¿Hay algún médico a bordo?
13.04.07 @ 08:27:43. Archivado en Costumbres
(Madridpress) La ley de la oferta y la demanda y la libertad de mercado tienden a asegurar que en cada barrio los vecinos cuentan con los comercios que les son necesarios. A partir de cierto número de vecinos que tienen que subirse al coche cada vez que precisan unas aspirinas o un jarabe para la tos del niño, la farmacia surge como en un acto de generación espontánea. Por suerte las facultades de farmacia aleccionan anualmente a una buena cantidad de boticarios que garantizan que esas boticas –que se van a abrir igual, por generación espontánea- estén atendidas por personal cualificado. Pero también es verdad que en todos los barrios, no importa el número de vecinos, existen bares por doquier, y en esto, aunque exista, no hace falta una formación previa, lo tenemos comprobado; de hecho cualquiera nos creemos capaces de montar un tugurio, atenderlo con amabilidad y paciencia, contar siempre con clientela solvente y hacernos de oro.
Cuando en un avión un pasajero se pone enfermo y la azafata pregunta entre los asientos si hay algún médico a bordo, siempre se levanta un señor impecablemente vestido y gesto grave, a veces incluso con maletín, para interesarse por el caso y tranquilizar a los viajeros. Pero mucho nos tenemos que esto sea también efecto de la oferta y la demanda y que el pasajero que se ha hecho cargo de la situación sea la misma persona que abrió el primer bar de Montecarmelo sencillamente porque no tenía competencia y que tuvo que cerrarlo pocos meses después, en cuanto llegó un profesional e inauguró una vulgar cafetería. La vida del enfermo del avión corre entonces serio peligro. Su repentina enfermedad es lo de menos: ahora la amenaza proviene del supuesto médico, que se ha quitado la chaqueta y se ha remangado la camisa para examinarlo. El supuesto médico atenderá al enfermo hasta el final, ya no puede echarse atrás, tal es su afán de protagonismo ante la falta de oferta sanitaria del avión. Y si el mal consiste en un fuerte dolor de estómago es probable que recomiende la ingestión masiva de algún producto desinfectante o, a falta de éste, abrir en canal al paciente para extraerle el alimento en mal estado que está produciendo el daño. “Bisturí,” dice tras abrir la camisa del anonadado enfermo y extendiendo la mano hacia la azafata.
En una economía intervenida y dictatorial los barrios contarían todos con el mismo número de farmacias que de bares, lo cual es un perfecto disparate, y habría un médico auténtico en cada avión y en cada restaurante, lo cual nos tranquilizaría bastante. Mientras continuemos con nuestro sistema capitalista gozaremos de la libertad de abrir y cerrar negocios donde nos plazca hasta el absurdo de abrir una tienda de partituras para fagot en una urbanización exclusiva de veinte o treinta chalets individuales. Pero deberemos elegir muy bien donde enfermamos.
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Alan Ferreiro
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