Oro y plata de Calderón
01.05.07 @ 08:21:04. Archivado en Literatura
Aquí vivió y murió D. Pedro Calderón de la Barca, dice una placa situada sobre el actual número 61 de la calle Mayor de Madrid. A mediados del XIX, cuando se iba a proceder a su derribo por estado ruinoso, Mesonero Romanos consiguió que el estrechísimo edificio fuera respetado y rehabilitado, y fue entonces cuando el ayuntamiento colocó la parca inscripción. Entonces no era el número 61 sino el 75, pero la casa siguió siendo la misma, y en tiempos de quien la mandó construir -la abuela de Calderón- esa parte de la calle ni siquiera se llamaba Mayor sino Platerías, que suena a relumbre puro y herrumbroso, auténtico y un tanto miserable, como debían de ser las calles del viejo Madrid del Siglo de Oro.
Oro y plata de Calderón, preciosos metales antaño manchados de hollín. Hoy la placa, pulida con modernos limpiadores, apenas se ve, hay que ir buscándola para dar con ella y aún así es fácil pasar de largo. Y no dice más que lo dicho arriba, Aquí vivió y murió D. Pedro Calderón de la Barca. Es poca cosa para tanto mérito. Si en nuestros días un currículum vítae deja en nada nuestras ilusiones porque reduce a unas letras y apenas dos páginas los esfuerzos de toda una vida de estudios y trabajo, qué le parecería al maestro esta escueta plaquita en un estrecho primero después de cuatrocientos años de gloria poética.
Pero Calderón fue modesto, creemos, y no se molestará por el detalle. Caballero de la orden de Santiago, combatiente de las guerras europeas, capellán del rey y de la catedral de Toledo, Censor del reino, inaugurador oficial del Coliseo del Buen Retiro, dramaturgo habitual de las Semanas Santas madrileñas y ochenta y un años de vida literaria. Todo esto no cabe en una placa, que por otra parte nadie leería. Pero si se trata de leer ahí nos dejó La vida es sueño, El alcalde de Zalamea, El médico de su honra, Casa con dos puertas mala es de guardar, La dama duende y así hasta más de doscientas obras por poner una cifra tan válida como la real.
La mayoría de las personas somos algo egocéntricas y querríamos contar con un currículo a la vez grueso y brillante de forma que se leyera a los cuatro vientos y resonara en los oídos ajenos con la contundencia de las grandes epopeyas. Pero de Calderón, a quien no conocemos ni siquiera por biografías, queremos creer que el estruendo de las trompetas y los timbales pasaría por su lado sin tocarlo; queremos creer que el poeta sólo disfrutaría con el silencio cotidiano de su cuartito de la calle Platerías, sentado a su mesa camilla, pluma en mano y con el hogar atemperando levemente el invierno. Y quizá, si acaso, con saber que lo que leemos de él no es un currículo de gestas mundanas (quien más y quien menos es caballero de alguna orden) sino una comedia o un auto sacramental compuesto entre los oros y las platas de su fantasía.
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Alan Ferreiro
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