La idea de Dios
28.11.06 @ 14:36:29. Archivado en Catecismo filosófico
¿A quién engañó, Spinoza, el filósofo más honrado que haya pisado jamás la tierra al denominar “Dios” al Ser infinito y eterno? ¿No les gusta a los profesores adocenados, a los ateos de conveniencia o a los materialistas indolentes? ¿Les parece que la palabra Dios tiene un tufillo a sotana y sacristía? ¿Se debería inventar, para complacer sus intelectos sofisticados y sus prejuicios anticlericales, otra palabra para nombrar lo eterno? Pues ¡que la inventen ellos!
EL INDOLENTE SE ASOMBRA DE CUALQUIER PALABRA
“El indolente se asombra de cualquier palabra”, decía Heráclito. A nosotros, en cambio, la palabra “Dios” nos vale, ya lo creo. Porque, tal como afirmó Kierkegaard, Dios es una idea, no un nombre. Y no es que no reconozcamos, con el filósofo de Éfeso, que: “Lo uno, el único sabio, quiere y no quiere llamarse con el nombre de Zeus”. Pero es que Zeus, Yahvéh o Alá son los nombres propios de los dioses de ciertas religiones. Dios, en cambio, es más bien la palabra con que, nosotros al menos, designamos la Naturaleza divina, infinita y eterna. Y no es un subterfugio. ¿Acaso el significado común se aleja “enteramente” del que nosotros queremos atribuirle? Con todo, si alguien quiere pleitear por un vocablo, no aceptaremos el envite.
Demasiado bien sabemos cómo los hombres, hartos de una divinidad incorruptible que no podían ver, han acabado esculpiendo sus dioses de una piedra o un leño, a semejanza de lo que veían e imaginaban, y poniéndoles nombres a capricho. He leído que los beduinos del desierto, antes de Mahoma, se postraban, en mitad del camino, ante dioses amasados para la ocasión con arena y leche de camella. Bien, ¿y qué?
¿POR QUÉ LO DIVINO SE SUSTRAE AL CONOCIMIENTO?
¿Dejaremos de hablar del Amor, porque los necios lo confundan con el placer o el deseo? ¿Renunciaremos a la Libertad porque las masas, embrutecidas por la propaganda, luchen por su esclavitud como si ésta fuera aquélla? ¿Negaremos la Bondad porque las hombres buenos sean muy pocos? ¿No aspiraremos a la Justicia porque el Derecho esté corrompido? ¿Vamos a abandonar, en fin, el uso de la palabra “Dios” porque meapilas, racionalistas y jacobinos la cubran de oprobio? No, por cierto.
Los deístas y ateos, en general, más que alegrarse por saber, como Spinoza, que los dioses no existen, que el Olimpo está vacío, y “que todos los objetos que los hombres han adorado alguna vez, sin fundamento, no son más que fantasmas y delirios de un alma triste y temerosa”, adoptan un aire burlón que no casa bien con su pretendida superioridad intelectual o moral. Muy al contrario, no se avergüenzan de perseguir, con un ímpetu digno de mejor causa, las quimeras y fantasías que las mentes débiles conciben en su imaginación. Como si inventar fantasmas fuera mayor locura que dedicarse a perseguirlos.
¿Acaso el espejismo que sufre el que arde de sed en el desierto, prueba que el oasis que ve donde no está, engañado por los sentidos, no existe en otra parte? ¿Es sensato y humano que un guía se burle del que está desorientado, en vez de mostrarle en qué dirección hallará el manantial del que podrá beber hasta saciarse? Pues, eso es lo que hacen los ateos burlones y los deístas volterianos.
LO INVISIBLE A LOS OJOS SÓLO SE PERCIBE CON EL ENTENDIMIENTO
¿De qué se ríen? Porque ellos tampoco son capaces de percibir a Dios “con el entendimiento”. Al fin y al cabo, la incredulidad para lo suprasensible (que no sobrenatural) o metafísico (que no espiritualista), no deja de ser una especie de torpeza u ofuscación de la inteligencia.
Si el supersticioso alucina con entes que no existen, el ateo se ciega ante la evidencia de lo eterno. No sabría yo decir qué enfermedad espiritual es más grave, si la locura o la ceguera.
“No juzguemos superficialmente sobre las cosas máximas”, nos advirtió Heráclito.
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Jesús Nava
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