Café con el Pequeño Filósofo

El velo

12.10.07 | 08:10. Archivado en Civilizaciones
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(Madridpress) La readmisión a instancias de la Generalidad de Cataluña de una niña marroquí en una escuela gerundense, a la que tenía prohibido asistir mientras persistiera en vestir el velo musulmán, ha levantado algunas polémicas. En un artículo publicado en el diario El País bajo el título El velo no es el velo, Mario Vargas Llosa avisaba del peligro que corre nuestra “cultura de la libertad” si las autoridades españolas consienten este tipo de expresiones y aplaudía la determinación del gobierno francés al prohibir por ley el uso de esta prenda en las escuelas públicas.

En efecto, el velo tiene un significado más allá de su utilidad, es todo un símbolo de una religión. Pero eso no lo convierte en un riesgo para nuestra sociedad a no ser que nosotros mismos queramos otorgarle ese magnífico poder, porque un símbolo en sí mismo no es pernicioso. También es un símbolo la bandera estadounidense o el retrato del Rey y quemarlos en Irak o en Gerona se convierte en un acto violento y desafiante. En estos casos, lo malo no era el símbolo sino la actitud agresiva de quienes no se sienten identificados con ellos. Y prohibir el velo musulmán es quemar un símbolo.

Como bien dice el escritor peruano, “el Estado laico no está contra la religión. Por el contrario, garantiza el derecho de todos los ciudadanos de creer y practicar su religión sin interferencias, siempre y cuando esas prácticas no infrinjan las leyes que garantizan la libertad, la igualdad y demás derechos humanos que son la razón de ser del Estado de Derecho.” Pero el uso del velo constituye una forma de practicar una religión que no infringe ninguna ley española –nuestro país aún no ha seguido los pasos del gobierno francés- y, lo que es más importante, no vulnera la libertad, la igualdad ni ningún otro derecho de los escolares. Lo contrario, no permitir a la niña marroquí vestir el tradicional velo musulmán, vulneraría tanto la libertad que nuestra moderna sociedad defiende como la de quien desea vestir calcetines blancos bajo unos mocasines negros y se lo impiden. Por mucho que no nos guste esa estética, no es más que una forma de vestir elegida libremente por el interesado. Y no es lo mismo, ni siquiera un paso previo, que haya piscinas municipales separadas para hombres y mujeres, porque esto sí podría constituir un caso de discriminación sexual rechazada por nuestro ordenamiento jurídico; ni admitir los matrimonios negociados por los padres, porque nuestras leyes civiles exigen la plena libertad de los contrayentes para que el casamiento sea válido; ni mucho menos la ablación del clítoris de las niñas, porque está tipificado en nuestro código penal, además de ser una salvajada. Las piscinas separadas, los matrimonios negociados y la ablación del clítoris vulneran nuestras leyes; el uso del velo no. Por eso debe permitirse.

Pero además hay motivos para no aprobar una ley contra el uso de esta prenda, como se ha hecho en Francia. Al rechazar el velo estaríamos oponiéndonos a toda una tradición de una cultura con la que debemos convivir y, aún más, con la que queremos convivir. Si empezamos por repudiar su forma de vestir mal nos vamos a entender en cualquier otra materia menos trivial. Es cierto que no se trata de nuestra tradición, que es la de los otros, y que nos parece atrasada por lo que representa. Pero si nos parece reprobable el velo musulmán como símbolo de una religión o de la desigualdad entre hombre y mujer, la forma de combatir su uso no puede ser el golpe de decreto sino mediante la educación, como debería serlo, pongamos por caso, la erradicación de la intolerancia en nuestra sociedad.

A uno le gustaría que no hubiera velos, esa es la verdad. A uno le gustaría que nadie tuviera la necesidad de cubrirse el rostro ni por pudor ni por tradición y que no existieran costumbres que nos distancien tanto a unos de otros. El velo es una cortina que separa como en su día lo hacía el telón de acero, una pared oscura que oculta y que aísla. El velo tiene algo de macabro, algo que asusta. Pero prohibirlo es entrar en ese peligroso juego de la separación y la exclusión. Una sociedad que prohíbe el velo también asusta.


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