Novela histórica
21.11.06 @ 19:53:59. Archivado en Literatura
Luis Racionero dijo que lo bueno de la novela histórica es que los hechos pasados le sirven al autor como andamio facilitador del relato. Utilizando este razonamiento, alguno podría pensar que los que cultivan este género lo hacen porque no se ven capaces de enfrentarse al vacío total de un relato donde todo debe ser inventado. Y puede que eso sea verdad en ciertos casos, aunque no toda la verdad. El autor de novela histórica es siempre un apasionado de la historia. Fechas, reyes, guerras, tratados de paz, catedrales y demás obras de arte, son piezas del puzzle que debe montar.
Aunque en rigor toda novela es histórica, en este género se incluyen aquellas que además de contarnos un relato nos sitúan en una determinada época más o menos lejana (lo suficientemente lejana para que apreciemos diferencia con la actualidad) recreándola por medio de elementos que la hacen reconocible, como formas de vestir, objetos caseros, adornos, usos del lenguaje. Por eso se hace necesario que el autor posea un mínimo de conocimiento del periodo retratado, no para convertir el libro en un tratado historiográfico, que ese no es el sentido de la novela, sino para que el lector aprecie los modos de vida que nos precedieron y disfrute de lo narrado con la mayor verosimilitud posible.
El autor de novela histórica, pese a tener acceso a los grandes eventos conocidos, suele buscar la anécdota personal, la pequeña, aquella a través de la cual se comprenda mejor el inicio de una guerra, el cambio de un gobernante, la elaboración de un cuadro o la construcción de una iglesia. Como nunca es posible encontrar la información completa, el novelista moja la pluma en el tintero de su imaginación, y así puede hacer que Rubens, por poner un ejemplo, se preste al juego manipulador del conde de Villamediana en tiempos de Felipe IV para que un aprendiz pinte un cuadro que pretende desvelar los secretos más inconfesables de la aristocracia de la época.
Rosa Ribas ha escrito El pintor de Flandes, novela en la que el pintor, el conde y el rey nombrados son personajes principales. Siguiendo lo anterior, Ribas nos cuenta el proceso de elaboración de un cuadro de dimensiones gigantescas (diez metros de largo por tres de alto) que hoy puede contemplarse en el Museo del Prado. Atribuye el cuadro, titulado Degollación de San Juan Bautista, a un pintor ficticio, circunstancia que le sirve para situarnos en la corte madrileña de la primera mitad del siglo diecisiete y mostrarnos la humanidad de unos personajes que los tratados de historia sólo nos ofrecen en retratos fríos. Que el conde de Villamediana murió en extrañas circunstancias, lo sabemos; que su muerte tuvo que ver con su ambición de poder, cabalmente lo imaginamos; los detalles de su actuación en la corte de Felipe IV que indujeron a su asesinato, sólo nos llegan algunos. Lo que hace Rosa Ribas es aportar todo aquello que no se pueden conocer por los libros de historia de la única forma posible, inventándolos con sentido.
El autor de novela histórica, decía, es un apasionado de la historia, como Rosa Ribas, y cuanto más se adentra en un periodo determinado más conoce a sus personajes -los renombrados y los de a pie- y más cosas tiene que contar. A una novela histórica suele sucederle otra del mismo autor, muchas veces situada en la misma época. Por eso es de esperar una próxima novela de Ribas; por eso y porque en la solapa de su primer libro anuncia ya la elaboración del segundo.
Suerte.
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Alan Ferreiro
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