El articulista
08.06.07 @ 08:29:12. Archivado en Costumbres
(Madridpress) Hay quien piensa que el de articulista es un oficio acomodado. Lees la prensa por la mañana en la terraza mientras te tomas un café, escribes un folio con tus impresiones y ganas un pastón. Lo del pastón es sólo para unos pocos, como debe ser, que algunos venden más periódicos con su nombre que toda una redacción. Pero no van por ahí los tiros. Dineros aparte, un artículo que se puede leer en todo el país, insertado en uno de nuestros periódicos –que, por desgracia, no pueden evitar la politización- está sujeto a críticas, a reacciones que generan simpatías pero también enemistades, odios y deseos de venganza.
Hace unos meses saltaba la noticia de que Anna Politkovskaya había sido asesinada. La periodista rusa era una de las más críticas con el régimen de Putin y escribía lo que ella creía la verdad en relación con la política centralista en Chechenia y otros desmanes. Sus artículos le valieron cuatro disparos descerrajados en plena calle. Y, ¿durante cuánto tiempo se había sentido perseguida, amenazada, a pesar de lo cual continuó publicando sus acusaciones y diatribas? Politkovskaya ejercía su oficio al límite, y poco debía de importarle el salario que merecieran sus artículos cuando lo más valioso estaba en juego. Demasiada ponzoña envenenaba este caso puesto que unos días después moría Alexander Litvinenko, el ex espía ruso que investigaba el crimen de la periodista.
Muchos periodistas españoles desvelan cada día sus idearios políticos, a veces con cierta temeridad que juzgan imprescindible. Por ejemplo Fernando Savater, quien en cierta ocasión dijo que su batalla por la educación y contra el nacionalismo excluyente es una forma de devolver a la sociedad todo lo que ésta le dio en su infancia, juventud y primera madurez. Savater es mucho más que un articulista, pero el artículo es quizá lo que más se deja ver. Opina sobre el terrorismo y el precio que paga es muy alto: escoltas, amenazas constantes, enemigos incluso entre los que se suponen en su bando. En marzo pasado supimos que un jefe etarra encargó ampliar un informe sobre Savater y Maite Pagazaurtundua, y ya sabemos que estos informes sólo tienen un objetivo: la muerte.
Hace casi dos siglos Mariano José de Larra se batía con la política nacional en El duende satírico del día o El correo de las damas, periódicos de la época, esquivando censuras y sufriendo decepciones. Quizá por eso nos dejó dicho que “escribir en España es llorar.” Larra ganaba un buen dinero con sus colaboraciones, y con algún carguito político, pero las continuas reconvenciones que recibía por sus escritos y su vida tormentosa que lo llevó al suicidio por un “hemos terminado” indican una despreocupación por lo material propia de un auténtico romántico. “¿Y no ve usted los abusos, las ridiculeces; en una palabra, lo mucho que hay que criticar?”
Larra vivió su periodismo duramente, con dolor. Cierto es que el periodista goza hoy de una gloria visible en centenares de ediciones tituladas Artículos escogidos o Antología o Sus mejores artículos. Pero la gloria suele venir después, sufridas ya las censuras, arrebatos y amenazas. Anna Politkovskaya también debió de vivir su periodismo, entre Chechenia y Moscú, con dolor, igual que, imaginamos, lo vive Savater. Ya veremos lo de la gloria. Pero de oficio acomodado nada.
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Alan Ferreiro
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