Telepolítica, telecultura, telebasura
14.02.08 @ 15:20:37. Archivado en Filosofía cordial
-Comentario-
Qué hermosas palabras, que hacen de la sombra brotar la luz y que quiero destacar por elevar mi espíritu a las alturas:
“No hay espacio ni tiempo para los espíritus que aman sinceramente la sabiduría, porque ese amor a lo eterno hace de ellos uno. Y ya ves, aunque los lobos no formen manada, su raza no se extingue.”
Hoy, gracias a usted, una pequeña ilusión cargada de esperanza ha iluminado este pequeño sendero de mi vida y quien sabe si el eco habrá llegado a otras mentes….
Me ha llamado poderosamente la atención esta frase del fragmento que usted destaca del señor Thoureau:
“¿Para qué ha enraizado el hombre tan firmemente en la Tierra, sino para elevarse hacia los cielos en igual medida?”
Buenos días y muchas gracias por existir.

-Respuesta-
Gracias a ti, alma sensible, por estar ahí y arrimar tu corazón al eco de lo que, desde aquí, se susurra más que se grita. Por eso, los sordos -¡qué desgracia ser sordo para la sinfonía que compone cada día la Vida- ni oyen la voz ni el eco.
Pero vamos a lo nuestro, que los necios pueden pensar que nos adulamos mutuamente.
¿Te das cuenta de la similitud entre la frase de Thoreau que tú resaltas y la afirmación de Madariaga en ese fragmento suyo que he titulado La evolución vertical? Las pondré juntas:
“¿Para qué ha enraizado el hombre tan firmemente en la Tierra, sino para elevarse hacia los cielos en igual medida? Pues las plantas más nobles son valoradas por el fruto que sacan al fin al aire y a la luz, lejos del suelo…” (Thoreau)
“El espíritu del hombre, mientras la vaca pace a sus pies, seguirá por los siglos de los siglos elevando y tendiendo al cielo sus brazos como ramas de árbol, ansiando y anhelando aunque no sea más que rozar con las puntas de los dedos, las yemas de las ramas, el velo azul que cubre el misterio.” (Salvador de Madariaga)
Ambos autores, mediante la metáfora de la planta que se abre en flor, al aire y a la luz, lejos del suelo, o la del árbol cuyas ramas tienden sus brazos al cielo, anhelando rozar con la yema de sus dedos el velo del misterio -y rasgarlo, diría yo-, señalan hacia ese ímpetu espiritual que tantos científicos, filósofos y escritores soslayan, y que revela una evolución vertical, creadora de infinitas formas y modos de vida, mil veces más importante y trascendental que la evolución darwiniana, horizontal y pedestre.
Cuando tenga tiempo para ordenar mis ideas arremeteré contra el evolucionismo biológico, una hipótesis absurda donde las haya, que no ha hecho mérito alguno para convertirse en teoría, pero que pretende convertirnos a todos en parientes del mono y de la ameba. Semejante patraña sólo la pueden creer los científicos e intelectuales que, en vez de aprender a pensar con los escritores o filósofos -como Einstein, Goethe o Spinoza- que piensan por sí mismos, nos explican la Vida y nos ennoblecen a todos, se limitan a seguir a poetas populares y naturalistas despistados.
Los profesionales de la filosofía -esos filisteos que no viven la sabiduría filosófica, pero medran a su costa, explicando lo que ellos mismos ignoran- y los eruditos a la violeta -muy bien descritos por Thoureau cuando los compara con los cortesanos, conformistas que tendrán éxito, pero no son en modo alguno progenitores de una raza más noble-, todos esos, no se enteran de nada.
Son pozos de sabiduría, sí, pero pozos secos que, en el desierto de la vida, a los que arden de sed de saber y anhelos de ver, no les meten en la boca ni les lanzan a los ojos más que puñados de arena ¡tan seca como su sesera! ¡Desdichados!
Por eso, aquí, en Filosofía Digital, prefiero publicar los pensamientos de foráneos como Thoreau, un desconocido en España, pero sobradamente conocido por todos los espíritus libres del mundo, antes que los de los autóctonos profesores de filosofía -pero no filósofos-, que compiten en fama con la de los famosillos y personajes faranduleros que salen en televisión despotricando. ¡Qué país éste, amiga mía!
Ahora que empieza la campaña de propaganda indecente de los partidos para ver quién ocupa la poltrona, ¡cómo me acuerdo de las palabras de Montesquieu! Aquellas en las que dice que “los políticos de hoy no nos hablan más que de fábricas, de comercio, de finanzas, de riquezas e incluso de lujo”; y las otras, donde dice que un pueblo que, al no tener democracia, no participa en el Gobierno, “se apasionará por un actor como lo hubiera hecho por los asuntos públicos”.
¡Cómo se aplica esto a la telebasura, la telecultura y la telepolítica españolas!
Un cordial saludo.
Comentario y respuesta en LA VIDA DE LOS MÁS SABIOS
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Jesús Nava
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