Los ateos sólo son filósofos a medias

Permalink 10.11.08 @ 19:59:41. Archivado en Catecismo filosófico

“Somos seres inteligentes; luego seres inteligentes no pudieron ser creados por un ser grosero, insensible, ciego: luego la inteligencia de Newton provino de otra inteligencia. Este argumento es antiguo, pero no por eso es malo. El mismo Spinoza admite esa inteligencia como base de su sistema: no le habéis leído y debéis leerle.

En cuanto a la moral, es evidente que vale más reconocer a Dios que negarlo. Es positivo que no se enseña el ateísmo en las escuelas de los hombres de letras de China; pero es cierto, sin embargo, que muchos de sus hombres de letras son ateos, pero es porque sólo son filósofos a medias.

Los que sostienen que puede subsistir una sociedad de ateos, tienen, pues, razón, porque las leyes son las que forman las sociedades; y esos ateos, siendo filósofos por añadidura, pueden pasar la vida tranquila y feliz a la sombra de dichas leyes, viviendo más fácilmente en sociedad que los fanáticos supersticiosos.

Poblad una ciudad de Simónides, de Protágoras y de Spinozas; poblad otra ciudad de jansenistas y de molinistas, y probaréis de ese modo la verdad del pensamiento que acabo de sentar. Verdad es que siempre esperaré que sea más justo el que crea en Dios que el que no crea; pero también esperaré más disgustos y más persecuciones de los que son supersticiosos.

El ateísmo y el fanatismo son dos monstruos que pueden desgarrar y destruir la sociedad; pero el ateo, aunque persevere en su error, conserva siempre el juicio, que le corta las garras, y el fanático está atacado de una continua locura, que afila las suyas.” VOLTAIRE

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Religiones diabólicas y espíritus malignos

Permalink 23.08.07 @ 12:27:41. Archivado en Catecismo filosófico

“El amor siempre nos permitirá distinguir con claridad el trigo religioso de la cizaña supersticiosa. Las personas realmente religiosas son benignas y pacíficas. No adoran a Dios en los templos, sino en espíritu y en verdad. Se han sacudido las cadenas sacerdotales y deciden por sí mismos lo que es justo. No persiguen ni lapidan a las adúlteras, ni a los homosexuales, ni a los ladrones, ni a los blasfemos, pues no sólo no los condenan, sino que ni siquiera los juzgan. No someten a las mujeres, las aman. No adoctrinan a los niños, los ayudan a hacerse hombres y mujeres íntegros. Desprecian las riquezas, que siempre son injustas. Trabajan con sus manos para tener qué compartir con el que padece necesidad. No abandonan jamás a los suyos en la vejez, la enfermedad o la pobreza, pues no podrían convivir con tamaña ingratitud. Se sienten más dichosos al dar que al recibir. Y si sufrieran la desventura de tener que gobernar a otros hombres, lo harían como simples servidores, nunca como dominadores”.

El último sermón que prediqué, hace ya muchos años, ante unos cientos de protestantes de varias denominaciones y unos doce pastores, lo titulé “El amor: misterio y ministerio”, e intenté trasmitir a los presentes la necesidad de que el Evangelio, para conseguir alguna influencia en el mundo moderno, debería volver a ser, tal como Cristo lo quiso, un mensaje de amor, alegría y libertad para toda la humanidad, aunque para ello hubiere que purgarlo de todas las supersticiones y dogmas absurdos que se le añadieron a lo largo de siglos hasta hacerlo irreconocible.

CUALQUIERA QUE CONSIDERA UN SERVICIO DIVINO MATAR AL PRÓJIMO NO CONOCE A DIOS

Sabiendo muy bien a qué público me dirigía, recordé aquellas palabras finales de Jesús a sus discípulos más íntimos, advirtiéndoles de las persecuciones que les sobrevendrían: “Os expulsarán de las sinagogas; y aun viene la hora cuando cualquiera que os mate, pensará que rinde servicio a Dios. Y harán esto porque no conocen ni al Padre ni a mí” (Juan 16:2-3).

