Arte actual
03.11.06 @ 08:50:36. Archivado en Costumbres
(Madridpress) Cuando le preguntan la opinión que le merece el arte actual, el pequeño filósofo sonríe, como siempre, a la vez que echa mano a su bolsillo para extraer su cigarro de la reflexión, y relaja los músculos de la cara como quien flota ufano en el espacio ingrávido, sin pesos ni referencias que lo orienten. Viéndolo así, complacido, expulsando al infinito el humo de la primera calada, uno diría que el arte actual fuera materia de un estudio aparte, o tal vez que el esfuerzo sistematizador que nos permite asirlo estuviera aún por realizarse. Yo, que también he reflexionado lo mío sobre el asunto, espero que su respuesta sea distinta de las habituales, desconcertante, no sé, inesperada. Mientras veo al pequeño filósofo manejar el pitillo entre sus gordos dedos, recreándose en la expectativa que su demora crea entre los acólitos que se reúnen en su redor, recuerdo el día en que, tocado por la bendita energía de la curiosidad, decidí estudiar someramente la historia del arte para llenar una de las innumerables cajas del saber que permanecen vacías en el interior de mi mente.
En aquel entonces no muy lejano quise solventar la ignorancia leyendo un manual generalista que abarcara todas las genialidades habidas en el hombre, desde los bisontes hasta Cobi, de la pintura de uñas al cincel electrónico, del títere a la estupidez (más allá del absurdo), del ronquido al sintetizador que lo imita. Y leí, y me regocijé con lo leído. Paseé bajo los techos coloreados de Altamira, me empequeñecí entre las pirámides de Gizeh, bebí agua mezclada con vino en la cratera de Boscoreale, asistí a una representación en Mérida, me colgué de las agujas de catedrales góticas, imité los versos de Petrarca, observé por encima del hombro de Leonardo el trazo preciso de la sonrisa de La Gioconda, descubrí a Velázquez espiando en su propio cuadro, me dejé aturdir en medio de la orquesta por las notas incesantes de la séptima de Beethoven, naufragué en las tormentas soñadas por Turner, me balanceé bajo el puente de Portugalete.
Pero el estudio histórico, me refiero al más profundo, trillado y estructurado, finalizaba en el cubismo de Picasso y en la sopa Campbell de Warhol, en la Pagoda ya demolida de Fisac y la Sinfonietta laureada de Ernesto Halffter, y se cerraba con un lacónico apunte sobre el mundo de la fotografía y del cine, y poco más. ¿Y qué ocurre desde entonces hasta ahora?, me pregunté, ¿es que no hay arte en el último medio siglo, es que no lo hay en este mismo instante? Me introduje en el dédalo multiforme e interminable de Internet, hojeé revistas sin fin, pregunté a los archivos de las bibliotecas, pero la información no se me presentó absoluta y estática sino dispersa, atomizada, como partículas en movimiento que en el aire y a cada segundo van cambiando de forma y de color. Entonces salí a la calle y en las galerías de arte encontré imitadores de Dalí, de Miró, incluso de Goya, pero también otras piezas que no supe clasificar, que no acerté a introducir en su correspondiente caja de sabiduría y que olvidé en el mismo instante en que giraba la cabeza, pero que me dejaban un regusto dulce y mullido en algún lugar perdido de mi cavidad craneal. Por un instante perdí el contacto con la realidad, mareado, rodeado de oscuridad, como en un caos transitorio, y entonces me sentí dulcemente extraviado, como esos curiosos que ahora, en la playa de la Concha, interrogan sobre el estado actual del arte y esperan una respuesta que alivie su ingravidez mental.
“El arte actual no existe”, dice el pequeño filósofo, y un silencio estupefacto y admirativo adorna la columna de humo que exhala de su gran boca humedecida. “Y no existirá hasta que nos encontremos en el futuro y podamos contemplarlo como pasado”. Hasta entonces aprovecharé para disfrutar de este caos.
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Alan Ferreiro
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