30.05.08 @ 22:32:16. Archivado en Rayos de luz

Regocíjate, lindo pajarillo,
y de tu Creador la gloria canta.
Suelte trinos agudos tu garganta
para alabanza de tu Dios y brillo.
Él antes se cuidó de tu sustento;
para que tú no sufras estrecheces,
a tu tiempo y lugar, siempre con creces,
te brinda generoso el alimento.
¿Por qué ahora te muestras afligido
y das suelta a tu cólera insensata?
¿Ser pájaro te indigna y te arrebata?
¿Hombre quisieras que Él te hubiese ungido?
¡Sosiégate! Bien supo Él lo que hacía,
y eso debe bastar a tu alegría.
RUDYARD KIPLING, premio Nobel 1907. Canción inglesa citada en El médico de la casa. Obras escogidas, Aguilar, 1956.
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27.05.08 @ 17:44:43. Archivado en Mundo Libre
“Me pregunta usted por mi credo político. Me opongo a toda idea fija, porque considero las ideas fijas como uno de los fenómenos comunes más peligrosos. Y por tanto me opongo también al fundamentalismo y dogmatismo de mercado, por lo que me merezco entre los “amargados” el sambenito de izquierdista. La ley del beneficio no garantiza nada coherente por sí misma. O bien consigo convencer a la ciudadanía de que mi opinión minoritaria tiene sentido y me gano su confianza, o bien seguiré mis propios criterios y no me ofenderé. Aún podría formular mi “credo” de una manera distinta: creo que el orden moral es superior al orden legal, político y económico, y que estos órdenes deberían surgir de aquél y no buscar tretas para ver cómo pueden prescindir de su imperativo. Y que este orden moral tiene su anclaje metafísico en lo infinito y la eternidad. Aún hoy creo y sigo creyendo de forma aún más apremiante que hace falta una revolución de mentes y corazones, una especie de despertar general del ser humano y la salida del declive de una civilización autodestructiva”.

-Ya hemos hablado de los llamados políticos apolíticos. El primero en usar el término, que yo sepa, fue el presidente Masaryk, quien en su etapa se refería a los diversos tipos de iniciativas cívicas o públicas en beneficio del prójimo. Ya ha explicado usted muchas veces en qué circunstancias y cuándo usó esta expresión. Sin embargo, aún se le reprocha su “política apolítica”. Evidentemente, con eso se entiende una especie de ensoñación irrealizable, la invención de algo nuevo, poca confianza en los partidos políticos y los procedimientos corrientes, una especie de moralización y quién sabe qué más. ¿Podría resumir en unas cuantas frases su credo político?
La cuestión es a qué se refieren todos esos procedimientos corrientes. Tengo la desagradable sensación de que en el fondo se trata de una ideologización de la mediocridad, de lo prosaico, de la banalidad. Es como si el ideal del comportamiento corriente fuera la adaptación al statu quo, sea cual sea, porque el hecho de que la mayoría tienda a aceptarlo significa que es bueno en sí mismo. Al mismo tiempo, se trata de un rechazo al pensamiento independiente y sobre todo a la voluntad de sacrificar algo por unos ideales o arriesgar lo que sea.
El comportamiento mayoritario durante la “normalización” de los años setenta y ochenta, es decir, cuando la gente fingía que estaba de acuerdo con el sistema a cambio de poder disfrutar de su pequeña felicidad doméstica, se convierte aquí en ideal, y todo lo que se desvíe de esta fórmula es objeto de burla. De ahí que se rechazara a los disidentes. Ellos no se comportaban como la mayoría, estaban dispuestos a decir en voz alta la verdad y de ese modo mantener la continuidad del pensamiento libre, sin especular con el éxito sino arriesgándose al sacrifico y la pérdida. ¡Y esta desviación respecto del comportamiento normal no se perdona! […]
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“Sólo en el despertar de una nación consigue un gran número de hombres comprender que mucho más importante que la diversión es la inteligencia de lo que son la vida y el destino. Las razas nuevas comprenden de una manera instintiva que las revelaciones antiguas no bastan a explicarlo todo, y que toda vida es en sí misma revelación que empieza siendo milagro y entusiasmo y que se apaga en la medida en que se va transformando en lo que erróneamente hemos tomado por progreso. Yo creo que constituye en nosotros una ilusión creer que la educación, el suavizamiento del trato y el refinamiento de las leyes son capaces de crear nobleza y belleza; y que la vida avanza de un modo lento y constante hacia algo perfecto. El progreso es milagro; y es súbito, repentino, porque todo milagro es obra de una energía omnipotente; mientras que la naturaleza no posee en sí misma otro poder que el de morir y olvidar”.

