La sabiduría del amor, la alegría y el placer
16.07.07 @ 21:20:20. Archivado en Psicología con alma
“Ciertamente, sólo una triste y torva superstición puede prohibir el deleite. ¿Por qué saciar el hambre y la sed va a ser más decente que desechar la melancolía? Tal es mi regla, y así está dispuesto mi ánimo. Ningún ser divino, ni nadie que no sea un envidioso, puede deleitarse con mi impotencia y mi desgracia, ni tener por virtuosos las lágrimas, los sollozos, el miedo y otras cosas por el estilo, que son señales de un ánimo impotente. Muy al contrario: cuanto mayor es la alegría que nos afecta, tanto mayor es la perfección a la que pasamos, es decir, tanto más participamos necesariamente de la naturaleza divina. Así pues, servirse de las cosas y deleitarse con ellas cuanto sea posible (no hasta la hartura, desde luego, pues eso no es deleitarse) es propio de un hombre sabio.”
El odio nunca puede ser bueno. Nos esforzamos en destruir al hombre que odiamos, esto es, nos esforzamos en algo que es malo. (Nótese que aquí y en lo que sigue entiendo por odio sólo el odio hacia los seres humanos).
TODO LO QUE DESEAMOS MOVIDOS POR EL ODIO ES DESHONESTO E INJUSTO
La envidia, la irrisión, el desprecio, la ira, la venganza y los restantes afectos que se remiten al odio o nacen de él son malos. Todo lo que apetecemos en virtud del odio que nos afecta es deshonesto y en el Estado es injusto.

Quien vive bajo la guía de la razón se esfuerza cuanto puede en compensar, con amor o generosidad, el odio, la ira, el desprecio, etc. que otro le tiene. Todos los afectos del odio son malos; y así, quien vive bajo la guía de la razón se esforzará cuanto pueda por no padecerlos, y, consiguientemente, se esforzará en que tampoco otro los padezca.
Ahora bien, el odio se incrementa con un odio recíproco y, en cambio, puede ser destruido por el amor, de forma que el odio se transforme en amor.
Quien quiere vengar las ofensas mediante un odio recíproco vive, sin duda, miserablemente. Quien, por el contrario, procura vencer el odio con el amor lucha con alegría y confianza, resiste con igual facilidad a muchos hombres que a uno solo, y apenas necesita la ayuda de la suerte. Si vence, sus vencidos están alegres, pues su derrota se produce no por defecto de fuerza, sino por aumento de ella. LEER MÁS-->
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Jesús Nava
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