A renglón seguido, tratándose de protestantes, no les hablé de la criminal Inquisición católica, de triste memoria, sino de Lutero y Calvino, como ejemplo de supuestos “varones de Dios” que, aunque fueran eminencias teológicas y líderes natos, nunca conocieron a Dios ni tuvieron el espíritu o mente de Cristo, pues de otra forma ni el dictador de Ginebra hubiera ordenado la muerte de Miguel Servet ni el monje agustino la de los campesinos alemanes.

De la maldad de Calvino poco puedo decir, como no sea que, al igual que Jefferson, considero que “su religión era maligna”, su dios un tirano y él mismo, en la práctica, un ateo. Pero de Lutero tal vez muchos desconozcan sus escritos políticos donde se pueden hallar soflamas como esta, contra la rebelión del campesinado alemán: “Quien pueda ha de abatir, degollar o apuñalar al rebelde, en público o en privado, y ha de pensar que no puede existir nada más venenoso, nocivo y diabólico que un rebelde; ha de matarlo igual que hay que matar a un perro rabioso; si tú no lo abates, te abatirá a ti y a todo el país contigo”. Y añadió un poco más adelante: “El que pueda, que apuñale, raje, estrangule; y si mueres en esa acción, bienaventurado tú, pues jamás alcanzarás una muerte más dichosa. Mueres en la obediencia a la palabra y al mandato de Dios” (1).

“Abatir, degollar, apuñalar, rajar, en público o en privado”, “no hay nada más venenoso, nocivo o diabólico que un rebelde”, “y si mueres en esa acción, bienaventurado tú, pues jamás alcanzarás una muerte más dichosa”, ¿no son las mismas abyectas invectivas y promesas con que se jalea hoy a los “soldados de Alá” para inducirles a matar infieles?

Cuando los campesinos alemanes, capitaneados por el visionario Thomas Müntzer, fueron aplastados en la batalla de Frankenhausen, Lutero fue tachado de “adulador de príncipes” por haber animado a los señores a usar toda su fuerza contra el pueblo llano. Recalcitrante, se ratificó en su crueldad inhumana con estas palabras: “Lo que entonces escribí lo vuelvo a escribir ahora: que nadie tenga misericordia de los campesinos contumaces, obstinados y obcecados, que no se dejan decir nada; el que pueda, y como pueda, que les pegue, los hiera, los degüelle, los muela a palos, como a perros rabiosos… Con el puño hay que contestar a estos bocazas, que les salte la sangre de las narices… Hubo que abrirles las orejas con balas de arcabuz y las cabezas saltaron por los aires; para tal alumno tal palmeta. Quien no quiere escuchar la palabra de Dios por las buenas, escuchará al verdugo con la hoja” (2). ¡Qué lenguaje tan edificante en un teólogo! ¡Qué corazón tan sensible en un reformador! ¿Quién era aquí el perro rabioso, el obstinado y el obcecado? Máxime cuando las reclamaciones de los “rebeldes”, meros trabajadores del campo, eran tan naturales como legítimas.

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No para cualquiera: sólo para locos

Permalink 01.12.06 @ 22:17:52. Archivado en Catecismo filosófico

“¡Ah, es difícil encontrar esa huella de Dios en medio de esta vida que llevamos, en medio de este siglo tan contentadizo, tan burgués, tan falto de espiritualidad, a la vista de estas arquitecturas, de estos negocios, de esta política, de estos hombres!”

Así se expresaba ya, en 1927, el escritor suizo de origen alemán Hermann Hesse en "El lobo estepario", de cuya obra he extraído algunos fragmentos publicados en una de las antologías de FD con el título: SÓLO PARA LOCOS.

El problema que tiene el hombre moderno -y cuanto más intelectual o culto peor- es que lleva una vida unidimensional, en un solo plano y una sola dirección: en lo físico y para tener más cosas.

