Toreros
15.06.07 @ 08:49:36. Archivado en Costumbres
(Madridpress) El otro día se reunieron en La Moncloa dos toreros un tanto indecisos con la espada, uno pidiendo apoyo, aunque sólo fuera moral, y otro no comprometiéndose a nada que no sea incorpóreo; ni uno ni otro clavando la espada en punto vital. Nos decía Larra que la fiesta taurina la heredamos de los moros establecidos en el sur peninsular, que hacían ostentación de su valor mezclando su ferocidad natural con las ideas caballerescas. Según el periodista romántico, antes de los toros la diversión del pueblo consistía en soltar dos cerdos en una plaza a la que saltaban también dos hombres con los ojos vendados y armados con palos para atizar a los animales, con el peligro lógico de golpearse entre ellos mutuamente.
Hace tres años Zapatero saltó a la arena, como antes Aznar, intentando la machada: acabar con el toro del terrorismo en su primera lidia y hacerlo con elegancia, de forma que le distinguiera en gallardía ante sus seguidores. A Rajoy le tocó en suerte un papel de subalterno, y acentuó unilateralmente la subordinación como si quisiera que no lo relacionaran con un diestro de tan inexperta mano. El torero lo intentó una y otra vez, con serenidad, sin perder la sonrisa, pese a la dificultad del lance. Al fin el toro se mostró inlidiable: no corría cuando se esperaba de él movimiento, se revolvía a traición cuando el torero ya no lo esperaba y levantaba la cabeza descontroladamente paseando los cuernos por donde no tocaba. El público se impacienta y silba al toro, pero mucho más al torero porque sabe que del animal no se pueden esperar reacciones razonables, sólo responde a impulsos animales.
Zapatero llama ahora a toda la cuadrilla, pero algunos se resisten a salir a la plaza así, de cualquier manera. El toro se ha echado a perder y saben que ya el espectáculo está perdido hasta que no salga el siguiente. Pero hasta que llegue ese momento, si entre el diestro y la cuadrilla no son capaces de descabellar al animal habrá que plantearse soluciones. Sacar las vacas para que se lleven al toro indómito y adelantar así la aparición del siguiente es una especie de traición para el aficionado, que ha pagado su entrada por una corrida completa. Por eso lo mejor que puede hacer el torero es seguir meneando el capote con la mayor prestancia posible hasta que el toro decida irse por sí mismo. Quizá de este modo su reputación no siga devaluándose demasiado y en el futuro el público vuelva a reclamar su presencia en la plaza. Pero la relación entre los toreros no va a cambiar gran cosa en el ínterin. Mucho nos tememos que hasta la próxima consulta popular, de los toros podríamos pasar a los cerdos, y de los bravos lidiadores a los ciegos que se magullan a bastonazos.
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Alan Ferreiro
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