Dionisio el Aeropagita escribió que “El ha establecido la frontera de las naciones de conformidad con Sus ángeles”. Son esos ángeles, cada uno de los cuales viene a ser el genio de una raza que ha de ir descubriéndose, los fundadores de las tradiciones intelectuales; y de la misma manera que los enamorados comprenden desde la primera manera que entre ellos se cruza lo que ha de ocurrirles, y tal y como poetas y músicos abarcan en el primer impulso de su inspiración toda su obra, también las razas profetizan en su despertar todo cuanto las generaciones que ha de prolongar sus tradiciones realizarán en detalle.
Sólo en ese despertar de una nación consigue un gran número de hombres comprender que mucho más importante que la diversión es la inteligencia de lo que son la vida y el destino -así ocurrió en la Grecia antigua, en la Inglaterra isabelina y en la Escandinavia contemporánea-.
En Londres, ciudad en la que se congregan todas las tradiciones para morir, el público muestra repugnancia a aquellas obras de las que se le dice que son literatura, porque las gentes no toleran la superioridad espiritual; pero en Atenas, ciudad en la que nacieron muchísimas tradiciones intelectuales, Eurípides consiguió en cierta ocasión cambiar la hostilidad en entusiasmo al preguntar a los espectadores si le correspondía a él darles lecciones o les correspondía a ellos dárselas a él.
Las razas nuevas comprenden de una manera instintiva -porque el porvenir les habla a gritos- que las revelaciones antiguas no bastan a explicarlo todo, y que toda vida es en sí misma revelación que empieza siendo milagro y entusiasmo y que se apaga en la medida en que se va transformando en lo que erróneamente hemos tomado por progreso.
Yo creo que constituye en nosotros una ilusión creer que la educación, el suavizamiento del trato y el refinamiento de las leyes -imágenes innumerables de una luz que decae- son capaces de crear nobleza y belleza; y que la vida avanza de un modo lento y constante hacia algo perfecto.
El progreso es milagro; y es súbito, repentino, porque todo milagro es obra de una energía omnipotente; mientras que la naturaleza no posee en sí misma otro poder que el de morir y olvidar. Si nos ponemos a estudiar nuestra propia mente, llegamos a comprender, como Blake lo comprendió, que “toda porción de tiempo inferior a un latido equivale a seis mil años, porque en ese período de tiempo queda hecha la obra del poeta; y porque en el tiempo del latido de una arteria arrancan y son concebidos todos los grandes acontecimientos que han de realizarse en el tiempo”.
Febrero, 1900.
WILLIAM BUTLER YEATS, Premio Nobel 1923. Ideas sobre el bien y el mal, Teatro completo y otras obras, Aguilar, 1956.
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23.05.08 @ 15:21:29. Archivado en Tribuna libre
“¿Cómo lo hemos podido permitir? ¿Dónde están los que lucharon denodadamente por la ciber-resistencia, por una red libre y de todos? Dicen las malas lenguas que los han deportado a los gulags siberianos y al desierto del Teneré, donde son desprogramados con torturas y maltratos hasta llegar a la muerte. A los que reniegan de su pasado todavía les queda por superar la dura prueba de hacer de espías de sus compañeros rebeldes. Es el precio de la vida. No tan caro, pero, como el de los productos de última generación del mercado negro tecnológico. ¿Quieres técnica? ¡Págatela, si puedes! Tecnofascismo“.

Otra vez. No escarmentamos. ¿Cómo lo hemos podido permitir? ¿Dónde están los que lucharon denodadamente por la ciber-resistencia, por una red libre y de todos? Dicen las malas lenguas que los han deportado a los gulags siberianos y al desierto del Teneré, donde son desprogramados con torturas y maltratos hasta llegar a la muerte. A los que reniegan de su pasado todavía les queda por superar la dura prueba de hacer de espías de sus compañeros rebeldes. Es el precio de la vida. No tan caro, pero, como el de los productos de última generación del mercado negro tecnológico. ¿Quieres técnica? ¡Págatela, si puedes! Tecnofascismo.
No he vista ninguna película ni os estoy explicando al detalle una cena de a duro. Ni he bebido aceite. Ni me he fumado nada más tóxico que el aire de la gran ciudad. Ni me he golpeado la cabeza con el marco de la puerta. Ni me he vendido el entendimiento ni el alma al diablo. Lo que leéis puede ser muy bien el futuro a corto plazo que les espera a las próximas generaciones de juventud, si es que antes no nos atamos las botas para oponer una cierta ciber-resistencia. [...]
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22.05.08 @ 21:18:23. Archivado en Tribuna libre
“Internet, la escuela, la Universidad, las librerías y las bibliotecas son los nidos donde nace y crece el desorden, el descontrol, la perversión, el peligro y la inseguridad de la población sometida al Sistema. Pensar por libre, desde hoy, es un delito”.

El cielo permanece cubierto por nubes de ceniza negra que le dan un barniz de penumbra donde antes del tercer conflicto mundial se maravillaban de tonos verdes los bosques y los prados del valle. El invierno es eterno, las estrellas han muerto de asco, los pájaros ni la pían. El abismo del infierno, y el último que se apague las ideas. Por las calles no hay demasiado tráfico ni movimiento, más allá de las escaramuzas de las patrullas de “controladores” (antes llamados policías) y de alguna sombría escapada.
Las calles y plazas están vigiladas por cámaras las 24 horas del día, los 365 días del año. Ahora, pero, desde la caída de los opositores, la misión principal es la de perseguir el delito informático y el pensamiento libre. “Internet, la escuela, la Universidad, las librerías y las bibliotecas son los nidos donde nace y crece el desorden, el descontrol, la perversión, el peligro y la inseguridad de la población sometida al Sistema. Pensar por libre, desde hoy, es un delito” (Joseph W. Plush, Gobernador de la Tierra). [...]
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“Si la inteligencia es nuestra salvación, la estupidez es nuestra gran amenaza. A mí me parece que hay que hacer una inversión de toda la historia, porque una parte de lo que consideramos glorioso es indecente. La inteligencia fracasa cuando es incapaz de ajustarse a la realidad, de comprender lo que pasa o lo que nos pasa, de solucionar los problemas afectivos o sociales o políticos; cuando se equivoca sistemáticamente, emprende metas disparatadas, o se empeña en usar medios ineficaces; cuando desaprovecha las ocasiones; cuando decide amargarse la vida; cuando se despeña por la crueldad o la violencia. No sólo fracasa la inteligencia individual, sino la inteligencia colectiva. Las sociedades pueden ser inteligentes y estúpidas según sus modos de vida, los valores aceptados, las instituciones o las metas que se propongan. El gran objetivo de la inteligencia es lo que llamamos felicidad y por ello todos sus fracasos tienen que ver con la desdicha.”

Siempre me ha interesado la estupidez, tal vez por una pasión erasmista que me acomete de vez en cuando. No escribiría un elogio de la estulticia, pero sí un tratado sobre ella. Si existe una teoría científica de la inteligencia, debería haber otra igualmente sobre la estupidez. Creo, incluso, que enseñarla como asignatura troncal en todos los niveles educativos produciría enormes beneficios sociales.
HAY QUE HACER UNA INVERSIÓN DE TODA LA HISTORIA, PORQUE UNA PARTE DE LO QUE CONSIDERAMOS GLORIOSO ES INDECENTE
El primero de ellos -me dejaré llevar de mi optimismo- vacunarnos contra la tontería, profilaxis de urgente necesidad, pues es un morbo del que todos podemos contagiarnos. Por cierto, un síntoma de estupidez es haber convertido la palabra “morbo” (enfermedad) en un elogio. Si la inteligencia es nuestra salvación, la estupidez es nuestra gran amenaza. Por ello merece ser investigada, como el sida.
La historia de la estupidez abarcaría gran parte de la historia humana. El empecinamiento de nuestra especie en tropezar no dos sino doscientas veces en la misma piedra da mucho que pensar. Con la tozudez de un iluminado, Nietzsche predicó la inversión de todos los valores, porque estaba convencido de que las morales nos habían dado sistemáticamente gato por liebre. A mí me parece que hay que hacer una inversión de toda la historia, porque una parte de lo que consideramos glorioso es indecente.[...]
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-Comentario-
Que sólo hay una raza lo dirá usted, porque la evidencia científica es otra.
En su enumeración de los males del alma española le ha faltado Franco. Ha mencionado a los curas, pero no a Franco. Y los malos son siempre Franco y los curas. Repase ese punto del manual y la próxima vez intente no equivocarse. Que nos va el Progreso en ello.

