Sobre la ceguera
30.01.07 @ 08:47:22. Archivado en Costumbres
El Ensayo sobre la ceguera es un libro espeluznante. Si el lector es un poco aprensivo la novela de Saramago le hará vivir las situaciones más angustiosas que haya imaginado nunca. Una persona que va conduciendo detiene el vehículo en un semáforo en rojo y cuando la luz torna a verdear se encuentra incapaz de ponerse de nuevo en marcha porque de repente ha dejado de ver. Los conductores de los vehículos que esperan detrás empiezan a impacientarse con sólo transcurrir dos segundos y hacen sonar sus bocinas apremiantes. El ciego no ve nada en absoluto, sólo oye el tumulto creado, y no sabe qué hacer, se siente morir. La ceguera es una carencia gravísima, condicionante de toda una vida, pero el mismo instante de perder la visión es quizá el más atormentador de todos. ¿Qué hacer si se es el infortunado conductor? ¿Cómo salir de aquel lugar repleto de vehículos veloces sin ser atropellado? ¿Cómo llegar a la propia casa donde las cosas familiares, y aun los familiares, le den a uno un poco de seguridad?
Cuando el pequeño filósofo perdió la vista se encontraba en casa. Tuvo esa suerte. Como todo en él, esta circunstancia desgraciada transcurrió en el más absoluto sosiego. Desde su propia guarida le fue más sencillo valerse, pedir una primera ayuda y sentirse más o menos amparado. El libro de Saramago ya lo había leído tiempo atrás, y entonces le sobrecogieron las situaciones penosas que producía aquel mal generalizado. Sin embargo, el día que se golpeó la frente para entrar en el espacio de los ciegos no recordó la angustia de sus situaciones y actuó de un modo sereno y un tanto despreocupado, como si se tratara de una eventualidad cualquiera. “No hay para tanto,” recuerdo que me dijo.
En el Ensayo sobre la ceguera el mal se extiende a toda la población y se muestra humanamente imparable. Sabemos que no es real, que estamos ante una novela; pero también es una parábola, es decir, viene a decirnos que, figuradamente, esa ceguera general existe. Estamos ciegos, no nos vemos, no nos reconocemos, no sabemos en realidad quiénes somos y no nos damos cuenta de lo que tenemos y de hacia dónde caminamos. Si nos diéramos cuenta de todo esto nos espantaríamos de pavor ante la perspectiva, como hace los personajes del libro cuando dejan de ver. Y hoy por hoy un mundo de ciegos, sólo de ciegos, sería insostenible.
El pequeño filósofo no tembló de pavor por su desgracia, quizá porque sabe que un ciego en un mundo vidente sobrevive mal que bien; pero si al mismo tiempo no se considera más ciego que los otros podemos decir que tiene incluso ventaja sobre ellos. Además, cuenta con amigos. Hoy voy a empezar a leerle el Ensayo sobre la lucidez.
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Alan Ferreiro
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