La horca
10.11.06 @ 10:40:23. Archivado en Civilizaciones
(Madridpress) Condenado a la horca. Suena tan primitivo, tan inhumano, como la cruz de Jesucristo. Sadam Husein ha sido condenado por un tribunal iraquí, de apariencia iraquí, con un juez iraquí que leyó la sentencia, pero enseguida se oye a la voz de Bush cantando victoria. Se va a ejecutar a Sadam Husein no porque en Irak todavía exista la pena de muerte, sino porque todavía existe en Estados Unidos. Rodríguez Zapatero dice que sí, que SH es culpable, pero que en España y en la UE la pena capital no es admisible. Lo que pasa es que ni España ni la UE cuentan en esto. Podrían contar más, pero callarán, porque en el fondo piensan que no es su guerra.
SH, un criminal, morirá por sus crímenes a manos de unas víctimas que se convierten en criminales. Aquí, todos criminales. Un día les toca a unos matar y otro día les toca morir, y los que ayer fueron víctimas hoy cogen los fusiles para emular a sus verdaderos héroes. Es cuestión de suerte, gajes del oficio de dictador. A Franco no le dieron garrote por sus crímenes porque murió en la cama, saboreando aún sus últimas sentencias, y no hubo revolución ni conjura capaz de meterle mano. Con Castro parece que ocurrirá lo mismo, y no dentro de mucho. Tiene toda la pinta de que morirá en paz consigo mismo, reteniendo presos políticos y eso, pero en paz con su propia conciencia, que es lo que al final cuenta. No va a haber revolución contrarrevolucionaria que le lleve al paredón.
Pero Ceaucescu no tuvo la misma suerte. Tampoco su mujer. Los cogieron a tiempo, y los damnificados se convirtieron en verdugos. Un día mueres y otro matas. Es la ley de la selva, de cuando los hombres salían a cazar por libre y no tenían más que sus propias manos y algún pedrusco para defenderse de los depredadores, y para comérselos. En lo que sí tuvo suerte Ceaucescu fue en lo de tener a su señora al lado, en estar acompañado en la muerte por quien lo había acompañado en vida durante toda la represión. Lo de Rumanía, con los soldados conduciendo a empujones y culatazos al dictador derrocado, salió en televisión y pudo verse hasta en un pueblecito de León. Unos soldados apuntaban con sus fusiles a otros, a los leales, que andaban con las manos en la nuca, mientras su líder acercaba las suyas a su mujer. Pero ésta pasaba de carantoñas y se levantaba indignada contra el tribunal.
¿Quién cogerá la mano de SH? El dictador iraquí parece que se levantó indignado e increpó al juez que leía la sentencia. No estaba ninguna de sus mujeres, así que tuvo que hacerlo él mismo. ¿Quién era aquel juez para condenarlo? Y tenía toda la razón. El juez no es quién, como tampoco SH era quién para dictar sus sentencias sumarias. La horca para el ahorcador. Mañana será el juez quien sienta el nudo en la garganta. No es justicia ni injusticia. Es la ley de la selva, es decir, ninguna ley, la anarquía del origen de los tiempos que sigue siendo la dominadora del mundo.
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Alan Ferreiro
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