El vendedor de recuerdos
12.06.07 @ 08:35:04. Archivado en Costumbres
El vendedor de recuerdos despliega su mesita mostrador todos los días sobre las baldosas peatonales de la calle Preciados, o de Montera, o de la misma Gran Vía. No tiene nada que temer de la Policía, como los vendedores de discos en una manta, o de libros, corbatas o paraguas. Éstos se ven acosados por las quejas de las tiendas de alrededor, que no quieren ver reducidas sus ventas a causa de unos advenedizos que no pagan sus licencias. Pero nadie se queja del vendedor de recuerdos porque ni El corte inglés ni Fnac ni ningún otro establecimiento trabaja este sector.
El vendedor de recuerdos muestra su mercancía sobre la mesa, pequeños recortes como titulares de prensa que son avanzadilla de su verdadero producto: la evocación nostálgica. Algunos transeúntes pasan de largo mirando de reojo la operación del vendedor, pero otros ya se van parando y leen: “De cuando la plaza de Roma se llamaba plaza de la Alegría y era surcada por los duelos de los entierros,” “De cuando el fútbol era verdadero deporte,” “De cuando las excursiones a la Casa de Campo,” “De cuando las sesiones dobles en el cine Avenida,” "De cuando las viejas camionetas."
Una mujer de mediana edad y aire distraído echa un vistazo a toda la oferta y al final se decide por uno. Entonces el vendedor de recuerdos cierra los ojos poniéndose la palma de una mano en la frente, medita durante unos segundos y empieza a hablar: “Eran autobuses grandes, de aspecto destartalado aun cuando ostentaran matrícula reciente, con los asientos duros de madera. Había que esperarlos a veces durante más de una hora, ¿recuerdas?, y no era infrecuente que se detuvieran en medio de su trayecto para que se enfriara el motor humeante. Hacían tanto ruido que los pasajeros hablábamos a gritos, en ocasiones con el propio conductor, que no tenía la prohibición de charlar animadamente con quien se quedara de pie junto a la puerta. Eran unos auténticos cacharros… Me viene ahora a la memoria que el conductor tenía que agarrar la palanca con las dos manos y tirar con fuerza para cambiar de marcha. Estaba el Cibeles, el M-12…”
Entre evocación y evocación transcurre la mañana y el vendedor de recuerdos va haciendo su pequeño negocio. Pero a veces se acerca un cliente espurio que amenaza con pervertir, quizá inconscientemente y sin malicia, el auténtico espíritu del establecimiento. “¿No tiene usted un recuerdo de la reunión de La Moncloa?” “¿Qué reunión?” “La de esta mañana, ya sabe, Zapatero y Rajoy por lo del terrorismo. Lo típico, que si máxima firmeza, que si ya te dije que esto iba a pasar, que si no apoyas, que si raca raca.” El vendedor de recuerdos sonríe ante la ocurrencia, pero no se deja tentar. Es verdad que podría ampliar su negocio a recuerdos futuros con cargo al presente, lo que podría llamarse diversificación de productos, pero entonces ya entrarían en juego las suposiciones, los cambios inopinados de opinión, las traiciones del destino, y el suyo siempre ha sido un negocio limpio, cierto, seguro. “Lo siento, ese recuerdo no está disponible.”
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Alan Ferreiro
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