(Madridpress) Los viajes soñados suelen decepcionarnos. No todos los viajes, y no en toda su extensión, pero sí en lo que se refieren al mito que nos sedujo y que nos impulsó a acudir a tal o cual destino. Es imposible –nos damos cuenta después de unos cuantos desengaños- que la fantasía construida en nuestra mente a base de fotografías, películas legendarias, novelas ambientales, relatos de aventureros entusiasmados o guías de viaje, todas ellas infectadas por el virus personalísimo de quien las construye, coincida punto por punto con lo que, zapatos en tierra, observamos y escuchamos con nuestros propios sentidos. Así, cuando viajamos cargados de un prejuicio, la decepción es segura.
Álvaro Pombo se fue por primera vez a Londres para comprobar si era verdad que “cuando Charles Dickens escribía Bleak House la niebla creaba lejanías deshaciendo el perfil de lo cercano.” Las lecturas de Dickens le habían creado a Pombo una ilusión casi divina, ampliada quizá por los relatos de Conan Doyle y alguna versión cinematográfica de Jack el Destripador, que no quería dejar de experimentar por sí mismo. Pero no, dice, no era verdad. No encontró nieblas en Londres que crearan lejanías sino una gran oquedad que se le hacía mortal. Sin embargo, es posible que cualquier otro viajero, no contaminado en sus prejuicios por novelas y películas, se detuviese una tarde en pleno soho y pensara: en este lugar mágico hay como una nebulosa que todo lo aleja…
El poeta Gil de Biedma nos dijo que, “como todos los jóvenes, yo vine a llevarme la vida por delante;” quería dejar huella de su fabuloso viaje por el mundo. Aún no había comprendido que la vida iba en serio y le ocurrió lo que a los “cuatro mendas” del Rap del optimista: que fue la vida y se los merendó. Otro viaje frustrado.
Cuenta el pequeño filósofo que en su primera juventud invitó a una muchacha de buen ver a pasar dos días en París. No era cualquier chica; era la chica, la única con la que en aquel tiempo candoroso habría viajado a la entonces ciudad del amor. No sabe si por torpeza o por falta de posibles, el caso fue que las embriagadoras luces nocturnas, la singularidad de la torre Eiffel y los barquitos del Sena provocaron que la invitada regresara un día antes de lo previsto y que el pequeño filósofo no volviera a verla en su vida. ¿Qué esperaba, que la ciudad consiguiera con su magia lo que a él se le negaba físicamente?
Yo mismo conté hace un año la experiencia del escritor conferenciante que viajó a África en busca de las fuentes del Nilo Azul y se encontró con que la novedad estaba ya un tanto trillada, pues se dio de bruces con su vecino de arriba al recoger la mochila de la vaca del autobús.
Sin embargo la inocencia extrema, la inocencia asentada en el más puro y vergonzoso desconocimiento y en la falta de toda vida previa, nos reserva una sorpresa que, una vez pasada, convertiremos en mito para nosotros y para los demás. ¿Qué se puede esperar de Los Ángeles frente a la belleza victoriana de San Francisco o al cosmopolitismo desbocado de Nueva York? Si se viaja a Los Ángeles sin esperar nada uno puede encontrarlo todo. Y no se trata de Hollywood, que no es más que un adorno de la ciudad, el jarrón que ni siquiera es de porcelana pero que ocupa un espacio fijo junto al teléfono. Los Ángeles, ciudad vacía, llena de nada, con una industria de la fantasía que es toda mentira, Beach Boys de músculos brillantes y cabezas siempre ausentes, viejos cadillacs a la puerta del pasado. Pero allí, entre las casas de madera que son como chalets de lujo para desahuciados, ideales contra terremotos y cataclismos apocalípticos, uno encuentra el espacio habitable donde ya no lo esperaba, el lugar donde se quedaría a vivir. No lo esperaba, no lo soñaba, y lo encontró. Allí se transforma en aquí, porque esa vivencia vivida sin esperanza, como casual, se vuelve mito y sueño para revivirla a capricho.
Martes, 14 de febrero
José Donís Català
Juan Luis Recio
Juan Fernandez Krohn
Ángel Sáez García
Antonio García Fuentes
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Paulino Toribio
José Lozano Galera
Chris Gonzalez -Mora
Padre Fortea
Juan Carrasco de las Heras
Julián Moreno Mestre