Arte
26.10.07 @ 08:56:35. Archivado en Costumbres
(Madridpress) Según el diccionario de la Academia el arte es el “acto o facultad mediante los cuales, valiéndose de la materia, de la imagen o del sonido, imita o expresa el hombre lo material o lo inmaterial, y crea copiando o fantaseando.” Hace unos días Rosa Montero nos hablaba de dos pretendidas manifestaciones artísticas que ha podido conocer: una de ellas consistía en atar a un perro a una pared y dejarlo morir de hambre y la otra en martillear la cabeza de una vaca hasta acabar con su vida. Se abre aquí el debate de qué es y qué no es arte. Pese a la definición del diccionario, todos podemos decir lo que es arte y lo que no. Desde aquí uno dice que matar un perro negándole el alimento o una vaca a mamporrazos no es arte por dos razones. La primera, porque esas manifestaciones no suponen ninguna creación, sólo destrucción. Alguien, quizá los autores de la “obra”, podría decir que hay creación en la emoción que provoca en quien lo contempla; pero esa emoción es tan destructiva que elimina toda posibilidad artística y se olvida por completo del hipotético disfrute que se le supone. La segunda, porque son una salvajada, y ni siquiera pueden ampararse, como las corridas de toros, en la tradición, la fiesta popular, la valentía o el espectáculo.
Hace pocos años, en el Museo de Arte Contemporáneo de Vitoria, entramos en una sala en el que llamaba la atención un olor profundo y desagradable como de ser vivo en estado de descomposición. En un principio pensamos que se trataba de una cañería abierta o algo similar, pero a medida que nos adentrábamos en la sala y encontramos las paredes y suelos en perfecto estado nos dio por suponer que íbamos a asistir a una nueva forma de arte olfativo. Por fin descubrimos el origen del hedor. En un pequeño expositor había una vitrina en forma de urna dentro de la cual se exhibía un queso abierto, de esos con sabor fuerte y pequeñas motas azuladas y recubierto con hojas de árbol. Lo miramos extrañados intentando averiguar la clave de aquella pieza expuesta y empezamos a elucubrar posibilidades: el queso podría tratarse en realidad de un objeto artificial muy bien elaborado y dotado de un mecanismo productor de aromas buenos y malos según la atención mostrada por los visitantes; o podría aparecer repentinamente un artefacto móvil de su interior; o podría desplegar una música acorde con el objeto; o algún otro sinsentido. La cosa no estaba clara, pero si al menos se encontrase refrigerado la sensación nauseabunda remitiría, pensábamos. Algunos curiosos se acercaban a la sala frunciendo el ceño a causa del olor, pero enseguida salían por donde habían entrado sin llegar a ninguna conclusión. Después de un rato de estancia en la sala del queso no le vimos el arte por ningún lado, no hubo manera de sacarle la gracia a aquel objeto repulsivo. Aquello tampoco nos pareció que fuera arte, pero al menos no era una salvajada.
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Alan Ferreiro
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