
“Leía un periódico liberal, no extremista, sino de una tendencia política a la que pertenecía la mayoría. Y a pesar de que, en realidad, no le interesaban la ciencia, el arte ni la política, sostenía firmemente las mismas opiniones que la mayoría y el periódico, cambiando de ideas sólo cuando lo hacían todos o, mejor dicho, no las cambiaba, sino que estas se transformaban imperceptiblemente por sí mismas.
No elegía las tendencias ni los puntos de vista, sino que estos venían a él, exactamente lo mismo que la forma del sombrero y la de la levita: llevaba lo que estaba de moda. Por pertenecer a cierta esfera social y debido a la necesidad de cierta actividad mental –que suele desarrollarse en la edad madura-, le era tan imprescindible poseer puntos de vista propios como llevar sombrero.
El motivo para preferir la tendencia liberal a la conservadora, a la que pertenecían también muchas personas de su esfera, no era la creencia de que la tendencia liberal fuera más sensata, sino más afín con su manera de vivir.” LEON TOLSTOI
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“Existe en el alma un proceso, por decirlo así, independiente de las circunstancias exteriores y que busca una meta. El arte requiere de todo el hombre. Pues bien, es este hombre total el que se busca. Tanto los esfuerzos del médico como la búsqueda del paciente apuntan hacia ese hombre “total” oculto, no manifiesto todavía, que es al mismo tiempo el más grande y el futuro. Pero, por desgracia, el auténtico camino que lleva a la totalidad está integrado por rodeos y caminos equivocados condicionados por el destino. Es este camino donde tienen lugar las experiencias que se acostumbra a calificar de “difícilmente accesibles”. Su insuficiencia estriba en que son costosas: exige aquello a que más se teme, concretamente la totalidad, algo que está continuamente en boca de todos y con la que se puede teorizar hasta el infinito; pero a la que en la realidad de la vida se rehuye con los máximos rodeos”.
Lo que voy a exponer en relación con la esencia del alma humana son fundamentalmente observaciones en seres humanos. Se ha reprochado a estas observaciones que se trata de experiencias desconocidas y difíciles de comprender, respectivamente.
EL ALMA HUMANA ES EL CAMPO MÁS OSCURO Y MISTERIOSO CON QUE TROPIEZA NUESTRA EXPERIENCIA
Es un hecho curioso, con el cual se tropieza una y otra vez, que absolutamente todos, incluso los profanos más incompetentes, creen estar enterados por completo de lo que es la psicología, como si la psique fuera precisamente el campo que disfrutara del más general de los conocimientos.

Pero cualquiera que conozca de verdad el alma humana estará de acuerdo conmigo si digo que este campo es el más oscuro y misterioso con que tropieza nuestra experiencia. Jamás se acaba de aprender en este campo. En mi actividad práctica, no transcurre casi ningún día sin que me encuentre con algo nuevo e inesperado.
Cierto que mis experiencias no son trivialidades que estén a flor de piel, pero están en una proximidad accesible para cualquier psicoterapeuta que se ocupe de este campo especial. Por ello, me parece absurdo, cuando menos, que se me reproche en cierto modo el desconocimiento de las experiencias participadas. No me considero responsable de la insuficiencia del saber profano en materia de psicología.
En el proceso analítico, o sea, en el enfrentamiento dialéctico entre el consciente y el inconsciente, existe una evolución, un progreso hacia una meta o un fin, cuya naturaleza, difícilmente descifrable, ha acaparado mi atención durante muchos años. En todas las fases posibles de la evolución, los tratamientos psíquicos llegan a un final; pero sin que, al alcanzarle, se tenga la impresión de haber conseguido con él una meta.
Las terminaciones temporales, típicas, tienen lugar: 1) después de recibir un buen consejo; 2) después de una confesión más o menos completa, pero, en cualquier caso, suficiente; 3) tras el reconocimiento de un contenido desconocido hasta el momento, pero esencial, cuya conciencia lleva anejo un nuevo impulso vital o de actividad; 4) tras conseguir una nueva adaptación racional a circunstancias ambientales, quizá difíciles o desacostumbradas; 5) tras conseguir desprenderse de la psique infantil después de un largo trabajo; 6) tras la desaparición de síntomas atormentadores; 7) después de producirse un cambio positivo en el destino, como exámenes, noviazgo, matrimonio, separación, cambio de profesión, etc.; 8) después del redescubrimiento de pertenecer a una confesión religiosa o después de la conversión; 9) tras comenzar el establecimiento de una filosofía práctica de la vida (¡”Filosofía”, en el sentido de la Antigüedad!).
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“En la segunda mitad del siglo XIX se asiste al nacimiento de una psicología “sin alma”. No se puede jugar con el espíritu de la época, pues constituye una religión, más aún, una confesión o un credo, cuya irracionalidad no deja nada que desear; tiene, además, la molesta cualidad de querer pasar por el criterio supremo de toda verdad y la pretensión de detentar el privilegio del sentido común. El espíritu de la época escapa a las categorías de la razón humana. Es una inclinación sentimental que, por motivos inconscientes, actúa con una soberana fuerza de sugestión sobre todos los espíritus débiles y los arrastra. Pensar así es popular; y, por tanto, decente, razonable, científico y normal”.
