Los vicios que corroen nuestra sociedad y las excelencias de la libertad
03.03.08 @ 20:00:39. Archivado en Mundo Libre
“Los hombres se sienten demasiado inclinados a no preocuparse más que de sus intereses particulares, siempre tentados de no pensar sino en sí mismos y de encerrarse en un individualismo estrecho que ahoga toda virtud pública. El despotismo, lejos de luchar contra esa tendencia, la hace mucho más fuerte; los encierra, por decirlo así, en la vida privada. Ellos tendían ya a alejarse unos de otros: el despotismo los aísla. Sólo la libertad puede combatir eficazmente los vicios que le son propios. Sólo ella puede sacar a los ciudadanos del aislamiento en que les hace vivir la misma independencia de su condición, para constreñirlos a aproximarse unos a otros. Sólo ella es capaz de apartarlos del culto del dinero y del menudo trajín cotidiano de sus negocios particulares para hacerles percibir y sentir en todo momento que a su lado y sobre ellos está la patria. Ni siquiera los déspotas niegan las excelencias de la libertad; sólo que no la quieren más que para sí, y sostienen que todos los demás son indignos de ella”.

Los franceses hicieron en 1789 el mayor esfuerzo realizado jamás por pueblo alguno para cortar, por así decirlo, su destino en dos partes y separar por un abismo lo que hasta entonces habían sido de lo que querían ser en adelante. Con este objeto, tomaron toda clase de precauciones para no arrastrar nada de lo pasado a su nueva condición; se impusieron toda clase de sacrificios para revestirse de una forma distinta a la de sus antepasados; y no olvidaron nada para hacerse irreconocibles. […]
DONDE LA ADMINISTRACIÓN ES PODEROSA NACEN POCAS IDEAS, INTERESES O PASIONES QUE NO TENGAN RELACIÓN CON ELLA
Estaba convencido de que, sin darse cuenta de ello, habían conservado del antiguo régimen la mayoría de los sentimientos, de los hábitos, e incluso de las ideas con cuya ayuda habían realizado la Revolución que lo destruyó. Y, sin proponérselo, habían utilizado sus ruinas para construir el edificio de la nueva sociedad.
Creemos conocer perfectamente la sociedad francesa de esa época porque vemos claramente lo que brillaba en su superficie, porque poseemos hasta en sus más insignificantes detalles la historia de los personajes más célebres que en ella vivieron, y porque críticas ingeniosas o elocuentes nos han familiarizado con las obras de los grandes escritores que lo ilustraron. Pero en cuanto a la manera de dirigir los asuntos, a la práctica verdadera de las instituciones, a la posición exacta de las clases entre sí, a la condición y el modo de pensar y de sentir de aquellos que no se dejaban ver ni oír, al fondo mismo de las opiniones y las costumbres, no tenemos más que ideas confusas y a menudo equivocadas.
En los países donde la administración pública es ya poderosa, nacen pocas ideas, deseos, dolores; apenas se encuentran intereses y pasiones que tarde o temprano no lleguen a relacionarse con ella. Visitando sus archivos, no sólo se adquiere una noción exacta de sus procedimientos, sino que el país entero se revela en ellos. […] En el siglo XVIII la administración pública estaba ya muy centralizada, era poderosísima y prodigiosamente activa. Incesantemente se la veía ayudar, impedir, permitir. Podía prometer y dar mucho. Influía ya de mil maneras no sólo en la marcha general de los asuntos, sino en la suerte de las familias y en la vida privada de cada hombre. Además, la falta de publicidad hacía que no temiese ir a exponerle hasta las enfermedades más secretas. […]
Porque la Revolución ha tenido dos fases totalmente distintas: la primera, aquella en que los franceses parecían querer abolir todo el pasado; la segunda, en la cual quisieron restaurar parte de él. Hay un gran número de leyes y hábitos políticos que desaparecen de repente en 1789 y vuelven a parecer unos años después, como esos ríos que se ocultan bajo tierra para reaparecer un poco más lejos, dejando ver las mismas aguas en las mismas riberas.
YA CASI NO TENEMOS ESPÍRITU DE INDEPENDENCIA, AMOR A LAS GRANDES EMPRESAS, FE EN NOSOTROS MISMOS Y EN UNA CAUSA
Comenzaré recorriendo con los franceses esa primera época de 1789, en la que el amor a la igualdad y el amor a la libertad se reparten su corazón; esa época en que no sólo quieren fundar instituciones democráticas, sino instituciones libres; cuando no sólo anhelan destruir privilegios, sino reconocer y consagrar derechos; tiempo de juventud, de entusiasmo, de orgullo, de pasiones generosas y sinceras; época que, a pesar de sus errores, vivirá eternamente en la memoria de los hombres, y que por mucho tiempo todavía perturbará el sueño de quienes pretendan corromperlos o sojuzgarlos.
Siguiendo rápidamente el curso de esa misma revolución, trataré de exponer los acontecimientos, errores y desengaños que indujeron a esos mismos franceses a abandonar su primer objetivo y a desear sólo ser los siervos iguales del amo del mundo olvidándose de la libertad. Cómo se implanta un gobierno más fuerte y mucho más absoluto que el que la Revolución había derribado, que concentra en su mano todos los poderes, suprime todas aquellas libertades a tan alto precio conquistadas, poniendo en su lugar vanas sombras de ellas; que llama soberanía del pueblo a los sufragios de electores que no pueden ilustrarse, concertarse o elegir, y votación libre de los impuestos al asentimiento de asambleas mudas o sojuzgadas; y que, al mismo tiempo que arrebata a la nación la facultad de gobernarse, las principales garantías del derecho, la libertad de pensar, de hablar, de escribir, es decir, lo más precioso y más noble de las conquistas del 89, se sigue ufanando de ellas. […]
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Jesús Nava
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