(Madridpress) Leer las crónicas periodísticas de César González Ruano es viajar a un tiempo que no hemos vivido. Incluso para sus contemporáneos, la prosa de este reportero especialista en todo y en nada puede resultar lejana. Porque González Ruano inventaba en cada artículo diario un mundo nuevo y a la vez pasado que a nadie más correspondía. Sus crónicas presentes estaban teñidas de pasado, aunque describiera la mesa de mármol sobre la que apoyaba el papel, o el café del centro de Madrid en que en ese momento se desayunaba.
Hay en González Ruano una visión envejecedora del tiempo, una ceniza –como él mismo diría- que mancha las cosas más presentes con la nebulosa de la memoria, como esas películas que para mostrarnos una escena retrospectiva de la infancia de un personaje nos difuminan los colores de la imagen.
González Ruano era un periodista infatigable. Hoy día, si buscamos con paciencia por las librerías de viejo y rebuscamos en las bibliotecas, podemos encontrar miles y miles de artículos recopilados en tomos laudatorios que celebran la labor de toda una vida. Todos esos artículos se publicaron en su día en los diferentes periódicos de su época. “Tal vez no exista un destino más triste e inglorio que el de los trabajos literarios publicados en la prensa diaria,” nos dejó dicho en el prólogo de Mis cien mejores crónicas. Pero González Ruano, con todo lo periodista que fue, tenía muchos más acentos de escritor que de redactor o reportero, quizá por eso lo seguimos leyendo. No buscaba la noticia perecedera y urgente sino que iba escribiendo la gran novela de su vida por entregas diarias, en ABC o en La Vanguardia, desde Roma o desde París, casi siempre sentado en un café, glosando la última exposición visitada, una conversación de taxi, la tos matinal que se le ha recrudecido, el milagro de un Madrid vacío por vacaciones, el bullicio de la pescadería o una tarde de toros en las Ventas.
González Ruano conocía bien la crueldad de los españoles hacia el artista y hacia el individuo que un buen día adquiere fama, y también su capacidad para hacer los hombres y deshacerlos. “Hasta un martes se nos dice que nuestro talento está verde y que nuestra obra carece todavía de madurez. Pero no más tarde que un miércoles, ocurre que somos inculpados de una vejez incalculada. Precisamente, cuando el escritor logra conquistar un estilo propio y poner en orden sus ideas, se dice de él que se repite y se le acusa de monotonía y decadencia.” Conocía todo esto pero no debía de preocuparse demasiado porque no tenía ningún reparo en repetirse en temas, expresiones o puntos de vista, pese a lo cual jamás resultaba monótono. Podemos leer un artículo titulado Primavera que celebraba, igual que el año anterior, la llegada de la estación de los días largos, pero siempre lo recibimos con interés lector renovado porque González Ruano sabía poner de actualidad hasta un acontecimiento natural que se produce incansablemente y de idéntica manera desde que el mundo es mundo.
Leer a González Ruano, ya lo hemos dicho, es remontarse a un tiempo pasado que sólo existió para él, y que era tan actual y tan inútil como lo será dentro de cien años. Lo malo es que César González Ruano ha muerto. Lo bueno es que sus crónicas seguirán contando la historia de las personas, la historia con minúscula, en cualquier tiempo en que se lean.
Lunes, 13 de febrero
José Donís Català
Juan Luis Recio
Juan Fernandez Krohn
Ángel Sáez García
Antonio García Fuentes
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Paulino Toribio
José Lozano Galera
Chris Gonzalez -Mora
Padre Fortea
Juan Carrasco de las Heras
Julián Moreno Mestre