Bibliotecas
07.11.06 @ 10:30:49. Archivado en Costumbres
La biblioteca pública es la librería de viejo, y también de nuevo, de los que no disponen de dinero para comprar todos los libros que consumen o de espacio para guardarlos. La biblioteca pública, cuando es vieja, es decir, cuando arrastra ya al menos veinte años de ir acumulando tomos de todas la edades además de haber ido incorporando los fondos de otras bibliotecas cedidas, le permite a uno acceder a cualquier época literaria, a cualquier género, sin pagar un duro, con la única condición de devolver el objeto prestado tras su lectura. Tiene la ventaja de que a la hora de escoger un volumen u otro, la decisión no es definitiva e irrevocable, porque el libro descartado, nimbado con el brillo de los tesoros por descubrir lo mismo que el elegido, continuará allí en una posterior ocasión. Y cuando devolvemos el libro ya leído no lo perdemos del todo, pues sabemos que permanecerá allí para siempre, en aquel lugar público pero moderadamente frecuentado que de algún modo podemos considerar nuestra biblioteca personal.
La biblioteca pública de la Diputación Foral de Álava, Casa de Cultura Ignacio Aldecoa, reúne varias decenas de miles de ejemplares, por poner una cantidad que seguramente se queda corta, entre las secciones de consulta, depósito y préstamo. En ella no sólo se puede encontrar casi cualquier libro que se persiga sobre casi cualquier autor, sino que pone en exhibición infinidad de pequeñas joyas a la espera de que las descubra quien sepa buscar. En cierto modo es una búsqueda bidireccional: no se sabe si es el lector quien busca el libro o el libro lo que busca lector, porque en no pocas ocasiones uno busca tal título y en los escasos segundos que se tarda en acceder a la letra correspondiente le salen al paso otros tomos de todo género. La sección de préstamo de esta biblioteca es un tanto recoleta, aunque no pequeña en número de ejemplares. Sus estanterías, de un azul parcialmente cubierto por el ocre general del papel envejecido, conforman pasillos cortos a ambos lados de un eje central que se recorren pronto si se es sencillamente un paseante, pero que se convierten en un camino largo como un vida en cuanto uno se asoma a una balda y queda atrapado por la promesa de un título, un título que hemos buscado o bien nos ha encontrado.
Las bibliotecas públicas, sobre todo si son profundas como la de la Casa de Cultura, proporcionan un placer (o satisfacen una necesidad, según los casos) donde el único precio a pagar es el esfuerzo mental de la lectura. Si no existieran las bibliotecas públicas, no hay duda, se leería menos, y los más necesitados recurriríamos, en épocas de crisis, a las bibliotecas personales de familiares y amigos a mendigar el sustento diario.
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Alan Ferreiro
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