El Dios desconocido
27.11.06 @ 01:27:31. Archivado en Catecismo filosófico
“No podemos estar más seguros de la existencia de cosa alguna que de la existencia del Ser absolutamente infinito, o sea, perfecto, es decir, Dios” (Spinoza).
La mayoría de las buenas y significativas palabras están tan manoseadas y ajadas por el uso, cuando no claramente corrompidas, que ha sido una tentación casi constante, en la historia del pensamiento, la de inventar un nuevo vocabulario para designar las ideas novedosas que los filósofos iban alumbrando.
Spinoza, como ya antes Descartes, desechó esa posibilidad, por inútil. Un filósofo no es un poeta ni un escritor. No inventa neologismos, que tendría que pararse a explicar, ya que nadie le entendería (verbigracia, las mónadas de Leibniz).
En todo caso, será un inventor de ideas, formas de la inteligencia pura. Intenta captar, en la medida de sus fuerzas, la naturaleza de las cosas. Pero no limpia, fija ni da esplendor a las palabras. Las usa, más bien, como el labrador emplea el azadón o el arado, que otros han fabricado, para labrar su campo.
AL DIOS DESCONOCIDO ¿QUÉ NOMBRE LE PONDREMOS?
Un pensador auténtico no es un “palabrero”. Así calificaron a Saulo de Tarso, en Atenas, unos cuantos estoicos y epicúreos, integrantes de aquella masa de atenienses y extranjeros, que, según Lucas, historiador y médico: “en ninguna otra cosa se interesaban sino en decir o en oír algo nuevo” (Hechos 17). Invitado a hablar en el Areópago, Saulo, también conocido como Pablo, habiendo encontrado en la ciudad un altar con la inscripción: “AL DIOS DESCONOCIDO”, empezó diciendo: “Al que vosotros adoráis, pues, sin conocerle, es a quien yo os anuncio”.
Spinoza, salvando las distancias, también advirtió que las palabras que usaba para expresarse, las tomaba prestadas del lenguaje del pueblo llano; y añadió: “No son pocas las ventajas que podemos sacar de ahí, si nos adaptamos, cuanto nos sea posible, a su capacidad. Añádase a ello que, de ese modo, se dispondrán benévolamente a escuchar la verdad”.
Pero como esto podía ser interpretado, y así ocurrió, como una astuta claudicación, en vez de como un gesto de modestia y realismo, hizo esta acotación en su Ética: “Sé que estos nombres significan otra cosa en el uso corriente. Pero mi designio no es el de explicar el significado de las palabras, sino la naturaleza de las cosas; designando éstas con aquellos vocablos cuya significación, según el uso, no se aparte enteramente del significado que yo quiero atribuirles. Bastará con advertir esto una vez”.
YO TAMBIÉN LE LLAMARÉ DIOS
Hasta tal punto fue fiel a esta regla, que prefirió no designar cierto sentimiento, por no satisfacerle ningún vocablo ordinario: “No sé con qué nombre debe llamarse a la alegría que surge del bien de otro” (Ética, III-23). En cambio, no tuvo dudas sobre qué nombre debía poner al Ser infinito y eterno: “LE LLAMARÉ DIOS”.
Ni aún así se libró de la acusación de sutil talmudista por parte de los profesionales de la inteligencia o parásitos de la filosofía, como denominaba el implacable Schopenhauer a los filósofos segundones y a los profesores universitarios, que gustaban de ser oscuros con tal de parecer profundos:
"Salgan, en fin, a la luz, como hasta aquí cada día nuevos sistemas, amañados no más que con palabras y frases, para uso de las Universidades, juntamente con una culta jerga en que se pueda hablar días enteros sin decir cosa alguna, y que jamás turbe ese placer aquella sentencia arábiga que dice: “Oigo el ruido del molino; pero no veo la harina"."
Harina sí que extrajo Spinoza, y en tal cantidad, que ha sido capaz de saciar el hambre de Verdad de cuantos han acudido a su filosofía, valga decir, a su molino. Él solo nos compensa con creces de la gran masa de filósofos y escritores gárrulos que nos han hecho perder el tiempo con su cháchara insustancial; porque, en palabras de Heráclito, “uno es para mí como diez mil, con tal que sea el mejor”.
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Jesús Nava
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