Son indudables los progresos materiales y las comodidades de la vida civilizada de los que disfruta la humanidad (una minoría aún, no lo olvidemos). Y me alegro, porque no soy un reaccionario y también me gusta el progreso razonable.

Pero la humanidad hoy está en el mismo grado de evolución moral y espiritual que hace miles de años. Está mucho más educada, pero no consta de mejores personas; tiene más cultura, pero ignora todo lo esencial. Y es que la revolución capaz de transformar el hombre viejo en un hombre nuevo no es ni política ni social ni cultural, sino espiritual o, dicho en plata, religiosa (en el buen sentido de la palabra).

Esa transformación de la naturaleza humana surge cuando percibe esa chispa divina que alumbra en su alma: el Dios interior del que algunos hablan, pero que ni ama ni odia a nadie, porque ni tiene alma ni es un desalmado, y del que las religiones, incluyendo el cristianismo, no quiere saber nada.

Sé que no está de moda hablar de esta cosas. Pero yo, en la medida de mis fuerzas, voy a procurar que lo vuelva a estar, defendiendo una religiosidad pura, libre de dogmas, supersticiones e iglesias. Porque estoy firmemente persuadido de que la experiencia de eternidad hace al hombre divino, o sea, dichoso, libre y bueno.

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Dios o Naturaleza

Permalink 30.11.06 @ 00:46:26. Archivado en Catecismo filosófico

Spinoza nunca fue ateo, pero tampoco teísta, deísta, panteísta o místico. Salvando las distancias, yo, por supuesto, tampoco lo soy.

NI TEÍSMO...

Que los creyentes en dioses antropomórficos (judíos, cristianos o musulmanes) lo tuvieran por tal, no me extraña en absoluto. Todos ellos conciben a Dios a semejanza de un hombre (varón casi siempre) y dotado de sentimientos e intenciones humanos. No todos son tan torpes como para atribuir a Dios un cuerpo, o sea, una pequeña porción de materia organizada componiendo una figura tridimensional; pero, otros, pretendiendo ser más sutiles, le atribuyen un alma con sentimientos y todo. Estos ignoran completamente cómo se producen los sentimientos en el alma, lo que prueba que no saben lo que dicen y que ninguno de ellos tiene el menor conocimiento de Dios.

NI ATEÍSMO...

Pero los ateos, no lo hacen mejor, sino peor si cabe, que los creyentes. Pues mientras estos intentan suplir con la imaginación su ignorancia de la naturaleza divina, aquellos, incapaces de imaginárselo, niegan su existencia. Y se quedan tan anchos.

NI PANTEÍSMO...

Por otro lado, los panteístas, al llamar Dios al mundo, atribuyen a las cosas finitas una infinitud que no poseen; lo mismo vale para el antropoteísmo de Feuerbach. Ni las cosas son Dios ni lo es el hombre, aunque Dios sea origen, camino y meta del universo.

DIOS, O SEA, LA NATURALEZA INFINITA Y ETERNA

Spinoza, contra unos y otros, afirmó la existencia del ser eterno e infinito y lo llamó DIOS O NATURALEZA.

Pero distinguió, sin separarlas, dos "naturalezas" en la Naturaleza: la naturaleza naturante o creadora y la naturaleza naturada o creada. La primera es la esencia productora de todas las cosas, está dotada de infinitud y eternidad absolutas, y es la única a la que Spinoza da el nombre de Dios; la segunda es producida o creada, e incluye un universo ilimitado y los incontables mundos que lo conforman, así como todas las cosas finitas que habitan en ellos.

Por eso censura Spinoza a unos y otros por no seguir el orden natural a la hora de filosofar. El conocimiento de Dios es prioritario, tanto para entender la vida como para explicarla.

De ahí que los científicos y filósofos vulgares -hay notables excepciones que mencionaremos en Filosofía Digital- contemplen el mundo al revés, lo que hace a sus teorías e hipótesis sobre la realidad sumamente enrevesadas y erróneas.

