Las revoluciones y el deseo voluntario del pueblo
02.05.08 @ 18:04:15. Archivado en Mundo Libre
“Cuando cualquier país del mundo pueda decir: mis pobres son felices; no son víctimas de la ignorancia ni de la escasez; en mis cárceles no hay presos, ni en mis calles mendigos; los ancianos no padecen necesidades; las contribuciones no son progresivas; cuando puedan decirse esas cosas, entonces ese país podrá presumir de su contribución y de su gobierno. Pero no sólo sería un error, sino una mala política, tratar de forzar lo que debería lograrse mediante la razón. Es evidente que las principales fuerzas que pueden entrar en el campo de las revoluciones son la razón y el interés común. Cuando ambas cosas tienen la oportunidad de actuar, la oposición se muere de miedo o se derrumba ante la convicción. Por ende, no hay ningún poder, más que el deseo voluntario del pueblo, que tenga derecho a actuar por lo que respecta a una reforma general. Si prefiere un gobierno malo o defectuoso a una reforma, u opta por pagar diez veces más contribuciones de lo que hace falta, tiene derecho a hacerlo, y mientras la mayoría no imponga a la minoría condiciones diferentes a las que se impone a sí misma, aunque sea un gran error, no existe injusticia.”

Hoy día se está empezando a comprender demasiado bien el fraude, la hipocresía y el engaño de los gobiernos como para que éstos se puedan prometer un futuro demasiado prolongado. La farsa de la monarquía y de la aristocracia en todos los países va siguiendo el camino de la caballería andante, y el Sr. Burke se viste de luto para el funeral. Que pasen pues tranquilamente a la tumba de todos los demás absurdos, y que se consuelen sus plañideros.
NO SÓLO SERÍA UN ERROR, SINO UNA MALA POLÍTICA, TRATAR DE FORZAR LO QUE DEBERÍA LOGRARSE MEDIANTE LA RAZÓN Y EL DEBATE
No es mucho el tiempo que falta para que Inglaterra se ría de sí misma por haber enviado a buscar a Holanda, Hannover, Zell o Brunswick, hombres que le cuestan un millón al año, que no comprenden sus leyes, su idioma ni sus intereses, y cuyas aptitudes apenas si les capacitarían para el cargo de policiía de una parroquia. Si pudiera ponerse el gobierno en esas manos es que verdaderamente debe tratarse de algo sencillísimo y facilísimo, y para ese fin cabe hallar materiales adecuados en todas las villas y las aldeas de Inglaterra.
Cuando cualquier país del mundo pueda decir: mis pobres son felices; no son víctimas de la ignorancia ni de la escasez; en mis cárceles no hay presos, ni en mis calles mendigos; los ancianos no padecen necesidades; las contribuciones no son progresivas; el mundo racional es mi amigo, porque yo soy el amigo de su felicidad; cuando puedan decirse esas cosas, entonces ese país podrá presumir de su contribución y de su gobierno.
En el espacio de unos años hemos sido testigos de dos revoluciones, la de América y la de Francia. En la primera, el combate fue largo y el conflicto grave; en la segunda, la nación actuó con un impulso tan consolidado que, al no tener un enemigo extranjero al que combatir, la revolución tomó completamente el poder en el momento en el que apareció. Por ambos ejemplos es evidente que las principales fuerzas que pueden entrar en el campo de las revoluciones son la razón y el interés común. Cuando ambas cosas tienen la oportunidad de actuar, la oposición se muere de miedo o se derrumba ante la convicción. […]
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Jesús Nava
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