Sólo sé que no sé nada
24.06.08 @ 20:55:48. Archivado en Falacias, sofismas y soflamas
“Yo soy más sabio que este hombre; es posible que ninguno de los dos sepamos cosa que valga la pena, pero él cree que sabe algo, pese a no saberlo, mientras que yo, así como no sé nada, tampoco creo saberlo. Yo no tengo conciencia de saber nada.”

La frase “sólo sé que no sé nada”, atribuida a Sócrates por sus discípulos (Platón, en “Defensa de Sócrates”), es considerada por los inexpertos y los esnobs del pensamiento, sin madera de auténticos pensadores, como el colmo de la sabiduría y la modestia filosófica.
EL ESCEPTICISMO Y LA FALSA MODESTIA
A mí, sin embargo, nunca me impresionó, pues albergo el máximo recelo hacia los aforismos filosóficos agradables, especialmente hacia las paradojas verbales. Lao Tsé lo dijo muy bien: “Las palabras verdaderas no son hermosas; las palabras hermosas no son verdaderas”.
Una frase bella puede fácilmente deslumbrar, y cegar al desprevenido, por su aparente profundidad, cuando tal vez no sea más que música compuesta con palabras. Alerta, pues, contra la belleza; no vayamos a confundirla con la verdad. La belleza puede seducir los sentidos, es decir, la imaginación, hasta el punto de dejar confuso el entendimiento.
Con franqueza y sin ambages: la frase de Sócrates, a la luz de la razón, me parece un dicho sin sustancia inspirado por la falsa modestia. Todos los ignorantes podrían decir lo mismo, si fueran honestos. Pues Heráclito afirmaba que “el mejor de ellos no conoce sino opiniones y las retiene firmemente”.
Darse cuenta de eso es una prueba de sensatez y comprenderlo está al alcance de cualquiera que no se obstine en aparentar que sabe lo que a sabiendas ignora. Es decir, que además de insensato no sea hipócrita.
Pero si el que finge saber, cuando no tiene conciencia de saber nada, está tocado de soberbia, no le sigue muy de lejos el que sabiendo, finge que ignora. El falso modesto, se encumbra aparentando humillarse, y está próximo al soberbio.
Me inclino a creer que Sócrates simulaba su ignorancia, porque al verdadero ignorante, cuando el vulgo le atribuye una sabiduría que no tiene, si es sondeado con habilidad, se le reconoce porque podría pasar por tonto. Pues según Heráclito, que de “oscuro” no tenía nada, “los tontos, cuando oyen, son semejantes a los sordos: sobre ellos es la sentencia de que están ausentes cuando presentes”.
LOS TÁBANOS, TORMENTO DEL GANADO
Y si, realmente, Sócrates se consideraba ignorante, ¿a qué venía tanta ironía y empeño para demostrar que los demás no sabían nada? ¿Con qué derecho se entrometía en las vidas de sus conciudadanos ejerciendo de tábano de sus conciencias y presumía de no dejar a nadie en paz? ¿Tendría al final Xantipa, su malhumorada esposa, su parte de razón al tirarle baldes de agua a la cabeza, mientras le llamaba vago y charlatán? Sócrates era un tábano inteligente, eso es todo.
Y un poco sofista. Pues para alguien que blasonaba de poder demostrar que todo el mundo, incluso los filósofos, desconocía la verdad sobre casi todo, se afianzaba bastante, por no decir excesivamente, en simples “verosimilitudes hermosas”. Como afirmó Descartes, “toda ciencia es un conocimiento cierto y evidente. Un hombre que duda de muchas cosas no es más sabio que el que nunca ha pensado en ellas”.
Sería insensato negar que, en la vida cotidiana, a falta de pan buenas son tortas; y que, a falta de certezas, debemos seguir lo que barruntamos más probable. Pero en la reflexión, por el contrario, nos advierte Spinoza, “debemos evitar el admitir como verdadero lo que es tan sólo verosímil, ya que, una vez admitida una falsedad, se siguen infinitas”.
Véase, si no, cómo desbarra Sócrates sobre el más allá, en “Fedón o del Alma”, una vez admitida la fantasiosa doctrina de la inmortalidad del alma, estimando que “conviene creerlo, y que vale la pena creer que es así. Pues el riesgo es hermoso, y con tales creencias es preciso, por decirlo así, encantarse a sí mismo”. He aquí cómo el encantador de serpientes acaba por encantarse a sí mismo al dulce son de su flauta filosófica. Ya que no puede saber, se conforma con creer.
Por eso, frente a su afectada ignorancia, y a despecho de todos los escépticos, me uno a Spinoza para expresar, con legítimo orgullo filosófico, pero sin el menor asomo de inmodestia, nuestra jubilosa profesión de fe filosófica: “Nosotros, al menos, sabemos que algo sabemos”.
Filosofía Digital, 18/12/2005
Dirección para hacer trackback a este post:
http://blogs.periodistadigital.com/btbf/trackback.php/174535
Comparte esta información
Comentarios, Trackbacks, Pingbacks:
Aún no hay Comentarios/Trackbacks/Pingbacks para este post...
Se muestran únicamente los últimos 40 comentarios de cada post.
Jesús Nava
autor
Contacto








