Los últimos bárbaros
19.06.08 @ 21:40:55. Archivado en Política y democracia
"La libertad es lo más apreciado y lo más dulce" (Spinoza).
Aunque quiero reservar mis reflexiones sobre la religión y las supersticiones religiosas para otra sección, hoy necesito dar mi opinión sobre las revueltas que, en todo el mundo, están provocando los fanáticos musulmanes, es decir: los últimos bárbaros de nuestro tiempo.

Disfrutaba Spinoza de su ciudadanía, bajo el gobierno de su amigo Jan de Witt, republicano y liberal, en una Holanda cuya tolerancia le hacía vibrar de entusiasmo y le inclinaba a amarla como patria. Pero cuando comprobó que la libertad de pensamiento y expresión era suprimida "totalmente por la excesiva autoridad y petulancia de los predicadores", decidió redactar un tratado con sus opiniones acerca de las Escrituras judeocristianas, y sobre la relación entre política y religión. En sus propias palabras:
"Viendo, pues, que nos ha caído en suerte la rara dicha de vivir en un Estado, donde se concede a todo el mundo plena libertad para opinar y rendir culto a Dios según su propio juicio, y donde la libertad es lo más apreciado y lo más dulce, he creído hacer algo, que no sería ni ingrato ni inútil, si demostrara que esta libertad no sólo se puede conceder sin perjuicio para la piedad y la paz del Estado, sino que, además, sólo se la puede suprimir, suprimiendo con ella la misma paz del Estado y la piedad" (Tratado teológico-político).
Su libro, calificado de impío y pestilentísimo por los teólogos y filósofos de su tiempo, no pudo ser publicado en holandés, dado el peligro que corría la vida del autor, si salía editado de la imprenta, y por el temor de que contribuyera a provocar una revuelta del populacho calvinista y monárquico contra el debilitado Gobierno republicano. En este ambiente asfixiante los intelectuales callaban, como hacen siempre. Es su oficio: diarrea verbal cuando los suyos tienen poder y estreñimiento mental cuando el poder de hacer daño lo tienen los otros.
Atilano Domínguez, en su introducción histórica a la traducción del Tratado teológico-político, cuenta así lo ocurrido, fatalmente, aquel mismo año: "El temor de Spinoza no era infundado. Durante todo ese tiempo, no sólo prosiguieron las denuncias eclesiásticas, sino que, en 1672, cuando ya era inminente la caída de Jan de Witt, aparecieron panfletos en los que se le hacía directamente responsable de la publicación y difusión del tratado de Spinoza. Cuando, el 20 de agosto de ese mismo año, el amigo y protector caía en la calle, asesinado a manos de una turba enfurecida, Spinoza debió sentirse arrinconado y desvalido. Su reacción no podía ser otra que la relatada por Leibniz, recogida del mismo Spinoza: salir en plena noche a la calle y poner un cartel que dijera "ultimi barbarorum". De haberlo hecho, hubiera corrido la misma suerte que el Gran Pensionario".
Cada vez que repaso -y me imagino- los detalles de aquel trágico día, tengo que esforzarme para contener mi indignación, cerrar los puños, apretar los dientes y dar un paseo. Acabo de hacerlo -perdóname, lector amigo, por esta incoercible exhibición impúdica de mis sentimientos-, después de transcribir el último párrafo. La injusticia y la barbarie me sublevan.
A lo largo de la Historia, la superstición, sea judía, cristiana o musulmana, "ha provocado numerosos disturbios y guerras atroces, ya que, como consta por lo que acabamos de decir, y el mismo Quinto Curcio ha señalado con acierto, no hay medio más eficaz para gobernar a la masa que la superstición".
De ahí, añade Spinoza, que los profetas, sacerdotes y reyes, siempre han logrado, mediante el recurso a la religión, inducir a la muchedumbre a venerar a los gobernantes, como si fueran divinos, o a "execrarlos y odiarlos como peste universal del género humano /.../ Los turcos -añade en otro lugar-, lo han conseguido con tal perfección que hasta la discusión es tenida por un sacrilegio, y los prejuicios, que han imbuido en sus mentes, no dejan a la sana razón lugar alguno, ni para la simple duda". No obstante, la superstición y el odio, por sí solos, no explican ni los disturbios levantiscos ni el terrorismo.
Cuando los zorroclocos que nos gobiernan se preguntan, como si la naturaleza les hubiera dotado de razón y quisieran usarla, sobre la causa del terrorismo, pretenden hallarla en "la injusticia universal y la pobreza". ¡Mentecatos! En cualquier nación, "las sediciones, suscitadas so pretexto de religión, surgen exclusivamente, porque se dan leyes sobre cuestiones teóricas y porque las opiniones -al igual que los crímenes- son juzgadas y condenadas como un delito. Pues si el Estado estableciera por ley que sólo se persiguieran los actos y que las palabras fueran impunes, ni cabría disfrazar tales sediciones de ningún tipo de derecho, ni las controversias se transformarían en sediciones".
