El valor de lo propio
02.01.07 @ 08:33:56. Archivado en Literatura
En un capítulo memorable de la serie Doctor en Alaska, Joel Fleischman le dice a Ed Chigliak, aspirante a director de cine falto de inspiración, que si quiere crear una película de verdad pruebe a hacer como Woody Allen, que siempre habla de Nueva York. "¿Quiere decir que yo tembién debería hablar de Nueva York?" "Quiero decir que deberías hablar de lo que conoces personalmente."
Woody Allen ha firmado sus mejores películas situándolas en el medio del que se siente parte, dando vida a personajes personalísimos y a la vez universales que ahora sus espectadores afirmamos sin género de dudas que son típicamente neoyorquinos, aunque nunca antes hubiéramos tratado con uno de ellos. Ahora Woody se conoce que se ha cansado de su gran manzana y se ha dado una vuelta por Londres para filmar sus dos últimas películas, acompañado de la prolífica Scarlett Johansson, pero es el aroma a Nueva York, a su Nueva York, lo que siempre nos quedará el director.
Algo similar podríamos afirmar de Pedro Almodóvar en España, que en sus películas busca la universalidad (y si no la busca, la consigue) a través de situaciones, escenarios y personajes muy locales, muy españoles. El personaje que interpreta Penélope Cruz en Volver será muy castizo, pero su coraje podría encontrarse igualmente en las madres en dificultades de Sarajevo. Almodóvar plasma en la cinta aquello que conoce, lo que ha vivido mil veces o ha rondado su mente durante años, y eso deriva en una profundidad que lo mismo alcanza el corazón del cinéfilo de la M-30 que de los miembros de un jurado en California.
En literatura podría decirse lo mismo de Francisco Umbral. ¿Cómo no hablar de Umbral? En muchos de sus libros, que suelen ser muy memorialísticos, encontramos personajes repetidos que forman parte de su entorno real: que si Pitita, que si Cela, que si Marichalar, que si Milans del Bosch, que si Natanael tocando el violín desnuda. También solemos ver una búsqueda continua de la metáfora subversiva, que no es otra cosa que su forma de pensar habitual; y siempre el escenario del Madrid literario, a veces bohemio y a veces aristocrático, que no es otra cosa que el Madrid que el escritor se ha ido formando alrededor. Es el mundo de Umbral, y la clave de su éxito radica no sólo en vivirlo sino también en mostrarlo.
Andrés Trapiello anda por las mismas. Entre su infancia en León y su madurez en Madrid ha sabido reflejar un mundo propio a base de una reiteración ya reconocible. Trapiello siente que su vida es insulsa, corriente, vulgar, y lo pone por escrito. Cuántas páginas habrá llenado el escritor dando vueltas a la idea de que cambiaría su vida por cualquier otra. Su obsesión sobra vida en los escenarios habituales de sus diarios, el Madrid de Chueca y del Rastro y las librerías de viejo. Ese es su mundo, el que él conoce, el que rezuman sus libros.
Al final del capítulo de Doctor en Alaska Ed sigue el consejo de Fleischman y rueda una suerte de documental muy personalista sobre su pueblo, Cicely, un punto minúsculo a más de imaginario del noroeste helado americano. En el estreno sus escasos convecinos se congregan para contemplar imágenes conocidas, cotidianas. Sus calles descoloridas, sus leñadores, su único bar, la consulta del médico, las líneas discontinuas de la carretera, los pasos de Ed sobre el asfalto. Nada espectacular, lo normal en un pueblo. Todo un éxito.
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Alan Ferreiro
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