Tesoros
14.11.06 @ 11:58:31. Archivado en Costumbres
Los cuadros que vemos en una pinacoteca están muertos. Tuvieron vida en las horas en que las manos que los pintaron no sólo estaban vivas, sino entregadas a la realización de la obra. En ese momento los cuadros gozaron de un alma, y participaron del tiempo que les tocó vivir y que justificó su creación. Pasada aquella circunstancia, aquel motivo creador, todos ellos, los buenos y los malos, se convirtieron en tesoros.
El Museo de Bellas Artes de Vitoria recoge una colección de cuadros de autores casi todos vascos, pero todos muertos. Algunos de esos cuadros poseen una personalidad arrolladora y son reconocibles como obra de un solo y particular pintor. En el Museo de Bellas Artes de Vitoria, contrapunto ilustrado al pragmatismo de Ajuria Enea del otro lado del paseo de Fray Francisco, no se forman colas de visitantes a la entrada como suele ocurrir en el Prado, pero los cuadros que allí se exhiben poseen valores análogos. Los Amárica, Díaz Olano y Uranga están tan muertos como Velázquez y Goya, igual de muertos que el Paisaje de Escoriaza, Fiesta en el caserío o La fragua de Vulcano. Todos estos cuadros están muertos, y sólo cobran un fugaz destello de vida en el momento en que un visitante se planta frente a ellos.
En Vitoria, hasta hace pocos viernes, podían verse manifestaciones incendiarias desbordando espumas por la boca de la Virgen Blanca, mientras a escasos metros, en el templete del Parque de la Florida, frente a la Casa de Cultura, Fernando Savater ofrecía una charla apasionada sobre lo que debería ser una convivencia pacífica. En medio de estos dos focos encendidos, el Parlamento daba amparo a unas sesiones políticas exaltadas que reflejaban lo peor de la calle. Pero en el mismo instante que sucedía todo eso, había un pintor en su buhardilla que, resguardado del frío exterior, reflejaba a brochazos la realidad del presente, como Picasso componiendo su Guernica.
Y una vez pintados, antes incluso de la primera exposición, los cuadros mueren para el pintor, igual que ha muerto la novela para el escritor en el momento en que la presenta ante un auditorio. La obra ya sólo experimentará pequeñas resurrecciones, cuando el lector abra el libro y el visitante contemple el lienzo.
El Museo de Bellas Artes de Vitoria se aloja en un edificio que es un cofre bien parecido, en cuyo interior podemos admirar antiguas preseas a la espera de ser redescubiertas. Sólo así logran volver a la vida. Pero Steveson supo hacernos ver que el verdadero tesoro no es el objeto que yace en un lugar oscuro, silencioso y apartado, sino el proceso por el cual ese tesoro se formó y, para los nostálgicos, el esfuerzo que supone la búsqueda de sus monedas de oro.
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Alan Ferreiro
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