En otras palabras, en un Estado en el que tales disturbios hacen acto de presencia, será debido a que carece de la mejor constitución: "Ya que no cabe duda que las sediciones, las guerras y el desprecio e infracción de las leyes no deben ser imputados tanto a la malicia de los súbditos cuanto a la mala constitución del Estado. Los hombres, en efecto, no nacen civilizados, sino que se hacen."
Al desprecio santurrón de los predicadores de toda laya, cuyo lema es, desde siempre: "Estate en tu lugar, no te acerques a mí, porque soy más santo que tú" (Isaías 65:5), se une, ahora, la arrogante pretensión de los musulmanes extremistas de apoderarse de los Estados -o destruirlos- para erigirse en jueces del mundo. El integrismo musulmán siempre fue temible, como refleja aquel proverbio persa, citado por Kant: "Si alguien ha estado una vez (como peregrino) en la Meca, vete de la casa en que habita contigo; si ha estado allí dos veces, vete de la calle en que se encuentra; pero si ha estado tres veces, entonces abandona la ciudad o incluso en el país en que mora".
La solución, para los países en los que está presente la fe musulmana, no puede ser otra que constituir Estados democráticos -o al menos liberales- que mantengan a raya a los fanáticos, castigue duramente los actos sediciosos, y asegure firmemente la libertad de pensamiento y expresión para todos, también para ellos. Los países occidentales han logrado, tras muchos siglos de lucha, meter en cintura el fundamentalismo judío, católico o protestante. Si, en esta hora, el belicoso y expansionista integrismo islámico declara la guerra a Occidente -como ya ha hecho-, ceder sería un suicidio; pactar, cobardía; aliarse con él, alta traición.
Si hubiera estado con Spinoza, yo también hubiera sujetado al maestro, como hicieron sus amigos, impidiéndole consumar su valerosa locura. Pero después -tal vez- hubiera cogido el cartelón, habría salido a la calle y lo habría colgado con mis propias manos, sin pensar en las consecuencias. Tal vez. Porque pienso que, si es hermoso vivir libre, debe ser honroso morir por la libertad.
No estaba allí, lamentablemente. Pero estoy aquí. Y aunque sé que mi situación es muy distinta, hoy, reflexionando sobre lo que pasa, me toca a mí colgar el rótulo, aunque sólo sea en este humilde post: "LOS ÚLTIMOS BÁRBAROS"
Artículo publicado el 5 de febrero de 2.006 en:
http://www.filosofiadigital.com/
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El FANATISMO es la causa de todos los males del mundo.
En cuando a la ESPIRITUALIDAD, que es la única sustancia de la Religión habida cuenta que la LEY es la sustancia de la soberanía del Demos, hay que apostillar un sencillo epílogo
: allí donde está el Espíritu hay libertad. Porque todo hombre que sienta la presencia de Dios en su INTERIOR, deja inmediatamente todo el aparato de jerarquía, rito, dogmata, y templo de que se había vestido la mona para parecer otra cosa que lo que es.
Dios, para el que lo desea, es 'otra' cosa que la Religión o la ley. El problema del fundamentalismo no es el fundamentalista, sino el fundamento, el texto de NORMAS inalterables, el código de LEYES absolutas que toda religión dicta como si esto de la ley no fuera cosa exclusiva del Gobierno del Demos y sujeto de EVOLUCIÓN.
Sí, hay solución, pero es el CIUDADANO quien tiene que erguirse, no basta denunciar a los locos de la religión y quejarse de los que sirven la divisa auri sacra fames con la acumulación sin límites de DINERO.
Aquí, en la cultura de los últimos bárbaros, que, por cierto, no son solamente los fundamentalistas religiosos, sino también los fundamentalistas del Capitalismo y Socialismo, quienes causan aún más hambre, caos, inflación, paro y miseria
que aquellos primeros, hay un responsable: el CIUDADANO.
Porque, si hablamos de las LEYES que deben conducir a la sociedad hacia un sistema de producción con la sensatez que da el garantizar un puesto de trabajo a TODOS, con el acicate de incentivo de poder adquisitivo según el rendimiento de cada cual, esto, junto con el nivel de alta tecnología que ha alcanzado la humanidad, basta para poner al planeta en un estado de bienestar, la implantación de una Democracia directa sin partidos políticos, y la instauración de un sistema policial y judicial que simplemente se ponga manos a la obra en la persecución de apología del crimen en cualquier lugar del mundo donde se practi...
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Jesús Nava
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