La corrupción, el honor moral y los buenos principios políticos
11.06.08 @ 21:10:02. Archivado en Mundo Libre
“Un hombre con honor moral y buenos principios políticos no puede someterse a la rutina mezquina y a los lamentables artilugios por los que se llevan a cabo las elecciones. Para ser un candidato con éxito debe carecer de todas las cualidades que adornan a un legislador justo, y al estar así disciplinado para la corrupción por el modo en que llega al Parlamento, no es de esperar que el representante sea mejor que el hombre. Entre sus miembros son pocos los que no participan de una forma u otra en la hacienda pública o pueden disponer de ella. Suelen ocupar cualquier puesto nominal e insignificante que lleva anejo un sueldo, pagado con cargo a las contribuciones públicas, y que evita la apariencia directa de la corrupción. Esas situaciones son derogaciones del carácter del hombre y, cuando alguien se somete a ellas, no puede residir en él honor alguno. Hablo con un idioma abierto y desinteresado, que no me ha dictado pasión alguna, salvo la de la humanidad. A mí no me extraña que la mezquindad y el engaño parezcan repugnantes. Hallo mi felicidad en la independencia, y contemplo las cosas como son, sin considerar el lugar ni la persona; mi patria es el mundo, y mi religión hacer el bien.”

Como una de las cámaras del Parlamento inglés está constituida en gran medida por las elecciones de ciertas corporaciones, y como es antinatural que de una fuente sucia mane un agua pura, sus vicios no son sino una continuación de los vicios de su origen.
LOS CANDIDATOS QUE, PARA TENER ÉXITO, SE SOMETEN A LA DISCIPLINA DE LA CORRUPCIÓN, CARECEN DE HONOR Y DE PRINCIPIOS
Un hombre con honor moral y buenos principios políticos no puede someterse a la rutina mezquina y a los lamentables artilugios por los que se llevan a cabo esas elecciones. Para ser un candidato con éxito debe carecer de todas las cualidades que adornan a un legislador justo, y al estar así disciplinado para la corrupción por el modo en que llega al Parlamento, no es de esperar que el representante sea mejor que el hombre.
El Sr. Burke, al hablar de la representación inglesa, ha lanzado el desafío más temerario que jamás se diera en la época de la caballería. “Nuestra representación”, dice, “se ha considerado perfectamente suficiente para todos los propósitos para los que se puede desear o idear una representación del pueblo. Desafío”, continúa, “a los enemigos de nuestra constitución a que demuestren lo contrario”. Esta declaración de un hombre que ha estado en permanente oposición a todas las mediadas del Parlamento durante toda su vida política, salvo un año o dos, es de lo más extraordinario, y al compararlo a él consigo mismo no permite más alternativa sino que ha actuado en contra de su propio juicio como miembro, o ha declarado en contra de él como autor.
Pero no es sólo en la representación donde residen los defectos, y por ello paso a continuación a ocuparme de la aristocracia. […]
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Jesús Nava
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