Mientras que la Edad Media, la Antigüedad e incluso la humanidad entera desde sus primeros balbuceos vivieron en la convicción de un alma sustancial, en la segunda mitad del siglo XIX se asiste al nacimiento de una psicología “sin alma”.
CON EL AUGE DEL MATERIALISMO LA CONCIENCIA SE ENSANCHÓ, PERO DEJÓ DE CRECER EN ALTURA
Bajo la influencia del materialismo científico, todo lo que no puede verse con los ojos ni aprehenderse con las manos se pone en duda y, hasta sospechoso de metafísico, se vuelve comprometedor. Desde ese momento sólo es “científico” y, por consiguiente, admisible, lo que es manifiestamente material o lo que puede ser deducido de causas accesibles para los sentidos. Tal trastocamiento se había iniciado mucho antes, en una lenta gestación, muy anterior al materialismo.

Cuando la era gótica, que se había alzado con un impulso unánime hacia el cielo, aunque apoyándose en una base geográfica y en una concepción del mundo estrechamente circunscritas, se derrumbó, quebrantada por la catástrofe espiritual de la Reforma, la ascensión vertical del espíritu europeo se vio frenada por la expansión horizontal de la conciencia moderna. La conciencia no se desarrolló ya en altura, sino que ganó en extensión geográfica e intelectualmente. Fue la época de los grandes descubrimientos y del ensanchamiento empírico de nuestras nociones del mundo.
La creencia en la sustancialidad del espíritu cedió, poco a poco, ante una afirmación cada vez más intransigente de la sustancialidad del mundo físico, hasta que, al fin -tras una agonía de casi cuatro siglos-, los representantes más avanzados de la conciencia europea, los pensadores y los sabios, consideraron el espíritu como totalmente dependiente de la materia y de las causas materiales.
Sería un error, sin duda, imputar a la filosofía y a las ciencias naturales una inversión tan total. Siempre hubo numerosos filósofos y hombres de ciencia inteligentes que no dejaron de protestar, gracias a una suprema intuición y con toda la profundidad de su pensamiento, contra esta inversión irracional de las concepciones; pero les era difícil imponerse, perdían popularidad y su resistencia resultaba impotente para vencer la preferencia sentimental y universal que -como una marea de fondo- llevó al orden físico hasta el pináculo. LEER MÁS-->
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“El Dios de Spinoza no era judío ni cristiano. El Dios de Spinoza estaba en todas partes, no se le podía hablar, no respondía si se le rezaba, se encontraba absolutamente en todas las partículas del universo, sin principio ni fin. Enterrado y desenterrado; judío o no; portugués, pero no realmente; holandés, pero no del todo, Spinoza no pertenecía a ningún lugar y pertenecía a todos. ¿Cómo pudo Spinoza haber sobrevivido a esta reclusión? Sin duda, liberándose en el espacio infinito de su mente, un lugar mayor y no menos refinado que Versalles y sus jardines. Debía tener razón Emily Dickinson cuando escribió que un solo cerebro, al ser más amplio que el cielo, puede acomodar confortablemente el intelecto de un hombre y, además, el mundo entero”.
Pienso que tengo la necesidad de entra en la casa, pero por el momento la puerta está cerrada. Todo lo que puedo hacer es imaginar que alguien sale de una barcaza amarrada cerca de la casa, va andando hasta ella y pregunta por Spinoza. El encantado Van der Spijk, el propietario y pintor, abriría la puerta. Acompañaría amigablemente al visitante hasta su estudio, situado tras las dos ventanas inmediatas a la puerta principal, lo invitaría a esperar, e iría a decirle a Spinoza, su inquilino, que había llegado una visita.
TODO HOMBRE DEBE PENSAR LIBREMENTE Y EXPRESAR SU PENSAMIENTO, PERO CON CAUTELA
Los aposentos de Spinoza estaban en el tercer piso, y éste bajaría por la escalera espiral, una de ésas por las que la arquitectura holandesa tiene mala fama. Spinoza iría elegantemente vestido, con su traje fidalgo; nada nuevo, nada muy gastado, todo bien conservado: cuello blanco almidonado, pantalones negros, un chaleco de cuero negro, una chaqueta de lana de camello, negra, bien equilibrada sobre sus hombros, zapatos de cuero negro brillantes con grandes hebillas de plata y, quizá, un bastón de madera para ayudarse a subir la escalera. Tenía la cara armoniosa y bien afeitada; sus ojos grandes y negros, que resplandecían brillantes, dominaban su aspecto. Su cabello también era negro, al igual que las largas cejas; la piel era olivácea, la estatura media, el cuerpo grácil.

