De nuevo la luz
24.04.07 @ 08:53:09. Archivado en Costumbres
Algunos lectores de este cuaderno me han pedido que les cuente la última transformación médica experimentada por el pequeño filósofo.
-¿Cómo es posible que vea una moto tirada en el suelo y la levante si está ciego?
-Es que recuperó la vista, oye.
-Ah, ¿pero ya ve? Cuenta, cuenta eso.
El pequeño filósofo estaba tomando unas vacaciones existenciales, conmigo como acompañante y factótum, nada menos que en la última y más elevada estación invernal del Pirineo. Pero no le valía a mi amigo con alejarse de su humilde morada ni de su pequeña ciudad costera, a la vez progresista y limitada, sino que tenía que alejarse de sí mismo, de sus hábitos y sus hechuras, de su propio yo. Y para ello decidió lanzarse por las blancas pendientes de las montañas, lo cual era una especie de caída libre y segura hacia su autodestrucción, pues a su nula experiencia como esquiador, y también como deportista en el sentido físico del término, se le unía su ya conocida ceguera. Automóvil sin volante, tren de alta velocidad sin freno, avión de pasajeros sin motor ni tren de aterrizaje, eso era el pequeño filósofo subido a sus esquís cuando comenzó el descenso de una de las pistas más inclinadas de la estación, con mi brazo inseguro como única ayuda en su demencial empeño. Desde allí arriba se contemplaba (él todavía no, pero podía olerla, me dijo) la belleza de un paisaje puro sólo mancillado por el verde de los abetos, una belleza fulgurante y blanca que era la belleza de la muerte. Nos lanzamos. El pequeño filósofo empezó a reír y gritar como un niño en un parque de atracciones, levantando los brazos cuando sentía que la pendiente se acentuaba, pero en unos segundos la velocidad se multiplicó y se hizo incontrolable y perdí el contacto con sus ropas. Todo estaba perdido: zarandeos, intentos desesperados por mantenerse vertical sobre las tablas y salida fulgurante de pista sucedieron en un lapso más corto que lo que se tarda en contarlo. El esquiador temerario se precipitó por una pendiente donde comenzaban los árboles y se estrelló de bruces contra el grueso tronco de un magnífico abeto, que lo recibió impertérrito.
¿Dónde estamos?, balbuceó el pequeño filósofo en la enfermería, acostado en la camilla donde una médica y un auxiliar le habían cerrado la brecha de la frente y trataban de reanimarlo del impacto. Los incontables hilillos de sangre que mancharon la blanca nieve ya no le cubrían el rostro, y había recuperado parcialmente el color de la piel, pero eso no lo supo hasta después. Lo que sí supo es que algo gordo le había ocurrido, porque vio a su lado a dos desconocidos vestidos de blanco inclinados sobre su persona, y al otro lado me encontró a mí, que aún me preguntaba cómo mi amigo podía haber sobrevivido a aquel trance. Y eso fue lo sorprendente, que nos vio, detuvo la vista en cada una de las personas que lo rodeábamos como si nunca la hubiera perdido. El fabuloso golpe contra el abeto no sólo no le había producido daños irreparables sino que le había devuelto la vista, igual que la había perdido meses atrás chocando contra una alacena de su casa. Pero esta última sacudida había sido más portentosa, había tenido lugar contra un árbol majestuoso y no contra un residuo de árbol convertido en mueble doméstico, y desde luego había resultado mucho más benigna.
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De todas maneras, lo que tiene que hacer el amigo es racionalizar que, en psicología, el acontecimiento es neutro: lo único que traerá tristeza, o aburrimiento, o satisfacción, o quizás felicidad, a su vida, es la gestión de sus propios pensamientos: porque pensamiento negativo hace brotar emoción negativa... y viceversa.
alejarse de su humilde morada ni de su pequeña ciudad costera, a la vez progresista y limitada, o tirarse por un terraplén, no lo van a hacer llegar 'allí', sino que el todo está en el 'aquí'.
Cosa que Jesucristo sabía bien, cuando decía de TU INTERIOR correrán rios de agua viva, siempre y cuando dejes la Religión y la Norma, pues ésta te someterá la psique (alma) a la ansiedad que trae el pasado con sus recuerdos, y el futuro con su miedo.
De manera que cada uno de nosotros somos responsables de nuestra propia felicidad y de nuestra propia tristeza, via para la depresión.
De todas maneras, lo que tiene que hacer el amigo es racionalizar que, en psicología, el acontecimiento es neutro: lo único que traerá tristeza, o aburrimiento, o satisfacción, o quizás felicidad, a su vida, es la gestión de sus propios pensamientos: porque pensamiento negativo hace brotar emoción negativa... y viceversa.
alejarse de su humilde morada ni de su pequeña ciudad costera, a la vez progresista y limitada, o tirarse por un terraplén, no lo van a hacer llegar 'allí', sino que el todo está en el 'aquí'.
Cosa que Jesucristo sabía bien, cuando decía de TU INTERIOR correrán rios de agua viva, siempre y cuando dejes la Religión y la Norma, pues ésta te someterá la psique (alma) a la ansiedad que trae el pasado con sus recuerdos, y el futuro con su miedo.
De manera que cada uno de nosotros somos responsables de nuestra propia felicidad y de nuestra propia tristeza, via para la depresión.
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Alan Ferreiro
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