¿Y los místicos, a todo esto? Pues, en su ingenuidad, alucinando en colores y esperando vida tan alta que se mueren de ganas de morirse. Eso sí que es instinto de muerte; y lo demás, cuentos.

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¿Por qué lo divino se sustrae al conocimiento?

Permalink 29.11.06 @ 22:14:36. Archivado en Catecismo filosófico

El que no es perceptivo para lo esencial, carece necesariamente del conocimiento de lo mejor; y al ser incapaz de alcanzar la certeza, se muestra incrédulo, despreciando lo que ignora.

Y es que, en palabras de Heráclito, “casi todo lo divino se sustrae al conocimiento por falta de fe”. Nos referimos, por supuesto, a la fe o confianza en el poder natural e innato del entendimiento humano para ver lo invisible.

NO SE SABE NADA PORQUE NO SE QUIERE SABER

Aunque trataremos el tema aquí, quien desee conocer la naturaleza de Dios, que estudie a fondo el Libro I de la Ética de Spinoza. Al que se anime, le recomiendo que empiece por el Apéndice. Verá cómo, en lo concerniente a Dios, Spinoza demuele, con demostraciones incontrovertibles, el antropomorfismo de los teístas y deístas, el finalismo o teleología de los cientificistas, y la negación absurda e inconsistente de los ateos.

No sólo eso. Spinoza les dice a teólogos, filósofos y científicos, en el siglo XVII, algo que todavía no han aprendido los modernos; a saber, que todos ellos contemplan el edificio de la naturaleza al revés.

Más aún -añade el filósofo holandés-, todos sus criterios morales, tales como Bien y Mal, Orden y Desorden, Calor y Frío, Belleza y Fealdad, Alabanza y Vituperio, Delito y Mérito, etc., “son sólo modos de imaginar, y no indican la naturaleza de cosa alguna, sino sólo la contextura de la imaginación”.

LAS OPINIONES HUMANAS, JUEGOS DE NIÑOS

Entre la “estúpida admiración” de teólogos y supersticiosos, y las “controversias” interminables de filósofos y científicos, autoproclamados intérpretes de la naturaleza, no es sorprendente que surgiera el escepticismo: “Las opiniones humanas son juegos de niños”. Pero que Dios existe es una verdad axiomática, o sea, eterna. De ahí que Spinoza hiciera una recomendación y expresara un deseo:

“Si los hombres atendieran a la naturaleza de la substancia (Dios), no dudarían un punto de la verdad de la Proposición 7 (“A la naturaleza de una substancia pertenece el existir”). Muy al contrario, esta Proposición sería para todos un axioma, y se contaría entre las nociones comunes”.

“Por eso -añadió en otro lugar- sería muy de desear que el género humano llegara a aceptar, de una vez, estas cosas con nosotros”.

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La idea de Dios

Permalink 28.11.06 @ 14:36:29. Archivado en Catecismo filosófico

¿A quién engañó, Spinoza, el filósofo más honrado que haya pisado jamás la tierra al denominar “Dios” al Ser infinito y eterno? ¿No les gusta a los profesores adocenados, a los ateos de conveniencia o a los materialistas indolentes? ¿Les parece que la palabra Dios tiene un tufillo a sotana y sacristía? ¿Se debería inventar, para complacer sus intelectos sofisticados y sus prejuicios anticlericales, otra palabra para nombrar lo eterno? Pues ¡que la inventen ellos!

EL INDOLENTE SE ASOMBRA DE CUALQUIER PALABRA

“El indolente se asombra de cualquier palabra”, decía Heráclito. A nosotros, en cambio, la palabra “Dios” nos vale, ya lo creo. Porque, tal como afirmó Kierkegaard, Dios es una idea, no un nombre. Y no es que no reconozcamos, con el filósofo de Éfeso, que: “Lo uno, el único sabio, quiere y no quiere llamarse con el nombre de Zeus”. Pero es que Zeus, Yahvéh o Alá son los nombres propios de los dioses de ciertas religiones. Dios, en cambio, es más bien la palabra con que, nosotros al menos, designamos la Naturaleza divina, infinita y eterna. Y no es un subterfugio. ¿Acaso el significado común se aleja “enteramente” del que nosotros queremos atribuirle? Con todo, si alguien quiere pleitear por un vocablo, no aceptaremos el envite.

