Ladrillos
17.04.07 @ 08:06:26. Archivado en Costumbres
Caminando por una avenida de Benidorm un ladrillo cayó sobre la acera apenas a medio metro de mí, haciéndose añicos a mis pies. No pude dejar de pensar que si ese ladrillo hubiera caído tan sólo medio segundo más tarde me habría abierto la cabeza y ahora mis familiares estarían llamando a las puertas del crematorio con mi cadáver en un ataúd. Miré hacia arriba y no vi a nadie en lo alto del edificio a medio hacer, tampoco andamios ni materiales de obra suelos, como si la construcción estuviera abandonada. En esos momentos la mente de uno se transforma en un gran interrogante, pues no sabe si sentirse objeto de una cruel agresión o víctima de un accidente. Seguí mi camino echando rápidas miradas hacia atrás y hacia arriba, pero no descubrí al posible agresor; de tratarse de un accidente, podría decirse que tuve mucha suerte.
La semana siguiente tuve que volver a Benidorm y pasé por el mismo lugar sin la precaución de mirar el foco de peligro, olvidado ya el episodio. El estallido de otro ladrillo a mis pies me sobresaltó y me hizo alejarme unos metros a grandes zancadas para intentar descubrir el origen del meteorito o su lanzador. Pero, como la ocasión anterior, no vi a nadie; ni siquiera vi otros ladrillos. Un tendero que en ese momento salía de su local para colocar la mercancía a la puerta me informó de que la obra llevaba casi un año paralizada y que el último día de trabajos la constructora se había llevado todos los materiales útiles (como ladrillos, cemento, baldosas) para emplearlos en otra construcción. Además, la probabilidad de que hubiera alguien en el interior del edificio era pequeña, puesto que, aunque no había vigilancia, el acceso era sumamente complicado y peligroso.
¿Como era posible entonces que me cayeran a los pies ladrillos inexistentes arrojados por nadie? La cosa parecía inexplicable, pero yo quería saber; mi vida estaba en juego. Hice recuento de enemigos, de mujeres sin satisfacer, de deudas pendientes, pero no supe identificar por esa vía ningún presunto homicida localizado en Benidorm. Después me pregunté si no sería una especie de divinidad la que me andaba persiguiendo, avisándome quizá de algún mal venidero. Y por último volví a pensar en el azar, ya que me había librado de la muerte en dos ocasiones por sólo medio metro de distancia.
Ya de vuelta en Madrid tuve que pasar junto a un edificio esquelético, muy similar al ya conocido de Benidorm, y la prudencia me hizo bordearlo por la cara más alejada de la acera. Por aquel lado el paso sería más seguro. Pero otra vez, cuando menos lo esperaba, un ladrillo volvió a caer a escasos centímetros de mí reduciéndose prácticamente a polvo sobre la acera. No vi a nadie, no pregunté, no estudié la posible trayectoria del arma mortal y apenas me detuve unos segundos para pensar en mi suerte. Es evidente que me he traído del mar un virus peligroso pero al fin y al cabo benigno. Había pensado comprar un casco para andar por la calle pero, qué puedo decir, la suerte me está dando una tranquilidad a prueba de ladrillos.
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Alan Ferreiro
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