El callejón sin salida
28.03.08 @ 12:06:08. Archivado en Rayos de luz
“Simplemente, ¡no puedo entenderlo! ¿Qué dios demente será la causa de esta desatinada orgía? Tal vez, después de todo, haya algo grande más allá de mis hileras de guijarros… Dentro de los confines de mis guijarros está la fea realidad. Y aquello que yo tomaba por algo grande, no es nada más que un sueño.”

He aquí nuestro callejón empedrado. Como si estuviera empeñado en alguna búsqueda, se vuelve ora hacia la derecha, ora hacia la izquierda. Pero, hacia donde sea que doble el callejón, siempre hay una casa enfrente.
Cada vez que mira fugazmente hacia arriba, no ve más que una franja de cielo, tan estrecha y retorcida como él mismo.
Un día, el callejón preguntó a la franja de cielo:
-Hermana, ¿en qué ciudad azul eres una senda?
A mediodía, apenas durante un instante, el callejón ve el sol y dice para sus adentros:
-Simplemente, ¡no puedo entenderlo!
La melancólica sombra de las nubes del monzón se hace más profunda entre las dos hileras de casas. Un torrente de lluvia se precipita a lo largo del empedrado, y los chaparrones de julio tamborilean, como tamborilea un encantador de serpientes para hacer danzar a sus sierpes. El suelo se pone resbaladizo, los paraguas se enmarañan; súbitamente, desde los canalones del tejado, el agua se derrama sobre los paraguas y sobresalta a todo el mundo.
-El tiempo era seco y todo andaba bien; ¿a qué viene este atropello sin sentido?- cuestiona azorado el callejón.
En la primavera, cuando el viento del Sur corre a lo largo de él, desaforadamente, haciendo volar papeles, lo convierte en un perfecto infierno.
Totalmente perplejo, el callejón se pregunta:
-¿Qué dios demente será la causa de esta desatinada orgía?
¡El callejón sabe que todos los desechos que día tras día se amontonan a lo largo de él -escamas de pescado, ceniza de las cocinas, restos de verduras, ratones muertos- son materia, real y sólida! Jamás se le ocurre preguntar por error:
-¿A qué viene todo esto?
Sin embargo, cuando el sol de otoño atraviesa oblicuamente el terrado, y se oye sonar la campana del templo, durante un momento el callejón piensa:
-Tal vez, después de todo, haya algo grande más allá de mis hileras de guijarros.
Entretanto las horas pasan; el reloj da las nueve. La criada vuelve a casa con las cosas que ha comprado para cocinar. El callejón se siente ahogado por el humo y los olores de la cocina. Los que tienen que acudir a sus despachos comienzan a afanarse. Entonces, una vez más, el callejón reflexiona:
-Dentro de los confines de mis guijarros está la fea realidad. Y aquello que yo tomaba por algo grande, no es nada más que un sueño.
RABINDRANAZ TAGORE, Lipika, 1921. Editorial Pomaire, 1981. Traducción de Marta I. Guastavino.
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Jesús Nava
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