Demasiado bien sabemos cómo los hombres, hartos de una divinidad incorruptible que no podían ver, han acabado esculpiendo sus dioses de una piedra o un leño, a semejanza de lo que veían e imaginaban, y poniéndoles nombres a capricho. He leído que los beduinos del desierto, antes de Mahoma, se postraban, en mitad del camino, ante dioses amasados para la ocasión con arena y leche de camella. Bien, ¿y qué?

¿POR QUÉ LO DIVINO SE SUSTRAE AL CONOCIMIENTO?

¿Dejaremos de hablar del Amor, porque los necios lo confundan con el placer o el deseo? ¿Renunciaremos a la Libertad porque las masas, embrutecidas por la propaganda, luchen por su esclavitud como si ésta fuera aquélla? ¿Negaremos la Bondad porque las hombres buenos sean muy pocos? ¿No aspiraremos a la Justicia porque el Derecho esté corrompido? ¿Vamos a abandonar, en fin, el uso de la palabra “Dios” porque meapilas, racionalistas y jacobinos la cubran de oprobio? No, por cierto.

Los deístas y ateos, en general, más que alegrarse por saber, como Spinoza, que los dioses no existen, que el Olimpo está vacío, y “que todos los objetos que los hombres han adorado alguna vez, sin fundamento, no son más que fantasmas y delirios de un alma triste y temerosa”, adoptan un aire burlón que no casa bien con su pretendida superioridad intelectual o moral. Muy al contrario, no se avergüenzan de perseguir, con un ímpetu digno de mejor causa, las quimeras y fantasías que las mentes débiles conciben en su imaginación. Como si inventar fantasmas fuera mayor locura que dedicarse a perseguirlos.

¿Acaso el espejismo que sufre el que arde de sed en el desierto, prueba que el oasis que ve donde no está, engañado por los sentidos, no existe en otra parte? ¿Es sensato y humano que un guía se burle del que está desorientado, en vez de mostrarle en qué dirección hallará el manantial del que podrá beber hasta saciarse? Pues, eso es lo que hacen los ateos burlones y los deístas volterianos.

LO INVISIBLE A LOS OJOS SÓLO SE PERCIBE CON EL ENTENDIMIENTO

¿De qué se ríen? Porque ellos tampoco son capaces de percibir a Dios “con el entendimiento”. Al fin y al cabo, la incredulidad para lo suprasensible (que no sobrenatural) o metafísico (que no espiritualista), no deja de ser una especie de torpeza u ofuscación de la inteligencia.

Si el supersticioso alucina con entes que no existen, el ateo se ciega ante la evidencia de lo eterno. No sabría yo decir qué enfermedad espiritual es más grave, si la locura o la ceguera.

“No juzguemos superficialmente sobre las cosas máximas”, nos advirtió Heráclito.

El Dios desconocido

Permalink 27.11.06 @ 01:27:31. Archivado en Catecismo filosófico

“No podemos estar más seguros de la existencia de cosa alguna que de la existencia del Ser absolutamente infinito, o sea, perfecto, es decir, Dios” (Spinoza).

La mayoría de las buenas y significativas palabras están tan manoseadas y ajadas por el uso, cuando no claramente corrompidas, que ha sido una tentación casi constante, en la historia del pensamiento, la de inventar un nuevo vocabulario para designar las ideas novedosas que los filósofos iban alumbrando.

Spinoza, como ya antes Descartes, desechó esa posibilidad, por inútil. Un filósofo no es un poeta ni un escritor. No inventa neologismos, que tendría que pararse a explicar, ya que nadie le entendería (verbigracia, las mónadas de Leibniz).