-Respuesta-
Otro día, si quiere, trataremos sobre la “evidencia científica” que usted posee -y que yo desconozco- sobre la existencia de razas entre los humanos. Aunque me temo que usted, como otros muchos, confunde los distintos "colores" de la especie humana con razas diversas, ignorando que la naturaleza humana, con sus incontables variantes, es la misma en todos los casos.
De cualquier modo, yo empleé el término “raza” con el significado de “género”, y no tengo noticia de que la naturaleza haya creado distintos géneros de hombres. (Aprovecho para reiterar una aclaración. Siempre que empleo la palabra HOMBRE en mis escritos, salvo que el contexto indique otra cosa, la uso con su significado genérico, no sexual, que incluye precisamente los dos sexos de que consta: varón y hembra).
Y si usé ese término fue porque usted exclamaba con aparente pesar lo de “qué raza la española”. Pero si quiso referirse al talante o conducta peculiar de los españoles, entonces le diré que la naturaleza no produce razas, ni sociedades, ni pueblos, sino individuos que se agrupan en naciones según la diversidad de lenguas, leyes y costumbres; y que, por último, sólo “de las leyes y las costumbres puede derivarse que cada nación tenga un talante especial, una situación particular y, en fin, unos prejuicios propios” (Spinoza).
O sea, que si tiene usted alguna queja contra la “raza española”, póngala en la cuenta de la casta de políticos corruptos que se ha venido reproduciendo en España durante los últimos dos siglos (por no remontarnos hasta los Reyes Católicos, pero incluyendo, desde luego, al “generalísimo” y su dictadura), y que ha estado parasitando el alma española en estrecho maridaje con la clerigalla católica.
¿Acaso es usted tan joven o tan ignorante como para desconocer los cuarenta años de nacionalcatolicismo? O si no ¿en manos de quiénes cree usted que estuvieron las almas de generaciones enteras de españoles? ¿Sabía usted que tras la victoria de los "cruzados" sobre las "hordas rojas", en cualquier provincia de nuestro país, mandaba más un obispo que el gobernador civil? ¿Quién legisló en España y marcó las costumbres populares durante todo este tiempo? La Iglesia Católica y la Derecha retrógrada tienen la raza de españoles que ellos cultivaron, dictatorial y despóticamente, con su insidia miserable.
¿Cree que me olvido de alguien que haya contribuido a la enfermedad del alma española? Quia. Franco bajo palio, todo un símbolo de la derecha católica y reaccionaria. Felipe González navegando en el yate Azor del Caudillo, símbolo de la España seudodemocrática y seudoprogresista que llegó, heredó y acaparó, sin los complejos ni la mala conciencia de las derechas, los tres poderes del Estado franquista.
Por lo que respecta a los curas, en breve publicaré “La hidra de la superstición”, una jugosa discusión mantenida por Casanova y Voltaire, en cuya ocasión, entre otras cosas, sostuvo el genial autor francés que “la superstición es incompatible con la libertad”. Ate usted cabos.
Pero si traje a colación el texto de Orwell no fue pensando en las derechas, sino en los que él describió como “liberales renegados de la libertad”. Y que, aunque se refería de este modo a la izquierda británica, simpatizante con las dictaduras de Lenin y de Stalin, en nuestro país el epíteto se podría aplicar con mayor razón a la derecha liberal. Recuerde que la Constitución Liberal de Cádiz, de 1812, la célebre Pepa, contenía, entre otras perlas, la siguiente:
“CAPÍTULO II: De la religión. Art. 12. La religión de la Nación española es y será perpetuamente la católica, apostólica, romana, única verdadera. La Nación la protege por leyes sabias y justas y prohibe el ejercicio de cualquiera otra.”
Pero ¿qué se podía esperar de unas Cortes constituyentes donde intervinieron noventa curas? España fue durante siglos un curato. Y los liberales, entre los cuales, que yo sepa, no hubo un solo demócrata, jamás tuvieron suficiente coraje o generosidad para luchar por la auténtica libertad política: la de los sometidos y dominados, ya sea por una clase, un grupo, un partido, una iglesia o el capital.
Esta especie de liberales de pacotilla, aliada casi siempre con los conservadores, es la única que hemos sido capaces de producir en España; los reaccionarios y dictadores, en cambio, siempre fueron de verdad. Y, entre tanto, de los demócratas, esos que entienden por democracia lo mismo que Aristóteles entendía ya, el gobierno de los pobres, es decir: los trabajadores de todas las clases, no hay ni siquiera noticias. Así nos va.
Comentario y respuesta en LOS LIBERALES RENEGADOS
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17.05.08 @ 22:50:13. Archivado en Mundo Libre
“El republicanismo democrático, que está presente, entre otros, en Paine, Jefferson, Robespierre y Marx, partiendo del concepto de la libertad como ausencia de dominación, se basa claramente en la independencia material o económica como criterio de ciudadanía plena. Desde este punto de vista, la republica es una comunidad de ciudadanos libres con capacidad económica suficiente para no estar sometidos o condicionados por la voluntad arbitraria de otros en el ejercicio de los derechos constitucionalmente reconocidos, es decir, ciudadanos que se autogobiernan tanto en su vida privada como en la pública. Hoy, cuando hablamos de republicanismo nos referimos no sólo a la opción por la forma de gobierno republicana frente a la monárquica como garantía de una democracia plena, sino también a una visión de la sociedad y del Estado en la que se excluye todo tipo de dominación ya sea política, social, económica, religiosa, cultural o de género. El concepto republicano de libertad es hoy un concepto activo, ligado a la igualdad y a la fraternidad.”

