Los tesoros de Madrid
01.06.07 @ 08:36:04. Archivado en Costumbres
(Madridpress) Por tesoros de Madrid solemos entender aquellos lugares míticos que hacen de la ciudad un enclave irrepetible o que arrebatan el corazón del madrileño y a veces del forastero por su presencia aureolada de historia o que simplemente nos sirven para competir con otras ciudades como compiten los anticuarios entre sí por la rareza de sus piezas de colección. Tenemos la emblemática Puerta de Alcalá, con su historia enlazada de monarquías; tenemos el encanto suicida del viaducto, hoy cercenado por paneles transparentes que si bien no impiden arrojarse al vacío asfaltado de la calle Segovia sí le restan mucho de su romanticismo; tenemos la vista al sur desde el Templo de Debod o desde el Palacio Real, tan amplia que nos permite presumir de Casa de Campo; tenemos el rincón de San Ginés, chocolateado con la evocación de lances de espada de nuestro Siglo de Oro; o tenemos, por ejemplo, el antiquísimo paseo del Prado, adoquinado de extranjeros, árboles que no se cortan y obras de arte desgastadas.
Pero estamos seguros de que también poseemos otro tipo de tesoros, de los de cofre y brillo enarenado, que deben de dormitar bajo nuestra superficie en un sueño intemporal del que no desean ser despertados. Los madrileños horadamos el suelo cuatrienalmente, y con tantos agujeros lo raro es que no aparezca alguna pieza de tiempos remotos. Una cadena dorada, regalo del amante fallecido en las guerras de Flandes; un cubierto o una cestilla de cuando se hacían las primeras romerías junto al Manzanares, abandonadas a causa de las melopeas de mal vino; la daga de plata de un infeliz que encontró la muerte en un duelo concertado por una desavenencia de honor; o simplemente una calavera, de aquel infeliz o de su amada, que murió de pena arrodillada junto a su cadáver. Con las obras de la M-30, realizadas en una zona de los primeros asentamientos, raro nos parecería que no hubieran aflorado algunos de estos restos, pero la agenda electoral no permitía comunicar los hallazgos puesto que la búsqueda minuciosa de unos reales extraviados por el contable de Felipe III se daba de tortas con la necesidad imperiosa de abrir unos túneles a un tráfico apiñado que ya no podía esperar más. Y si el hallazgo es pequeño, de forma que puede guardarse en un bolsillo u ocultarse en la bolsa donde se lleva la tartera, entonces podría ser que el operario no lo comunique a su jefe y que más de un peón de obra, quizá inmigrante, adorne su salón con el yelmo de un caballero prequijotesco vencido en singular batalla a orillas del río.
Contaba César González Ruano que en los años cuarenta o cincuenta se llevaban a cabo unas pruebas en el Retiro para encontrar oro. Decía el periodista que se alegraría de que encontraran el tesoro por los que trabajaban en ello, pero que el verdadero tesoro era otro: “todos los madrileños enterramos allí alguna moneda ilusionada del oro de nuestra juventud perdida, algún nombre que la terca memoria recita aún a la luz baja del recuerdo, algún atolondramiento o alguna languidez que no se atrevió a pronunciar su verdadera palabra.” Nadie encontrará jamás ese tesoro, claro, nadie puede dar con alguna de estas reliquias salvo quien las depositó allí. Difícil será también dar con el yelmo del caballero, la calavera o la daga de plata; eso está reservado para excavadores profesionales, muchas veces venidos desde otros lugares del mundo porque saben que en esta tierra hay mucho que encontrar si están dispuestos a mancharse las manos. La mayoría nos conformamos con los otros tesoros, el edificio de Correos o la antigua calle de Platerías o la plaza de Chueca, hallazgos extraordinarios que, de tan accesibles, nos parecen menores.
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Alan Ferreiro
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