Un desaparecido
23.01.07 @ 12:59:00. Archivado en Costumbres
La mañana siguiente a la denuncia interpuesta en comisaría, el pequeño filósofo se personó en casa de los Martínez, por caridad hacia unos convecinos que si bien no conocía le eran próximos por residencia. La señora Martínez hablaba sofocada, amontonando palabras entre sollozos y suspiros.
-Era un chico muy bueno, mi hijo, lo juro por lo más sagrado, que nunca nadie tuvo la menor queja sobre él, y mucho menos nosotros. Nos ayudaba en todo y jamás protestaba. Tenía que verlo usted, señor, cómo cantaba en las fiestas de Navidad, la alegría de la casa, como se lo digo. Atendía a sus hermanas como si fueran sus tesoros, las llevaba a la escuela cuando niñas, las vigilaba cuando crecieron y empezaron a salir por ahí, las acompañó al altar cuando les llegó el momento y apadrinó a sus hijos, ahora le enseñaré las fotos. ¿No eran un buen chico, mi hijo? En la universidad, el mejor, como lo cuento, que no había alumno más aplicado y más respetuoso con sus profesores, y en el trabajo cumplidor como el que más, puntual cada mañana, responsable y buen compañero. Las mujeres no le atrapan, no, que menudo es mi hijo con eso de las tentaciones. Ni fuma ni bebe, y no trasnocha más que cuando la tradición lo exige. Una joya, no se imagina. Y ahora, mi hijo... ¿Cómo es posible una cosa así?
El pequeño filósofo trataba de consolar a la señora sin llegar a comprender el caso, con su sola presencia. De la cocina salió un policía muy discreto que había estado bebiendo una cerveza invitado por el señor Martínez.
-Le decía a su marido -el agente señaló al señor Martínez- que su hijo fue visto en el centro de la ciudad. Parece ser que entra y sale de un bloque de apartamentos.
La señora rompió nuevamente a llorar, negando con la cabeza y mirando al suelo. El señor Martínez le puso suavemente una mano en el hombro al policía y le indicó la puerta, no prolonguemos más la cosa, decía con su gesto. Los dos hombres salieron al rellano, mientras el pequeño filósofo, paciente, escuchaba a la señora.
-Últimamente estaba un poco distinto, pero eso no significa nada. Es verdad que hablaba menos, claro, con sus hermanas fuera de casa era natural. Pero mi hijo seguía siendo bueno. Siempre comprensivo, no nos contrariaba nunca, apenas hacía ruidos, como si no estuviera. En los últimos añosya no se reía, es verdad, ni cantaba en las fiestas, pero su comportamiento no dejaba de ser exquisito. Un poco triste sí parecía, como si la alegría de vivir la hubiera traspasado enteramente a los demás. ¡Ay, Dios mío, mi hijo, mi hijito! Él nunca había hecho una cosa así.
-¿Nunca? -se atrevió a preguntar el pequeño filósofo.
En ese momento regresaba al salón el señor Martínez con una sonrisa alegre en la boca.
-No, nunca, ¡nunca lo había hecho! -contestó el marido, y miró al pequeño filósofo buscando un poco de comprensión-. Nuestro hijo tiene cuarenta y cinco años y nunca había hecho una cosa así. ¿No cree que ya iba siendo hora?
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Alan Ferreiro
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