El republicanismo vuelve a estar de actualidad. Y no sólo por el setenta y cinco aniversario de la proclamación de la II República que este año se conmemora. El republicanismo es hoy el lenguaje político común sobre el que las distintas izquierdas pueden articular una alternativa conjunta y coherente al neoliberalismo, ya que constituye la apuesta más segura por la regeneración democrática.
El discurso republicano se basa en una serie de propuestas, en las que coinciden todas las izquierdas, tanto las tradicionales como las alternativas, que pueden resumirse en el fomento de una ciudadanía comprometida y responsable, la democracia radical o participativa frente a la democracia liberal meramente delegativa, la desconcentración del poder, la rendición de cuentas por los representantes políticos, la defensa de los servicios públicos, de los derechos sociales y del medio ambiente frente al libre mercado, el laicismo como afirmación de la supremacía del poder civil democráticamente elegido frente a las interferencias de los poderes privados religiosos y económicos y la instrucción pública entendida como formación integral de la ciudadanía.
Pero, además, como han puesto de manifiesto Andrés de Francisco, Daniel Raventós o Antoni Doménech, el republicanismo democrático, que está presente, entre otros, en Paine, Jefferson, Robespierre y Marx, partiendo del concepto de la libertad como ausencia de dominación, se basa claramente en la independencia material o económica como criterio de ciudadanía plena. Desde este punto de vista, la republica es una comunidad de ciudadanos libres con capacidad económica suficiente para no estar sometidos o condicionados por la voluntad arbitraria de otros en el ejercicio de los derechos constitucionalmente reconocidos, es decir, ciudadanos que se autogobiernan tanto en su vida privada como en la pública. [...]
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“Si Horacio hubiese tenido que combatir la hidra de la superstición, habría escrito para todo el mundo, como yo. Cuando libero al género humano de una bestia feroz que le devora, ¿puede preguntárseme qué pondré en su lugar? Amo al género humano, quisiera verle como yo, libre y feliz, y la superstición es incompatible con la libertad. ¿Dónde encontraríais que la servidumbre pueda hacer la felicidad del pueblo? Me enoja ver que tenéis tan mal concepto de vuestros semejantes. Pues bien, que en todas partes sea el pueblo el que haga sus leyes”.

Hubiésemos terminado bien si ahí nos hubiésemos detenido, pero al citar un verso de Horacio para elogiar una de sus obras, me dijo que Horacio había sido un gran maestro en cuanto a teatro, que había dado unos preceptos que no envejecerían jamás. A esto le respondí que él [Voltaire] sólo violaba uno, pero como un gran hombre.
-¿Cuál es?
-No escribís contentus paucis lectoribus [”contentándose con pocos lectores”].
-Si Horacio hubiese tenido que combatir la hidra de la superstición, habría escrito para todo el mundo, como yo.
-Me parece que podríais ahorraros combatir lo que nunca podréis destruir.
-Lo que yo no podré terminar otros lo continuarán, y yo tendré siempre la gloria de ser el que empezó.
-Está muy bien; pero supongamos que lográis destruir la superstición, ¿con qué la sustituiríais?
-¡Ésta es buena! Cuando libero al género humano de una bestia feroz que le devora, ¿puede preguntárseme qué pondré en su lugar?
-Es que no le devora; por el contrario, es necesaria para su existencia.
-¡Necesaria para su existencia! Horrible blasfemia a la que el porvenir hará justicia. Amo al género humano, quisiera verle como yo, libre y feliz, y la superstición es incompatible con la libertad. ¿Dónde encontraríais que la servidumbre pueda hacer la felicidad del pueblo? [...]
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“Todas las filosofías son intelectuales y, por consiguiente, no son algo íntegro. Estas filosofías han esclavizado al hombre. Han inventado conceptos de lo que la sociedad debería ser y han sacrificado al hombre a sus conceptos; los ideales de los llamados pensadores han deshumanizado al hombre. La explotación del prójimo, ya sea hombre o mujer, parece ser nuestra forma cotidiana de vida. Nos utilizamos el uno al otro y ambos lo aceptamos. De esta relación peculiar surge la dependencia, con toda su desdicha, confusión y agonía inherentes. Tanto en el ámbito interior como en el externo, el hombre ha sido sumamente pérfido para consigo mismo y para con los demás. ¿Cómo puede haber amor en tales circunstancias?”

Lo que el hombre le ha hecho al hombre no tienen límites. Lo ha torturado, quemado, matado y explotado de todas las maneras posibles en los ámbitos religioso, político y económico. Ésta ha sido la historia del conflicto entre los hombres: el listo explota al tonto, al ignorante.
LOS IDEALES DE LOS PENSADORES HAN DESHUMANIZADO AL HOMBRE Y CARECEN DE INTEGRIDAD
Todas las filosofías son intelectuales y, por consiguiente, no son algo íntegro. Estas filosofías han esclavizado al hombre. Han inventado conceptos de lo que la sociedad debería ser y han sacrificado al hombre a sus conceptos; los ideales de los llamados pensadores han deshumanizado al hombre.
La explotación del prójimo, ya sea hombre o mujer, parece ser nuestra forma cotidiana de vida. Nos utilizamos el uno al otro y ambos lo aceptamos. De esta relación peculiar surge la dependencia, con toda su desdicha, confusión y agonía inherentes. Tanto en el ámbito interior como en el externo, el hombre ha sido sumamente pérfido para consigo mismo y para con los demás. ¿Cómo puede haber amor en tales circunstancias? [...]
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“Cuando en estos momentos se pide libertad de expresión, de hecho no se pide auténtica libertad. Estoy de acuerdo en que siempre habrá o deberá haber un cierto grado de censura mientras perduren las sociedades organizadas. Pero ‘libertad’, como dice Rosa Luxemburg, es ‘libertad para los demás’. Idéntico principio contienen las palabras de Voltaire: ‘Detesto lo que dices, pero defendería hasta la muerte tu derecho a decirlo’. Conozco muy bien las razones por la que los intelectuales de nuestro país demuestran su pusilanimidad y su deshonestidad; conozco por experiencia los argumentos con los que pretenden justificarse a sí mismos. Pero, por eso mismo, sería mejor que cesaran en sus desatinos intentando defender la libertad contra el fascismo. Si la libertad significa algo, es el derecho a decirles a los demás lo que no quieren oír. En la actualidad, los liberales le tienen miedo a la libertad y los intelectuales no vacilan en mancillar la inteligencia.”