En todo caso, será un inventor de ideas, formas de la inteligencia pura. Intenta captar, en la medida de sus fuerzas, la naturaleza de las cosas. Pero no limpia, fija ni da esplendor a las palabras. Las usa, más bien, como el labrador emplea el azadón o el arado, que otros han fabricado, para labrar su campo.

AL DIOS DESCONOCIDO ¿QUÉ NOMBRE LE PONDREMOS?

Un pensador auténtico no es un “palabrero”. Así calificaron a Saulo de Tarso, en Atenas, unos cuantos estoicos y epicúreos, integrantes de aquella masa de atenienses y extranjeros, que, según Lucas, historiador y médico: “en ninguna otra cosa se interesaban sino en decir o en oír algo nuevo” (Hechos 17). Invitado a hablar en el Areópago, Saulo, también conocido como Pablo, habiendo encontrado en la ciudad un altar con la inscripción: “AL DIOS DESCONOCIDO”, empezó diciendo: “Al que vosotros adoráis, pues, sin conocerle, es a quien yo os anuncio”.

Spinoza, salvando las distancias, también advirtió que las palabras que usaba para expresarse, las tomaba prestadas del lenguaje del pueblo llano; y añadió: “No son pocas las ventajas que podemos sacar de ahí, si nos adaptamos, cuanto nos sea posible, a su capacidad. Añádase a ello que, de ese modo, se dispondrán benévolamente a escuchar la verdad”.

Pero como esto podía ser interpretado, y así ocurrió, como una astuta claudicación, en vez de como un gesto de modestia y realismo, hizo esta acotación en su Ética: “Sé que estos nombres significan otra cosa en el uso corriente. Pero mi designio no es el de explicar el significado de las palabras, sino la naturaleza de las cosas; designando éstas con aquellos vocablos cuya significación, según el uso, no se aparte enteramente del significado que yo quiero atribuirles. Bastará con advertir esto una vez”.

YO TAMBIÉN LE LLAMARÉ DIOS

Hasta tal punto fue fiel a esta regla, que prefirió no designar cierto sentimiento, por no satisfacerle ningún vocablo ordinario: “No sé con qué nombre debe llamarse a la alegría que surge del bien de otro” (Ética, III-23). En cambio, no tuvo dudas sobre qué nombre debía poner al Ser infinito y eterno: “LE LLAMARÉ DIOS”.

Ni aún así se libró de la acusación de sutil talmudista por parte de los profesionales de la inteligencia o parásitos de la filosofía, como denominaba el implacable Schopenhauer a los filósofos segundones y a los profesores universitarios, que gustaban de ser oscuros con tal de parecer profundos:

"Salgan, en fin, a la luz, como hasta aquí cada día nuevos sistemas, amañados no más que con palabras y frases, para uso de las Universidades, juntamente con una culta jerga en que se pueda hablar días enteros sin decir cosa alguna, y que jamás turbe ese placer aquella sentencia arábiga que dice: “Oigo el ruido del molino; pero no veo la harina"."

Harina sí que extrajo Spinoza, y en tal cantidad, que ha sido capaz de saciar el hambre de Verdad de cuantos han acudido a su filosofía, valga decir, a su molino. Él solo nos compensa con creces de la gran masa de filósofos y escritores gárrulos que nos han hecho perder el tiempo con su cháchara insustancial; porque, en palabras de Heráclito, “uno es para mí como diez mil, con tal que sea el mejor”.

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¿Has hecho el viaje?

Permalink 06.11.06 @ 22:13:34. Archivado en Catecismo filosófico

No, amigo, no puedo asumir lo que no soy ni tengo. Ni “soy” esquizofrénico (mi mente no está escindida ni fragmentada) ni “tengo” esquizofrenia (caso de que se admita como una enfermedad cerebral, o sea, orgánica).

Yo ya he hecho el viaje interior -el que nos lleva a sentir y experimentar la infinitud, eternidad y unidad esencial de la Vida, de la que formamos parte inseparable-, ése que Laing, inventor de la antipsiquiatría, recomendaba a todos para superar la locura y la neurosis. El problema es que todo el mundo viaja sin parar, pero como tú dices, “a ninguna parte”. Y el único viaje que importa no lo emprenden jamás.

