A pleno sol
27.04.07 @ 08:37:45. Archivado en Costumbres
(Madridpress) En la ciudad dormitorio en la que vivo apareció un día un músico ambulante con su guitarra. Mi cuidad dormitorio no es propensa a estas manifestaciones artísticas, no parece el mejor lugar para instalar un negocio que requiere una densidad de público neoyorquina: matrimonios jóvenes, algunos empujando el cochecito de su primer o segundo niño, chavales que vuelven de la escuela, ancianos paseando por las amplias y tranquilas avenidas, etcétera.
Empecé a escuchar la música de la guitarra desde el inicio de la calle y aquello me pareció tan raro como encontrar la Gran Vía totalmente desierta, cual Eduardo Noriega en Abre los ojos, así de raro. Serían las tres de la tarde de un día caluroso y el tráfico peatonal era el habitual, no más de seis y ocho personas en total podrían divisarse de un solo vistazo. Según me acercaba pude distinguir a un joven de unos veinticinco años sentado en la acera, con la espalda apoyada en el muro. Tenía un aspecto desastrado, como muchos jóvenes inconformistas, llevaba perilla y la cabellera despeinada. Tocaba la guitarra con solvencia, concentrado por completo en su labor, ajeno a los escasos viandantes que de cuando en cuando pasaban a su lado. En la funda de la guitarra, extendida junto a su rodilla, no había ni una sola moneda. Pensé que esa misma funda de guitarra, situada en las inmediaciones del estanque del Retiro, recibiría una buena cantidad de monedas aun cuando la calidad de la música fuera muy inferior. Yo mismo pasé de largo sin rascarme el bolsillo, pero observé al muchacho sencillo, absorto en su guitarra, no sé si ensayando o intentando ganarse el pan o un poco de todo, apartado de los círculos habituales en que se mueven los pedigüeños, y por un instante me reconocí en él, me vi sentado en la calle a pleno sol, enfrascado en mi música, ajeno a la necesidad de un jornal para sobrevivir, libre de la obligación diaria de pertenecer a este mundo reglado. Me vi reflejado en el muchacho, ya digo, y sin embargo no eché una mísera moneda sino que aceleré el paso en un movimiento instintivo que todavía hoy no soy capaz de explicar.
Cuando volví a pasar por aquel lugar, tan sólo un cuarto de hora después, el músico ya no estaba allí, había desaparecido y el barrio había recobrado su apariencia y su nivel sonoro de siempre, como si aquello no hubiera sido más que un sueño. Pero no pude evitar seguir pensando en él y en su destino, y por la noche apenas pude dormir. Nunca más volví a verlo; de hecho nunca más he vuelto a ver otro músico ambulante en mi ciudad dormitorio. Ahora soy yo quien los busca, o mejor dicho, quien busca al muchacho de la perilla. Cada vez que utilizo el metro y escucho el sonido de una guitarra me acerco a ver quién la toca, pero nunca es él, nadie la toca como él. En los pasillos bajo la gran ciudad se mezclan acordes de guitarra con acordeones bullangueros, órganos rítmicos que piden un cabra a su lado, saxofones como de Pantera Rosa y algunas voces distorsionadas por la acústica peculiar del espacio. En los platillos de estos músicos siempre hay monedas, jornales más o menos jugosos cuya cuantía no depende de la pureza de sus interpretaciones sino del número de viandantes que se ven obligados a pasar junto a ellos.
Lo sigo buscando, pero nunca está él. No está en las estaciones de Cercanías, ni en las inmediaciones del estanque del Retiro ni en los flancos de la calle Preciados ni en el intercambiador de Moncloa ni en los bancos de la plaza de España. Todos los músicos que encuentro tocan con desgana y más atentos al auditorio móvil que a sus instrumentos. Nadie toca como él y en nadie me veo reflejado como en él. Por eso la búsqueda no ha terminado. Yo sólo quiero escucharlo una vez más y echarle una moneda.
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Alan Ferreiro
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