Estoy seguro de que la reacción que provocará mi libro en la mayoría de los intelectuales ingleses será muy simple: “No debió ser publicado”. Naturalmente, estos críticos, muy expertos en el arte de difamar, no lo atacarán en el terreno político, sino en el intelectual. Dirán que es un libro estúpido y tonto y que su edición no ha sido más que un despilfarro de papel. Y yo digo que esto puede ser verdad, pero no “toda la verdad” del asunto. No se puede afirmar que un libro no debe ser editado tan sólo porque sea malo. Después de todo, cada día se imprimen cientos de páginas de basura y nadie le da importancia.
EN ESTOS MOMENTOS NO SE PIDE AUTÉNTICA LIBERTAD, PUES ÉSTA ES, ANTE TODO, LIBERTAD PARA LOS DEMÁS.
La intelligentsia británica, al menos en su mayor parte, criticará este libro porque en él se calumnia a su líder y con ello se perjudica la causa del progreso. Si se tratara del caso inverso, nada tendrían que decir aunque sus defectos literarios fueran diez veces más patentes. Por ejemplo, el éxito de las ediciones del Left Book Club durante cinco años demuestra cuán tolerante se puede llegar a ser en cuanto a la chabacanería y a la mala literatura que se edita, siempre y cuando diga lo que ellos quieren oír.
El tema que se debate aquí es muy sencillo: ¿Merece ser escuchado todo tipo de opinión, por impopular que sea? Plantead esta pregunta en estos términos y casi todos los ingleses sentirán que su deber es responder: “Sí”. Pero dadle una forma concreta y preguntad: ¿Qué os parece si atacamos a Stalin? ¿Tenemos derecho a ser oídos? Y la respuesta más natural será: “No”. En este caso, la pregunta representa un desafío a la opinión ortodoxa reinante y, en consecuencia, el principio de libertad de expresión entra en crisis.
De todo ello resulta que, cuando en estos momentos se pide libertad de expresión, de hecho no se pide auténtica libertad. Estoy de acuerdo en que siempre habrá o deberá haber un cierto grado de censura mientras perduren las sociedades organizadas. Pero “libertad”, como dice Rosa Luxemburg, es “libertad para los demás”. Idéntico principio contienen las palabras de Voltaire: “Detesto lo que dices, pero defendería hasta la muerte tu derecho a decirlo”. [...]
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11.05.08 @ 14:09:04. Archivado en Tribuna libre
“Me gustaría comenzar desde cero; sé que es una utopía, pero la imaginación está para expresar utopías, para engrandecer al ser humano y para abrir nuevas vías inexploradas que quizá sean un salvavidas para alguien, en algún momento de su vida. Siempre he considerado la máxima de: “No hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti”, como una ley superior en todos los sentidos. Una ley para poder andar por la vida con la conciencia tranquila, sabiendo cómo actuar en cada momento respecto al prójimo. No es una máxima mojigata, es una máxima para poder construir sociedades armónicas. “

“Si se consigue establecer un estado social en el que cada uno tenga algo que conservar y poco que adquirir, se habrá hecho mucho por la paz del mundo.”
Me gustaría comenzar desde cero; sé que es una utopía, pero la imaginación está para expresar utopías, para engrandecer al ser humano y para abrir nuevas vías inexploradas que quizá sean un salvavidas para alguien, en algún momento de su vida.
Como decía, me gustaría comenzar desde cero, no sólo a nivel de sociedad humana, sino también a nivel individual, mental y espiritual. En ese estado prestaría especial interés a :
1- Adquirir, inculcar y practicar la honradez como norma de vida y de sociedad.
2- Conservar y respetar, como un tesoro la dignidad esencial como base de cualquier construcción social.
Si bien la segunda no se puede enseñar, la primera sí puede ser inculcada en las mentes y corazones desde pequeños, no sólo con palabras, sino principalmente con el ejemplo. La segunda sería una consecuencia de la primera
Siempre he considerado la máxima “No hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti”, como una ley superior en todos los sentidos. Una ley para poder andar por la vida con la conciencia tranquila, sabiendo cómo actuar en cada momento respecto al prójimo. No es una máxima mojigata, es una máxima para poder construir sociedades armónicas. Cuando se plantea cualquier situación en la que uno debe actuar es muy fácil preguntarse ¿me gustaría que me hiciesen a mi lo que yo hago a esta persona? La respuesta que llega a la conciencia es clara, cien por cien fiable y certera.
Pero me temo que es una máxima que hay que enseñar con la Lógica de un ser evolucionado. Porque primitiva e instintivamente deseamos ponernos por encima del prójimo y si para ello hay que aplastarle eso se hace sin mirar las consecuencias. Y con la lógica de un ser primitivo, todo lo que es honrado es sinónimo de estupidez.
Actualmente nuestras sociedades se rigen por normas primitivas e instintivas, de ahí las desigualdades, los crímenes, los abusos a los débiles, las guerras y demás vergüenzas que entretejen y son la base de una sociedad, aún más enferma si cabe, para futuras generaciones.
Comentario publicado, por Mª Dolores Martínez, en AMOR AL CAMBIO Y MIEDO A LAS REVOLUCIONES
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09.05.08 @ 18:33:19. Archivado en Mundo Libre
“La sociedad es obra de nuestras necesidades, y el gobierno de nuestra perversión; la primera promueve nuestra felicidad positivamente al unir nuestros afectos; el último negativamente, al refrenar nuestros vicios. Una favorece la cooperación; el otro crea distinciones. La primera es un patrón, el último un verdugo. La sociedad en cada estado es una bendición, pero el gobierno, incluso en su mejor estado, no es sino un mal necesario, y en su peor condición intolerable; porque, cuando sufrimos o somos expuestos por causa de un gobierno a las mismas miserias que podríamos esperar de un país sin gobierno, nuestra infelicidad se ve aumentada al considerar que nosotros mismos nos proveemos de los medios que nos hacen sufrir. El gobierno, como el vestido, es el ropaje de la pérdida de la inocencia. Si los impulsos de la conciencia fueran claros, uniformes e irresistiblemente establecidos, el hombre no necesitaría de legislador. Pero, no siendo éste el caso, encuentra necesario delegar una parte de su propiedad a fin de conseguir los medios para proteger el resto. Consecuentemente, siendo la seguridad el verdadero fin y objeto del gobierno, se sigue indudablemente que la forma de gobierno más idónea para nuestra seguridad, cualquiera que sea, de menor costo y mayor beneficio, es preferible a ninguna otra.”

