Semblanzas
16.02.07 @ 08:31:24. Archivado en Costumbres
(Madridpress) Algunas semblanzas parecen escritas para mostrar los peores demonios del personaje retratado. Si están impulsadas por un ánimo verdadero de hallar la objetividad, no importa. El género biográfico no responde al objetivo de ensalzar vidas, lo cual lo asemejaría al panfleto propagandístico, sino de desnudarlas, de despojarlas de todo adorno tendente al camuflaje, para así extraer el corazón latente que nos enseña la auténtica medida del protagonista.
Cuenta el pequeño filósofo, en sus luminosas tardes a ciegas sentado frente a la playa, sus inicios ya remotos en los periódicos de Madrid. Por su peculiar modo de apreciar la realidad y su estilo literario diferenciado y sincero, le asignaron una página de cultura en la que empezaría escribiendo semblanzas de personajes notorios, o no tan notorios pero que la dirección del diario deseaba promocionar. Su primer personaje fue Ricardo V., escritor valenciano necesitado de éxitos y pariente político del presidente del rotativo. Ricardo V. no destacaba literariamente por nada, no había en su prosa ningún sabor reconocible, ni imágenes nítidas, y los temas tratados no interesaban de inicio y además se iban diluyendo según avanzaban las narraciones. El pequeño filósofo tuvo que leer los tres libros publicados hasta la fecha por el autor para constatar lo anterior. Y en su semblanza, sincera aunque sin rastro de malicia (esto lo jura el pequeño filósofo y no hay razón para dudar de su palabra), no dejó de incluir sus impresiones sin inquietarse por las consecuencias que pudieran derivarse.
Ricardo V., decía el pequeño filósofo, mostraba en sus escritos un conservadurismo como de oficinista que conoce bien los planes de pensiones del mercado y deposita sus ahorros en el más rentable de ellos. Tanto en sus libros como en su vida real atravesaba charcos sin apenas tocar el agua, conservando las botas limpias. Si Ricardo V. hubiera sido Julián Sorel, jamás se habría atrevido a tomar una escalera de mano y subir en mitad de la noche a la habitación de madame Renal; por el contrario, habría seguido su camino a París alejándose de la casa que significaba a la vez su vida y su perdición. Si hubiera sido Flaubert, jamás nos habría introducido en la botica para hacernos sentir en la boca el sabor del veneno. La forma de escribir y el comportamiento en sociedad de Ricardo V. le recordaban mucho a Marcel Proust cuando no escribía ni salía de casa. En efecto, Ricardo V. era un escritor y una persona inocua, no hacía daño a nadie, y esta era su mayor virtud. Se le notaba, decía el pequeño filósofo, una voluntad de escribir y un afán por la vida muy moderados, un entusiasmo como contagiado temporalmente de otros, una gripe con fiebre no muy alta que en cualquier momento puede remitir. Y cuando remita, seguía, celebraremos el curso natural de la vida.
La semblanza del pequeño filósofo estaba escrita en un estilo impecable, y así se lo reconoció el director. Pero, como era de esperar, no iba a ser publicada en aquel periódico y el periodista en ciernes cambiaría de sección de inmediato. Después de pensarlo detenidamente, de sopesar la calidad de sus escritos, su gran capacidad para la semblanza breve, así como la inconveniencia de su honestidad, dio con la solución: desde ese momento el pequeño filósofo pasaría a la sección de necrológicas.
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Alan Ferreiro
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