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Nacer de sí mismo

Permalink 01.11.06 @ 02:23:38. Archivado en Catecismo filosófico

Bella metáfora, sin duda, sobre todo si Jean Cau, secretario de Sartre, entendía por “nacer de sí mismo” una auténtica regeneración espiritual y no una fantasía emocional más del cerebro humano, como casi todas las “conversiones” ideológicas o religiosas.

El espíritu humano, chispa divina salida del fuego eterno del espíritu universal, es creador permanente de nuevas formas de vida y tiene el poder (¡eso sí que es poder y no el conocimiento o la política!) de regenerar al “que se deja llevar”. Pero nos aferramos neuróticamente a nuestro miserable “ego”, que no es más que la memoria de lo que imaginamos que somos, y con él nos moriremos.

Y como en el fondo lo sabemos, al anticipar mentalmente la extinción de nuestra alma egocéntrica, egoísta y ególatra (la "santísima" trinidad del egotismo) nos invade la angustia y el pesimismo.

Lástima. Porque, como decía Spinoza por experiencia, nuestra mente o alma podría revestir una naturaleza tal que lo que de ella perece con el cuerpo “apenas tiene importancia”.

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Dios, la evidencia invisible

Permalink 10.10.06 @ 10:57:23. Archivado en Catecismo filosófico

No entiendo por qué el párrafo al que aludes “brilla por su autoinmolación”. Una cosa te aseguro: no entenderás nada de lo que digo, si antes no te desprendes de tus prejuicios.

Todos los ateos que he conocido hacéis lo mismo: tomáis la “imagen” de Dios que tienen los creyentes de tal o cual religión, o inventáis otra, y la negáis. Léeme bien, por favor: de los dioses populares soy tan ateo o más que vosotros. Hay suficiente material en mi blog, aunque todavía es muy exiguo, como para que esto quede claro.

Los creyentes “creen” en dioses “personales”, más humanos que divinos. Y vosotros negáis su existencia. Yo también. Pero no cometo lo que a mi entender constituye vuestro principal error: tiráis al niño por el desagüe junto con el agua sucia de la bañera. Yo salvo al niño, una vez limpio de toda suciedad. El niño es real, amigo, aunque tú lo veas cubierto de mugre. Sólo que tú lo ves, y lo desprecias, antes de estar limpio.

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Religión: la verdad sobre Dios

Permalink 12.08.06 @ 01:18:53. Archivado en Catecismo filosófico

“De Dios y las cosas divinas tan sólo no se sabe nada cuando no quiere saberse de ellas” (Feuerbach).

En cuanto que filósofo ateo, Feuerbach sostenía que “la religión sólo es afecto, sentimiento, corazón, amor, es decir, negación, disolución de Dios en el hombre, postura que el definía como “antropoteísmo” o “religión autoconsciente”. Lo poco que he leído de él me ha impresionado muy favorablemente, porque, aunque no comparto su punto de vista sobre la naturaleza divina, me parece uno de esos “espíritus fuertes” que impresionan a un filósofo religioso mucho más gratamente que esos “espíritus débiles” que creen en Dios a regañadientes porque no tienen valor para negarlo.

Por otro lado, defendía una “filosofía del futuro” que al poseer “en sí misma la esencia de la religión, ella misma es en verdad religión”, afirmando al mismo tiempo que, por el contrario, la teología -que el calificaba como “una creencia en espectros”- “niega a la religión bajo la apariencia de ponerla”. Nada tengo que objetar a que la verdadera filosofía sea revestida de tan nobles aspiraciones, pues son idénticas a las que yo mismo le atribuyo. La filosofía se ocupa de las cosas perennes o eternas, es decir, de la actualidad real o “el infinito en acto”, como diría Spinoza; de la actualidad pasajera o de moda, es decir, de “la historia en acto”, como la definía Gramsci, ya se ocupa la política.

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