Con educación, incluso con afabilidad, pero de manera directa y económica, al visitante se le apremiaba para que entrara en materia. Este maestro generoso podía mantener conversaciones sobre óptica, política y fe religiosa durante sus horas de despacho. Se servía té. Van der Spijk continuaba pintando, casi siempre en silencio, pero con una dignidad democrática y saludable. Sus siete hijos traviesos se mantenían alejados, en la parte posterior de la casa. La señora Van der Spijk cosía. Los criados se afanaban en la cocina. Podemos imaginarnos el cuadro.
Spinoza fumaba su pipa. El aroma del tabaco libraba batalla con la fragancia de la trementina mientras se planteaban preguntas, se ofrecían respuestas y la luz del día menguaba. Spinoza recibía innumerables visitas, desde vecinos y parientes de los Van der Spijk hasta jóvenes estudiantes impacientes y mujeres jóvenes e impresionables, desde Gottfried Leibniz y Christians Huygens hasta Henry Oldenburg, presidente de la recién creada Sociedad Real de Inglaterra. A juzgar por el tono de su correspondencia, era más benévolo con la gente sencilla y menos paciente con sus iguales. Aparentemente, podía soportar con facilidad a los necios modestos, pero no a los de otra clase. LEER MÁS-->
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“Ciertamente, sólo una triste y torva superstición puede prohibir el deleite. ¿Por qué saciar el hambre y la sed va a ser más decente que desechar la melancolía? Tal es mi regla, y así está dispuesto mi ánimo. Ningún ser divino, ni nadie que no sea un envidioso, puede deleitarse con mi impotencia y mi desgracia, ni tener por virtuosos las lágrimas, los sollozos, el miedo y otras cosas por el estilo, que son señales de un ánimo impotente. Muy al contrario: cuanto mayor es la alegría que nos afecta, tanto mayor es la perfección a la que pasamos, es decir, tanto más participamos necesariamente de la naturaleza divina. Así pues, servirse de las cosas y deleitarse con ellas cuanto sea posible (no hasta la hartura, desde luego, pues eso no es deleitarse) es propio de un hombre sabio.”
El odio nunca puede ser bueno. Nos esforzamos en destruir al hombre que odiamos, esto es, nos esforzamos en algo que es malo. (Nótese que aquí y en lo que sigue entiendo por odio sólo el odio hacia los seres humanos).
TODO LO QUE DESEAMOS MOVIDOS POR EL ODIO ES DESHONESTO E INJUSTO
La envidia, la irrisión, el desprecio, la ira, la venganza y los restantes afectos que se remiten al odio o nacen de él son malos. Todo lo que apetecemos en virtud del odio que nos afecta es deshonesto y en el Estado es injusto.

Quien vive bajo la guía de la razón se esfuerza cuanto puede en compensar, con amor o generosidad, el odio, la ira, el desprecio, etc. que otro le tiene. Todos los afectos del odio son malos; y así, quien vive bajo la guía de la razón se esforzará cuanto pueda por no padecerlos, y, consiguientemente, se esforzará en que tampoco otro los padezca.
Ahora bien, el odio se incrementa con un odio recíproco y, en cambio, puede ser destruido por el amor, de forma que el odio se transforme en amor.
Quien quiere vengar las ofensas mediante un odio recíproco vive, sin duda, miserablemente. Quien, por el contrario, procura vencer el odio con el amor lucha con alegría y confianza, resiste con igual facilidad a muchos hombres que a uno solo, y apenas necesita la ayuda de la suerte. Si vence, sus vencidos están alegres, pues su derrota se produce no por defecto de fuerza, sino por aumento de ella. LEER MÁS-->
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“Saber que se sabe lo que se sabe y que no se sabe lo que no se sabe; he aquí el verdadero saber”(Confucio).
En otro lugar, ya he dicho que en la Biblia -libro a cuyo estudio en profundidad he dedicado algunos años- hay, junto a otros menospreciables, incluso despreciables-, textos deliciosos que pueden ser muy inspiradores a la hora de meditar sobre los temas eternos de que se ocupan la religión, la filosofía y la ética. No porque resuelvan los problemas que atormentan a los pensadores o meditadores, sino porque los plantean y enuncian con claridad meridiana.
En un capítulo del Libro de los Salmos -colección de poesía religiosa hebrea que en nada desmerece de la del premio Nobel indio Rabindranaz Tagore- su autor, Asaf, se plantea, la cuestión de la maldad humana y el desafío que supone, para el que cree en la bondad y se consagra a la práctica del bien, el observar cómo los malos “prosperan, conservan su vigor, no pasan trabajos ni sufren como los demás mortales, se mofan de los humildes y hablan con altanería de hacer violencia, alcanzas riquezas, ponen su boca contra el cielo y su lengua pasea la tierra”. “Por poco resbalo -confiesa el atribulado Asaf-, porque tuve envidia de los arrogantes, viendo la prosperidad de los malos”. Y, a lo que vamos, confiesa finalmente: “Cuando pensé para saber esto, fue duro trabajo para mí, hasta que entrando en el santuario de Dios, comprendí…”
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