A ti, filósofo lector
16.11.08 @ 11:34:00. Archivado en Falacias, sofismas y soflamas
Hace aproximadamente un año, publicaba mi primer artículo en el primitivo alojamiento de Filosofía Digital. En él expresaba las intenciones y los objetivos que me movían a hacerlo, así como también el tipo de lectores en que pensaba. Hoy quiero hacer memoria de aquella primitiva declaración, para confirmarla y compartirla con los amables visitantes de Periodista Digital:
"No soy profesional de la filosofía, la política o la religión, ni estoy adscrito a ninguna institución académica, partido político o grupo religioso. Ni siquiera simpatizo con ellos, por muy necesarios que sean considerados.
Mucho me temo que los más, esto es, la desdichada mayoría, apenas encontrarán aquí algo que les agrade por algún motivo; los menos, o sea, la dichosa minoría, casi nada que no sepan ya. Escribo sobre estos temas porque necesito hacerlo y porque considero necesario que se haga. Eso es todo.
Aunque me esforzaré por expresar mis ideas con palabras adecuadas, que no ofendan a nadie, no es agradar lo que busco, sino hablar claro y decir la verdad. Espero, de esta manera, animar a cualquiera que necesite alcanzar la excelencia y esté dispuesto a adentrarse sin temor por el camino que lleva a la libertad.
Si lo consiguiere, siquiera en parte, lograría mi propósito y esa sería mi recompensa. Si no, me habré limitado a cumplir con mi deber; y esa es toda la gloria a que aspiro. Vale."
En realidad, no sólo me estaba inspirando en la experiencia acumulada desde mi juventud, sino también -y sobre todo- en la de Spinoza. Este filósofo, fallecido tan discretamente como había vivido, a la edad de cuarenta y cuatro años, solo y en una habitación alquilada, cuando publicó su revolucionario "Tratado teológico-político", en 1670, tuvo que hacerlo de forma anónima y con falso pie de imprenta.
El peligro que corrían, tanto el autor como el editor, a manos de las turbas de fanáticos supersticiosos, era muy real, como lo demostró el linchamiento brutal de que fue objeto su amigo y protector, el gobernante liberal Jan de Witt. Salvando las distancias, que son inmensas, Spinoza también hizo notar que escribía para lectores con mentes abiertas y libres de prejuicios, más deseosas de aprender que de tergiversar, discutir o censurar:
"He ahí, filósofo lector, los temas que someto a tu examen. Confío en que, por la importancia y la utilidad del asunto, tanto de toda la obra como de cada capítulo, serán bien acogidos. Y, en cuanto a los demás, no tengo especial interés en encomendarles mi tratado, ya que no hay nada que me haga esperar que les pueda agradar por algún motivo.
Sé, en efecto, con qué pertinacia se arraigan en la mente aquellos prejuicios que el alma ha abrazado bajo la apariencia de la piedad. Sé también que es tan imposible que el vulgo se libere de la superstición como del miedo. Y sé, finalmente, que la constancia del vulgo es la contumacia y que no se guía por la razón, sino que se deja arrastrar por los impulsos, tanto para alabar como para censurar.
Por consiguiente no invito a leer esto ni al vulgo ni a todos aquellos que son víctimas de las mismas pasiones; preferiría que olvidaran totalmente mi libro, antes que verlos ofendidos interpretándolo perversamente, como suelen hacerlo todo.
Pues, aparte de que ellos no sacarían provecho alguno, servirían de obstáculo a otros, que filosofarían más libremente, si no se lo dificultara el pensar que la razón debe ser sierva de la teología. A éstos, en efecto, estoy seguro que esta obra les será sumamente útil.
Sé que soy hombre y que he podido equivocarme. Pero he puesto todo mi empeño en no equivocarme y, ante todo, en que cuanto escribía, estuviera absolutamente de acuerdo con las leyes de la patria, con la piedad y las buenas costumbres." BARUCH DE SPINOZA, prefacio a su Tratado Teológico-político.
Someto, pues, a vuestro examen, estas modestas reflexiones, sobre asuntos que considero de no poca utilidad e importancia. Gracias a todos.
21/11/2006
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Pero puede que tenga usted razón, porque nunca he leído a fondo a ningún filósofo. Durante muchos años pensé por mí mismo. Y anduve buscando a alguien que me enseñara a pensar para saber: hasta que encontré a Spinoza. Y ni siquiera de él he leído todas sus obras. Por ejemplo, su Tratado sobre el arco iris y su Gramática hebrea, así como parte de su ya enmohecido Tratado político.
De Schopenhauer, me quedé con su consejo, que ya había seguido intuitivamente antes de leérselo, de meterse en la mente de un filósofo cualquiera y aprender de él a pensar. Sólo que yo ahora aconsejo aprender a "pensar para saber" únicamente con aquel que me enseñó a mí: Baruch de Spinoza.
Deucalión
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Jesús Nava
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