Algunos escritores han confundido de tal manera la sociedad con el gobierno que han hecho escasa o ninguna distinción entre ambas, a pesar de que no sólo son diferentes, sino que tienen orígenes distintos.
LA SOCIEDAD ES UNA BENDICIÓN, PERO EL GOBIERNO, INCLUSO EN SU MEJOR ESTADO, NO ES SINO UN MAL NECESARIO
La sociedad es obra de nuestras necesidades, y el gobierno de nuestra perversión; la primera promueve nuestra felicidad positivamente al unir nuestros afectos; el último negativamente, al refrenar nuestros vicios. Una favorece la cooperación; el otro crea distinciones. La primera es un patrón, el último un verdugo.
La sociedad en cada estado es una bendición, pero el gobierno, incluso en su mejor estado, no es sino un mal necesario, y en su peor condición intolerable; porque, cuando sufrimos o somos expuestos por causa de un gobierno a las mismas miserias que podríamos esperar de un país sin gobierno, nuestra infelicidad se ve aumentada al considerar que nosotros mismos nos proveemos de los medios que nos hacen sufrir.
El gobierno, como el vestido, es el ropaje de la pérdida de la inocencia; los palacios de los reyes están construidos sobre las ruinas de las arquerías del paraíso. Si los impulsos de la conciencia fueran claros, uniformes e irresistiblemente establecidos, el hombre no necesitaría de legislador. Pero, no siendo éste el caso, encuentra necesario delegar una parte de su propiedad a fin de conseguir los medios para proteger el resto, y está inducido a hacerlo por la misma prudencia que en cualquier caso le aconseja elegir el menor de dos males. Consecuentemente, siendo la seguridad el verdadero fin y objeto del gobierno, se sigue indudablemente que la forma de gobierno más idónea para nuestra seguridad, cualquiera que sea, de menor costo y mayor beneficio, es preferible a ninguna otra. […]
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“De manera alguna me arrogo la pretensión de tener razón. Pero, en nuestro instante universal, considero que no es perjudicial, sino bueno y correcto, sacudir al hombre común de hoy en día por la fe fanática que le merecen el nivel del progreso alcanzado, sus máquinas, su modernismo ávido de placeres y su aversión a las obligaciones. Sufro bajo la miseria de nuestra época, pero no me considero llamado a guiar a los demás para escapar de ella; estoy dispuesto a recorrerla, como a través de un infierno, con la esperanza de hallar en el más allá una nueva inocencia y una vida más digna. Pero no estoy en condiciones de entregar ese más allá por un ahora y un aquí. Necesita y exige un conductor quien es incapaz de responsabilizarse y de pensar por sí mismo. Mi papel no puede ser el de sacerdote, pues detrás de mí no hay iglesia alguna, y aun cuando he tratado de dar consejo a millares de personas en cartas e indicaciones, nunca lo hice como conductor, sino siempre como compañero de sufrimientos, como hermano algo mayor.”

Distinguido doctor Jordan:
Ha llegado a mi poder su carta abierta, encabezada con el epígrafe “La misión del poeta”, y halló eco en mí, pues es cordial y bien intencionada, y aun cuando supongo que es usted un católico militante, de manera alguna la siento como una manifestación partidista. Creo que no lograremos entendernos sobre algunos puntos, pues nuestros orígenes son harto diferentes; pero, en cambio, creo responder a otros que juzgo importantes y, aun cuando las respuestas no le satisfagan, reconocerá usted su sinceridad.
EXHORTO CONTRA EL OPTIMISMO ENGAÑOSO, Y CONTRA LA AVERSIÓN DE LOS PUEBLOS Y DE LOS INDIVIDUOS A ASUMIR SU RESPONSABILIDAD
Aun cuando lo hago a disgusto, debo recordarle, ante todo, que su conocimiento acerca de mi trabajo literario es muy fragmentario y su carta abierta se refiere a una parte aislada, no medular de mi labor: a mis ocasionales artículos periodísticos. En algunos de esos artículos descubre usted expresado un pesimismo que en última instancia encuentra irresponsable, y lo comprendo.
Desde mi punto de vista, estos artículos ocasionales que se sirven a sabiendas y deliberadamente de esa forma que se llama “folletín”, representan en primer lugar una parte intrascendente de mi trabajo y, en segundo lugar, esas manifestaciones ocasionales, algo triviales, a menudo coloreadas de ironía, tienen para mí un significado común: a saber, la lucha contra aquello que en nuestra publicidad llamo optimismo engañoso.
Cuando recuerdo, de tanto en tanto, que el hombre es un producto muy amenazado y peligroso, cuando por momentos destaco lo deficiente y trágico de la humanidad, precisamente allí donde estamos acostumbrados a tomar las cosas a la ligera y a la vanidad (en el periódico), ésta es una parte pequeña en magnitud e importancia, pero a pesar de todo consciente y responsable, de mi actividad: la lucha contra la religión europea-americana adoptada por el hombre moderno y soberano que ha logrado llegar hasta este nivel.
Si recuerdo con especial énfasis el carácter dudoso de la Humanidad, es como un grito de guerra contra la pueril, pero muy peligrosa vanidad del hombre de la masa, carente de fe y de discernimiento en su ligereza, su arrogancia, su falta de humildad, de duda, de responsabilidad. Las palabras de este tipo, que he pronunciado, no van dirigidas a la Humanidad, sino a la época, a los lectores de periódicos, a una masa cuyo peligro, según mi convicción, no consiste en falta de fe en sí misma y en la propia grandeza.
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“Como la mayor parte de nuestra educación consiste en la adquisición de conocimientos, nos está volviendo cada vez más mecánicos; nuestras mentes funcionan siguiendo cauces estrechos, ya estemos adquiriendo conocimientos científicos, filosóficos, religiosos, empresariales o tecnológicos. Todo esto conduce a un estilo mecánico de vida, a una estandarización mental; y así, poco a poco el Estado, incluso un Estado democrático, dicta e impone lo que deberíamos ser. Esto se ha convertido en un peligro para la libertad. La libertad es una cuestión muy compleja, y comprender su complejidad precisa del florecimiento de la mente. El florecimiento implica libertad. Una planta requiere libertad para crecer. El florecimiento de la mente sólo puede tener lugar cuando hay una percepción clara, objetiva e impersonal, cuando sobre la mente no pesa ninguna imposición. Ésta es nuestra labor y responsabilidad como educadores.”

