Buenos y malos
09.01.07 @ 08:28:59. Archivado en Civilizaciones
La última bomba que ha hecho explosión en Barajas pone de manifiesto, una vez más, el espíritu destructor de los radicales. El Estado es el centro creador de los ciudadanos y ETA es el virus maligno que sólo sirve para malograr realidades; el Estado construye y ETA destruye. Visto así, y es difícil verlo de otra manera, estamos ante una situación maniquea de buenos y malos.
El Estado es el bueno. Pero dentro del Estado caben muchas posiciones y eso es lo que le pierde. El gobierno, ingenuamente, sigue batiéndose solo frente al mal, no acaba de convencerse de que necesita un escudero que le pare los golpes, y así los recibe directos en la cara. Además, maneja la información no sólo pensando en cómo acabar con los matones sino también en cómo ganará las próximas elecciones, pero es posible que ni lo uno ni lo otro. Mientras tanto el partido en la oposición se empeña en no participar porque no le gustan las reglas del juego. ¡Qué no cuenten con nosotros!, se hartó de decir Rajoy aun antes de la farrucada de De Juana, del robo de las pistolas y esos argumentos en los que se apoya para desentenderse del proceso. Es natural que el PP no quiera participar en un pacto que contraríe a la mayoría de los españoles, pero si quiere sinceramente ayudar a solucionar una de sus mayores preocupaciones podría sumarse plenamente al proceso para, desde la arena, asegurarse de que no se realizan concesiones soberanistas no deseadas, de que no se cambia el estatus jurídico de Navarra o de que no se excarcela a matones con el colmillo aún goteando sangre. ¡Qué gran servicio sería ése para el conjunto de la ciudadanía! Ni mociones de censura ni réditos políticos.
En un proceso consensuado por las principales fuerzas políticas las medallas se las colgarían todos, tanto gobierno como oposición, y si alguien cree que la de Zapatero brillaría más que las otras que eche un vistazo a la que se colgó Artur Mas desde la oposición catalana con la aprobación del Estatuto. La colaboración entre los dos partidos debería ser mucho más habitual, especialmente en problemas en los que la inmensa mayoría de la población está tan de acuerdo. La necedad de no pactar con el oponente no se corresponde con la actitud de los ciudadanos representados, que sí son capaces de invitarse a cenar a casa y dialogar serenamente sobre sus problemas. No conocemos la fórmula exacta para resolver uno de los males que más inquietan al ciudadano, pero sí sabemos que las probabilidades de solventarlo aumentarían considerablemente si los dos principales partidos colaborasen entre sí. Estos dos partidos que hoy andan enrabietados mientras una parte de la población vive atemorizada, previsiblemente con sus mismos líderes a la cabeza, recibirán en las próximas elecciones la gran mayoría de los votos de los españoles. Y el problema sigue sin resolverse.
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Alan Ferreiro
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