La mochila
20.04.07 @ 08:37:01. Archivado en Costumbres
Una mochila es todo lo que necesita el caminante cuando se echa a andar. Se anda más ligero sin equipaje, con tan sólo un par de botas, pero siempre debemos acarrear algún imprescindible que nos mantenga en el camino. Unos bocadillos y una bebida, además del gorro de la lluvia, es lo que ha echado el pequeño filósofo en la suya, y eso porque sabe que lo va a agradecer en su momento; en realidad lo que a él le gusta es viajar de vacío.
Hay mochilas y mochilas. La de un caminante que sale de casa al alba y regresa en la misma jornada es ligera, pero no es así la de un presidente de gobierno, cuyos baúles le tienen que durar cuatro años. Zapatero viaja con mucho peso. No sabía que su mochila debía ir tan cargada. Por no saber no sabía ni que iba a emprender el viaje hasta que los trenes de Madrid se convirtieron en un pandemonium, ya lo dijo él mismo. Y ahora se encuentra subiendo la cuesta con todo un país a la espalda, el Sísifo contemporáneo cuya piedra rueda tanto hacia delante como hacia atrás. Menos mal que sus maletas no las empuja solo y que se ayuda de unas ruedas que le ponen los ciudadanos, los trabajadores y los empresarios.
Ya vamos viendo por qué lo de la mochila es tan buena metáfora, que quien más quien menos la utiliza para fingir que carga buena prosa. Todo va en la mochila. Cuando un político llega al poder se ve forzado a cargar con la historia, con las malas y buenas costumbres, con las buenas y malas acciones de gobiernos anteriores. Y también con su propia campaña electoral, a veces el objeto más pesado de todo el equipaje. Royal y Sarkozy atiborran sus baúles para sacar un billete hacia la presidencia sin importarles quién va a tirar luego de toda esa Francia y todo ese progreso; lo que saben es que no serán ellos. Esperanza Aguirre quiere empezar un nuevo viaje autonómico y en sus maletas incluye acortar las listas de espera de los hospitales y crear cincuenta o cien institutos bilingües, entre otros trastos. A la vuelta de su viaje, si lo inicia, deberá traer esos acortamientos y esos institutos porque si no el viaje habrá sido un fraude y nadie irá a recibirla a la estación.
El pequeño filósofo pensaba comer temprano, ponerse el gorro en la cabeza y, quizá, deshacerse de la mochila para continuar más ligero su excursión. Pero su viaje no fue inútil, entró en los pueblos, conoció gente y se trajo un queso de cabra regalado en la mochila. Al final ha cargado con la mochila a la ida y a la vuelta, justo lo que no quería, pero ha merecido la pena porque se ha traído un recuerdo muy nutritivo y muy aprovechable. Y ha guardado la mochila en un armario muy a mano porque sabe que le servirá para futuros viajes.
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Alan Ferreiro
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