La sociedad, la cultura en la que vivimos, exige que el estudiante se oriente hacia la consecución de un empleo y de seguridad física. Ésta ha sido la presión constante de todas las sociedades: primero la carrera y luego todo lo demás. O sea, primero el dinero, y luego los complejos aspectos de nuestra vida diaria.
Nosotros estamos tratando de invertir este proceso porque el hombre no puede ser feliz solamente con dinero. Cuando el dinero se convierte en el factor dominante de la vida, existe un desequilibrio en nuestra actividad cotidiana.
Quisiera que todos los educadores comprendieran esto muy seriamente y vivieran su plena significación. Si el educador comprende la importancia de esto y en su propia vida lo pone en el lugar que le corresponde, entonces puede ayudar al estudiante, a quien los padres y la sociedad obligan a convertir la carrera en lo más importante. Quisiera recalcar este punto: que en estas escuelas se debe mantener en todo momento un modo de vida que cultive la integridad del ser humano.
Como la mayor parte de nuestra educación consiste en la adquisición de conocimientos, nos está volviendo cada vez más mecánicos; nuestras mentes funcionan siguiendo cauces estrechos, ya estemos adquiriendo conocimientos científicos, filosóficos, religiosos, empresariales o tecnológicos.
Nuestra forma de vida, tanto en el hogar como fuera de él, y nuestra especialización en una carrera específica, están volviendo nuestras mentes cada vez más estrechas, limitadas e incompletas. Todo esto conduce a un estilo mecánico de vida, a una estandarización mental; y así, poco a poco el Estado, incluso un Estado democrático, dicta e impone lo que deberíamos ser.
Naturalmente, la mayoría de las personas reflexivas se da cuenta de esto, pero por desgracia parece aceptarlo y soportarlo. Esto se ha convertido en un peligro para la libertad.
La libertad es una cuestión muy compleja, y comprender su complejidad precisa del florecimiento de la mente. Dependiendo de su cultura, de su educación, experiencia y superstición religiosa -o sea, de su condicionamiento-, cada cual definirá dicho florecimiento de forma diferente. Aquí nosotros no estamos tratando con opiniones o prejuicios, sino con una comprensión no verbal de las implicaciones y consecuencias del florecimiento de la mente.
Este florecimiento consiste en el desarrollo y cultivo integral de nuestras mentes, corazones y bienestar físico; o sea, en poseer una armonía completa desprovista de toda oposición y contradicción. El florecimiento de la mente sólo puede tener lugar cuando hay una percepción clara, objetiva e impersonal, cuando sobre la mente no pesa ninguna imposición.
No es una cuestión de lo que hay que pensar, sino de cómo pensar claramente. A lo largo de los siglos, mediante la propaganda y demás se nos ha alentado en el qué pensar. En esto consiste la mayor parte de la educación moderna y no en la investigación de toda la dinámica del pensamiento. El florecimiento implica libertad. Una planta requiere libertad para crecer.
En cada carta trataremos del despertar del corazón, que no es algo sentimental, romántico o imaginario, sino la bondad que nace del afecto y del amor; y sobre el cultivo del cuerpo, la alimentación correcta y el ejercicio adecuado, todo lo cual acabará generando una sensibilidad profunda.
Cuando la mente, el corazón y el cuerpo se hallan en completa armonía, entonces el florecimiento adviene de forma natural, con facilidad y excelencia. Ésta es nuestra labor y responsabilidad como educadores.
La docencia es la mayor de las profesiones que hay en la vida.
JIDDU KRISHNAMURTI, La educación integral. Cartas a las escuelas, Gaia Ediciones, 2007. Traducción: Armando Clavier. Revisión: Javier Gómez Rodríguez.
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05.05.08 @ 09:25:48. Archivado en Tribuna libre
“Esa es la corrupción que actualmente nos invade. Los hombres malvados están saturados de poder, entretejiendo corrupciones y maldades en la sociedad. El tejido es tan intenso, que es imposible de traspasar sin salir malherido o herido mortalmente. Los hombres buenos y válidos por naturaleza detestan el poder. Pero en tiempos, como los actuales, en que la maldad y la corrupción están destrozando el tejido social, los hombres buenos sienten que deben hacer algo. Lo intentan, pero la fuerza y el poder de los hombres malvados les hace retroceder. Los hombres buenos tienen miedo y callan. Saben que no podrán hacer nada ellos solos contra los poderosos.”

