Un cuadro
26.01.07 @ 08:40:22. Archivado en Costumbres
(Madridpress)El pequeño filósofo me recibió en su estudio. Pese a no haberse dedicado nunca profesionalmente a la pintura, de las paredes de la pieza cuelgan algunos lienzos que bien podrían formar parte de alguna exposición de prestigio. Lo encontré en pie, paleta en mano, frente al tradicional caballete, orientado hacia la luz a pesar de su persistente ceguera.
-¿Qué, pintando?
-No estoy seguro de que convenga ver a la hora de pintar un cuadro. El arte actual…
El arte, actual o no, tiene estas cosas; puede considerarse una obra maestra algo que se hizo sin pensar, sin dedicar apenas atención, o realizado en las peores condiciones, y sin embargo ¡cuántos grandes trabajos pasan desapercibidos para el gran público y aun para los supuestos especialistas! El éxito de una obra de arte depende de muchas cosas, algunas identificables como la precisión de sus trazos o la virtud de ir tan solo un paso por delante de lo que se denomina moda de manera que produzca impresión de novedoso sin resultar descabellado; pero otras imprevisibles, dependientes del gusto de un público que si hubiera sido preguntado con anterioridad sobre sus preferencias, como haría un pintor de encargo, no habría sabido ofrecer ninguna clave que orientara al artista. El pequeño filósofo no espera ninguna indicación del público, ni siquiera la más elemental indicación que le otorgarían unos ojos sanos. Pinta a ciegas, convencido de lo que hace.
Tampoco es fácil, de entre las obras de un museo, determinar cuáles de ellas merecen un lugar en sus salas y cuáles no. Uno sostendría, en principio, que todas lo merecen, aunque sólo fuera por su intención artística. Pero recuerdo el caso de una controversia entre dos aficionadillos un tanto maliciosos en la que uno sostenía que sin duda el público apreciaba más tal Lizcano que tal Tintoretto. En casos como éste la disputa es forzosa, y el otro decía que la pérdida del Tintoretto, ya sólo por el nombre del pintor, pero también por la calidad de lo pintado, sería mucho más sentida. Se ve que los hombres se encontraban espiritualmente ociosos, situación ésta a veces peligrosa, porque una cosa llevó a la otra y la riña se calentó de tal modo que el primero de ellos dijo: “ahora mismo vamos al museo y quemamos los dos cuadros, si tenemos lo que hay que tener, y mañana veremos cómo los periódicos nombran antes al Lizcano que al Tintoretto ese.” “Pues ya veremos como no es así,” respondió el otro. Y se fueron al museo.
Cualquiera de los dos cuadros podría ser más apreciado que el otro, quién dice que no, y ni Lizcano ni Tintoretto pueden hacer nada para cambiarlo. El pequeño filósofo tampoco puede hacer nada, pero mezcla colores en la paleta como si iniciara un primer cuadro.
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Alan Ferreiro
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