respetable. Cualquier día escribimos sobre usted, o sobre un asunto con el que se siente identificado y le tocamos la fibra sensible. Quizá le hacemos maldecir, o llorar o reír, y se pregunta cómo demonios se nos ocurrió meternos a esto.
Somos peligrosos, sí. Pero, al menos, nunca nos damos a la fuga y nuestros atropellos no terminan en el hospital.
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Alan Ferreiro
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