“Después este procedimiento se volvió perniciosísimo, una vez corrupta la ciudad, porque solicitaban las magistraturas no los que tenían más virtud, sino los que ostentaban mayor poder, y los que no eran poderosos, aunque fueran virtuosos, se abstenían de demandarlas por miedo.”
Efectivamente, los poderosos siguen manteniendo su poder porque los hombres buenos tienen miedo. Un hombre bueno jamás utilizará su poder para hacer el mal. Sin embargo, un hombre malo utilizará su poder para su propio beneficio, y si su propio beneficio incluye hacer maldades contra sus oponentes, así lo hará para mantener sus prebendas y poder intactos.
Esa es la corrupción que actualmente nos invade. Los hombres malvados están saturados de poder, entretejiendo corrupciones y maldades en la sociedad. El tejido es tan intenso que es imposible de traspasar sin salir malherido o herido mortalmente.
Los hombres buenos y válidos por naturaleza detestan el poder. Pero en tiempos, como los actuales, en que la maldad y la corrupción están destrozando el tejido social, donde la bondad del ser humano ha sido humillada, encarcelada y apartada en un rincón para ser motivo de burla y escarnio, los hombres buenos sienten que deben hacer algo. Lo intentan, pero la fuerza y el poder de los hombres malvados les hace retroceder. Es normal que sientan miedo. Es normal sentir miedo de los hombres actuales en el poder. Su maldad hará que defiendan sus prebendas con todas la crueldad que hay en sus corazones, que es mucha.
Los hombres buenos tienen miedo y callan. Saben que no podrán hacer nada ellos solos contra los poderosos.
Mientras tanto el destino de los pueblos durmientes, manipulado a través de la educación y los medios de comunicación, está en manos de hombres corruptos y malvados.
¡Cuánto se parece la historia de la corrupta Roma a nuestra actual historia! ¿O acaso es que jamás dejaron el poder los corruptos? ¿Acaso los hombres buenos y justos han sido aniquilados, ninguneados o acallados en todas las épocas por los corruptos en el poder?
La historia se repite, como una noria decadente que da vueltas y más vueltas… ¿Quién la parará?
FILOSOFÍA DIGITAL
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02.05.08 @ 18:04:15. Archivado en Mundo Libre
“Cuando cualquier país del mundo pueda decir: mis pobres son felices; no son víctimas de la ignorancia ni de la escasez; en mis cárceles no hay presos, ni en mis calles mendigos; los ancianos no padecen necesidades; las contribuciones no son progresivas; cuando puedan decirse esas cosas, entonces ese país podrá presumir de su contribución y de su gobierno. Pero no sólo sería un error, sino una mala política, tratar de forzar lo que debería lograrse mediante la razón. Es evidente que las principales fuerzas que pueden entrar en el campo de las revoluciones son la razón y el interés común. Cuando ambas cosas tienen la oportunidad de actuar, la oposición se muere de miedo o se derrumba ante la convicción. Por ende, no hay ningún poder, más que el deseo voluntario del pueblo, que tenga derecho a actuar por lo que respecta a una reforma general. Si prefiere un gobierno malo o defectuoso a una reforma, u opta por pagar diez veces más contribuciones de lo que hace falta, tiene derecho a hacerlo, y mientras la mayoría no imponga a la minoría condiciones diferentes a las que se impone a sí misma, aunque sea un gran error, no existe injusticia.”

Hoy día se está empezando a comprender demasiado bien el fraude, la hipocresía y el engaño de los gobiernos como para que éstos se puedan prometer un futuro demasiado prolongado. La farsa de la monarquía y de la aristocracia en todos los países va siguiendo el camino de la caballería andante, y el Sr. Burke se viste de luto para el funeral. Que pasen pues tranquilamente a la tumba de todos los demás absurdos, y que se consuelen sus plañideros.
NO SÓLO SERÍA UN ERROR, SINO UNA MALA POLÍTICA, TRATAR DE FORZAR LO QUE DEBERÍA LOGRARSE MEDIANTE LA RAZÓN Y EL DEBATE
No es mucho el tiempo que falta para que Inglaterra se ría de sí misma por haber enviado a buscar a Holanda, Hannover, Zell o Brunswick, hombres que le cuestan un millón al año, que no comprenden sus leyes, su idioma ni sus intereses, y cuyas aptitudes apenas si les capacitarían para el cargo de policiía de una parroquia. Si pudiera ponerse el gobierno en esas manos es que verdaderamente debe tratarse de algo sencillísimo y facilísimo, y para ese fin cabe hallar materiales adecuados en todas las villas y las aldeas de Inglaterra.
Cuando cualquier país del mundo pueda decir: mis pobres son felices; no son víctimas de la ignorancia ni de la escasez; en mis cárceles no hay presos, ni en mis calles mendigos; los ancianos no padecen necesidades; las contribuciones no son progresivas; el mundo racional es mi amigo, porque yo soy el amigo de su felicidad; cuando puedan decirse esas cosas, entonces ese país podrá presumir de su contribución y de su gobierno.
En el espacio de unos años hemos sido testigos de dos revoluciones, la de América y la de Francia. En la primera, el combate fue largo y el conflicto grave; en la segunda, la nación actuó con un impulso tan consolidado que, al no tener un enemigo extranjero al que combatir, la revolución tomó completamente el poder en el momento en el que apareció. Por ambos ejemplos es evidente que las principales fuerzas que pueden entrar en el campo de las revoluciones son la razón y el interés común. Cuando ambas cosas tienen la oportunidad de actuar, la oposición se muere de miedo o se derrumba ante la convicción. […]
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“Su apetito voraz no tiene más límites que el miedo a la reprimenda. No existe ningún tipo de civismo real, de colaboración honesta, de miramiento por el prójimo. El instinto egoísta siempre manda sobre su voluntad. Los códigos morales que han sido inventados no concuerdan con su verdadera naturaleza; no existe sentimiento más allá del amor a sus seres cercanos. La educación y la moralidad no son más que arrogantes intentos de ‘mejorar’ a un ser para que sea más perfecto socialmente. Pero su instinto egoísta e individual siempre tiene más fuerza que la voluntad de convivencia.”

Debajo del disfraz de ser sereno, cordial y respetuoso encontramos un animal carnívoro hambriento de dinero.
Temeroso por los castigos del Estado actúa imitando empatía y respeto, cooperación y civismo.
Tan solo una falsa fachada de lo que realmente tiene dentro.
Su apetito voraz no tiene más límites que el miedo a la reprimenda. No existe ningún tipo de civismo real, de colaboración honesta, de miramiento por el prójimo.
El instinto egoísta siempre manda sobre su voluntad. Los códigos morales que han sido inventados no concuerdan con su verdadera naturaleza; no existe sentimiento más allá del amor a sus seres cercanos.
La educación y la moralidad no son más que arrogantes intentos de “mejorar” a un ser para que sea más perfecto socialmente.
Pero su instinto egoísta e individual siempre tiene más fuerza que la voluntad de convivencia.
El hombre siempre pregona la generosidad y la unión cuando se encuentra débil e indefenso; cuando adquiere poder estos valores se le olvidan.
Sobre-valorando su inteligencia intenta domesticarse, moldearse a sí mismo para convertirse en un ser pacífico y carente de agresividad.
Pero al final el instinto siempre vence.
La civilización de los buitres disfrazados de abejas.
DANI EGIDO, en su blog.
http://www.filosofiadigital.com
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