Historias de café
05.01.07 @ 08:00:11. Archivado en Costumbres
(Madrispress) González Ruano sabía mucho de cafés. De entre sus artículos costumbristas se puede extraer un verdadero tratado sobre viejos cafés, los tipos curiosos que los frecuentan y las más admirables anécdotas. Pero no es necesario remontarse a la literatura de don César para hallar casos insólitos sucedidos entre las mesas. Ayer mismo el pequeño filósofo recibió una bofetada en un café, y lo más sorprendente es que no sabe de quién provenía el golpe.
Por lo visto el hombre se encontraba desayunando plácidamente en una de las mesas del rincón de uno de sus cafés habituales, próximo a la playa. Si exceptuamos su anomalía visual, todo era bastante normal: ruido de máquina tras la barra, un camarero circulando entre las mesas, murmullo de conversaciones y una puerta que se abría y cerraba de vez en cuando. En una de éstas parece que entró una señora, sola, dejando tras de sí un intenso aroma a colonia. El pequeño filósofo respiró el rastro de la recién llegada, y bebió otro sorbo de café. Acababa de dejar la taza sobre el platillo cuando, de pronto, sin un buenos días previo, recibió una bofetada en la mejilla izquierda. Se hizo un silencio en el local que en seguida se disipó, pero nadie dijo nada, ninguna explicación para mitigar la afrenta. Todavía se quedó un cuarto de hora más en su mesa, meditando sobre lo ocurrido y acariciándose el rostro magullado, al cabo del cual volvió a percibir el intenso aroma a colonia que se le acercaba por la derecha e instintivamente se protegió la cara con ambas manos. Pero el golpe no llegó y en su lugar se oyó el ruido de la puerta que se abría y se cerraba. Entonces se le acercó el camarero reclamando el importe de la consumición de la señora, que había quedado sin pagar. Y se inició la discusión.
-Yo no sé quién es esa señora.
-¿Me va usted a decir que no la conoce?
-No le digo que sí ni que no. Lo que le digo es que no sé quién es. Como puede comprobar –dijo el pequeño filósofo señalándose los ojos enceguecidos- perdí la visión, y no he sido capaz de reconocerla por el tamaño de la bofetada.
El camarero se hacía cruces. Se giró hacia la mesa que ocupó la dama, como si pudiera encontrar allí una explicación, un argumento a su favor, y al no hallarlo encaró de nuevo al pequeño filósofo.
-Esa señora le ha dado a usted una bofetada antes de sentarse, todos lo hemos visto. Incluso ha sonado. Y hay huellas que lo demuestran –añadió señalandole la cara enrojecida.
-No lo niego. Pero eso no me obliga a pagarle el café.
-Pues a mí me parece que sí –dijo el camarero sonriendo-. Donde hay roce hay cariño.
-Le aseguro que eso no siempre es verdad. Yo no he percibido ninguna tendencia afectiva en el sopapo.
El camarero estaba cada vez más desconcertado.
-¡Oiga usted! Esa señora le ha dado a usted una bofetada delante de mis narices, y ahora le toca pagar su café y sus bollos.
El pequeño filósofo no se dejó avasallar.
-Pues no voy a hacerlo, y por su bien es mejor así. Si el método de la bofetada fuera efectivo todos estos señores que ahora tranquilamente toman su café se levantarían, le pondrían a usted la cara como un tomate y se irían de rositas.
El pequeño filósofo, que ya había terminado su café, abonó su consumición y se marchó, dejando al camarero confuso entre la rabia por la cuenta impagada y el agradecimiento por haberse librado in extremis de un linchamiento. Después vino a casa a contarme su crónica del día. Entre ambos llegamos a la conclusión de que el incidente sólo podría tener dos explicaciones plausibles: o bien la señora se había equivocado de rostro sobre el que soltar su bofetada, o bien la señora era una consumada artista en desarrollar métodos para desayunar por la cara.
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Alan Ferreiro
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