15.06.07 @ 08:49:36. Archivado en Costumbres
(Madridpress) El otro día se reunieron en La Moncloa dos toreros un tanto indecisos con la espada, uno pidiendo apoyo, aunque sólo fuera moral, y otro no comprometiéndose a nada que no sea incorpóreo; ni uno ni otro clavando la espada en punto vital. Nos decía Larra que la fiesta taurina la heredamos de los moros establecidos en el sur peninsular, que hacían ostentación de su valor mezclando su ferocidad natural con las ideas caballerescas. Según el periodista romántico, antes de los toros la diversión del pueblo consistía en soltar dos cerdos en una plaza a la que saltaban también dos hombres con los ojos vendados y armados con palos para atizar a los animales, con el peligro lógico de golpearse entre ellos mutuamente.
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