Inspiración
20.02.07 @ 08:34:55. Archivado en Costumbres
Los escritores muchas veces tratan de combatir su falta de inspiración hablando precisamente de ella, porque es lo único que les viene a la cabeza. Yo a veces imagino a la inspiración como a un señor alto, delgado y sereno, un tanto asexuado, con un aura como de Jesucristo dispuesto a contar su verdad, pero soplándomela a mí al oído. Álvaro Pombo dijo que se fue una tarde al Retiro en busca de algo que decir, cuando “una ardilla se intercaló entre mis ocurrencias,” y esa ardilla, junto con la madre y el niño que se acercaron a verla, le dio para todo un artículo en El Mundo; unos meses después el mismo articulista soltó un Gran excursus de la temporalidad de las sopas en el que disertaba sobre la sopa de bote, la sopa de sobre, tanto en su versión instantánea como de ebullición, y la sopa esencial, verdadera o casera, lo cual era una forma de poner de manifiesto que había vuelto a perder su contacto con las musas.
No faltan autores de manuales de autoayuda para escritores que recomiendan salir de casa y sentarse en una cafetería con un bolígrafo y una libreta en la mano. Ignoro si la cosa funciona o no, pero no se pierde nada por tomar un café o una copa, así que tomo mi cuaderno y bajo a probar suerte. A estas horas tempranas de la tarde hay poco movimiento, lo cual, supongo, reduce mis posibilidades, pero estoy decidido a tomarme la copa entera, ya está pedida. A cada sorbo miro a la puerta, a ver si entra la ansiada inspiración, pero cada vez que se abre es para dar paso a seres demasiado reales para sugerir la menor historia. En esto que se acerca a mi mesa una mujer joven, que dice ser estudiante de periodismo, y me dice con gesto de comprensión: escritor, ¿no? El cuaderno, el bolígrafo y mi cara de confusión me delatan. Quiere hacerme una entrevista, para soltarse y eso. Warhol dijo que en el año 2000 la gloria sería estrictamente igualitaria: todos seríamos mundialmente famosos durante quince minutos (esto también me lo dice Pombo). Parece que éste es mi momento. Accedo a la entrevista, pero sabiendo que no me la hace porque yo sea especialmente entrevistable, sino porque hay tantos aspirantes a entrevistadores que por lo menos tocamos a uno.
Se suceden las preguntas y las respuestas, que si por qué escribes, que si para llenar el gran vacío existencial de nuestras vidas, que si siempre hablas así, que si sólo cuando la inspiración se me niega, que si qué haces esta noche, que si tengo cita con la musa, y así todo. La chica es bella pero ¡ay! apenas reparo en ello. La inspiración que me falta para escribir la derramo en las respuestas a unas preguntas que, como las bicicletas estáticas, no llevan a ninguna parte.
Entonces ocurre el milagro. Se abre la puerta del bar y hace su aparición un tipo alto, delgado, de una placidez casi bíblica, justo cuando un destello reflejado en un cristal a su espalda nos deslumbra a los que estamos en el interior del local de forma que sólo vemos una silueta aureolada de una luz muy amarilla. He dejado de atender a mi entrevistadora, de hecho, ya no recuerdo que está sentada a mi lado. Contemplo a ese ser sobrenatural que, sin duda, me está destinado. Espero a que se acerque… Pero no lo hace. Da media vuelta y, sin siquiera cruzar el umbral, se va por donde ha venido. La cosa está perdida. No obstante, en un momento de lucidez y como último recurso, arrebato la libreta a la entrevistadora y me llevo a casa el resultado de mi trabajo de hoy.
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Alan Ferreiro
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