Servicio público
06.02.07 @ 18:30:26. Archivado en Costumbres
Según dicen las películas y los libros, y en algunas ocasiones también nuestros padres, los chalés de las afueras servían bien para albergar las excursiones dominicales de familias completas, con suegro, cuñado tonto, perro y algún otro arrimado, bien para dar cobijo a lo que se llamaba una querida, que muchas veces era una señora entrada en años y en carnes, vestida con trajes apretados, muy maquillada y con el pelo teñido. El marido infiel que mantenía esta vivienda en realidad no era tan desleal como lo pintan, sólo buscaba un poco de compañía, alguien que lo escuchara y que le hiciera una caricia. Hoy la palabra querida no se usa tanto, quizá porque esta aplicación del chalé de las afueras también ha entrado en desuso. Esas viviendas unifamiliares aisladas y un tanto alejadas sirven ahora en muchas ocasiones para acoger heroinómanos en desintoxicación o niños abandonados víctimas de enfermedades terminales. Esos niños también necesitan un poco de compañía y alguien que los cuide; el uso del chalé ha cambiado radicalmente desde el punto de vista social, pero sigue cumpliendo la misma función en lo humano.
Sin embargo, no pasa lo mismo con las casas de putas, que no han cambiado en ninguno de los dos sentidos. En mi ciudad de adopción los más viejos del lugar dicen que los lupanares de ahora (les gusta mucho decir lupanar y mancebía) son como los de antes, o creen que lo son, porque la mayoría de estos respetables señores ya sólo pueden imaginarlos y hablar de ellos con nostalgia. Son también edificios individuales ubicados en las afueras al pie de alguna carretera, normalmente secundaria y de bajo tránsito, pero algunos se hallan instalados en las grandes autopistas y ofrecen a sus clientes aparcamientos con capacidad para más de cien vehículos. Estos aparcamientos suelen verse vacíos y desangelados a la luz del día, pero se llenan a ciertas horas de la noche, como los de los hipermercados, que no tienen la misma vida en martes por la mañana que en sábado por la tarde. En el interior de los burdeles debe de ocurrir algo muy parecido a lo que ocurría en los chalés con la querida, es decir que un tipo de la ciudad se recorre unos cuantos kilómetros de forma más o menos furtiva en busca de un poco de compañía y de unas palabras dulces, falsas pero dulces.
Los burdeles cumplen una función social muy antigua, dicen que la más antigua de todas, y siempre han sido una especie de servicio público. Se ve que en tiempos pasados, los de la generación de nuestros padres, se intentó privatizar la cuestión para que cada uno tuviera su propio burdel personal, igual que ahora tenemos el cine en casa. Lo del dvd tiene pinta de cuajar, pero lo del burdel no, se prefiere la externalización, que suprime situaciones embarazosas, es más barata y ofrece una permanente variedad de servicios. Además, se conoce gente.
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Alan Ferreiro
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