El duro trabajo de pensar para saber
30.08.06 @ 18:12:31. Archivado en Psicología con alma
“Saber que se sabe lo que se sabe y que no se sabe lo que no se sabe; he aquí el verdadero saber”(Confucio).
En otro lugar, ya he dicho que en la Biblia -libro a cuyo estudio en profundidad he dedicado algunos años- hay, junto a otros menospreciables, incluso despreciables-, textos deliciosos que pueden ser muy inspiradores a la hora de meditar sobre los temas eternos de que se ocupan la religión, la filosofía y la ética. No porque resuelvan los problemas que atormentan a los pensadores o meditadores, sino porque los plantean y enuncian con claridad meridiana.
En un capítulo del Libro de los Salmos -colección de poesía religiosa hebrea que en nada desmerece de la del premio Nobel indio Rabindranaz Tagore- su autor, Asaf, se plantea, la cuestión de la maldad humana y el desafío que supone, para el que cree en la bondad y se consagra a la práctica del bien, el observar cómo los malos “prosperan, conservan su vigor, no pasan trabajos ni sufren como los demás mortales, se mofan de los humildes y hablan con altanería de hacer violencia, alcanzas riquezas, ponen su boca contra el cielo y su lengua pasea la tierra”. “Por poco resbalo -confiesa el atribulado Asaf-, porque tuve envidia de los arrogantes, viendo la prosperidad de los malos”. Y, a lo que vamos, confiesa finalmente: “Cuando pensé para saber esto, fue duro trabajo para mí, hasta que entrando en el santuario de Dios, comprendí…”
No me disculparé por haber hecho esta larga cita, pues deseaba aclarar el origen del título que he dado a esta sección: PENSAR PARA SABER. Y, de paso, explico por qué considero que el esfuerzo por comprender las cosas que nos afectan en serio es realmente un “duro trabajo”. Nos vamos a ocupar de la mente: origen, naturaleza y funciones; pero también de su poder innato para ver con claridad las cosas como son, hasta dónde llega su capacidad de entender y qué obstáculos se oponen al verdadero conocimiento. En cuanto que filósofos o amantes del saber, la sabiduría es nuestro santuario y la filosofía de la mente su atrio. Descalzos de prejuicios y con el debido recogimiento confiamos en que el misterio y el sentido de la vida nos sean revelados de algún modo. La sabiduría nunca defrauda a sus hijos que la aman y veneran con constancia.
De las falacias, los sofismas y las soflamas filosófico-morales o religiosos, que agitan o apocan los ánimos, nos ocupamos en otra sección. Allí ya hemos denunciado algunos de los errores intelectuales más comunes en el pensamiento académico convencional, como es el caso del escepticismo. Frente a quienes se han rendido con armas y bagajes ante la flojera del pensamiento débil, que parece sentirse orgulloso de su incapacidad de saber o entender, declaramos con Spinoza, sin necesidad de caer en dogmatismos insolentes, que “nosotros, al menos, sabemos que algo sabemos”. O como el mismo Confucio advirtió a los que pretenden impresionar a la audiencia alegando que ellos no saben nada: “Saber que se sabe lo que se sabe y que no se sabe lo que no se sabe; he aquí el verdadero saber”.
Así que nada de arrogancias ni de falsas modestias. A trabajar duro. Para alcanzar la verdad sólo se requiere, además de la imprescindible necesidad de saber, una voluntad decidida, un plan premeditado, y una mente despejada y libre de prejuicios. Que no son requisitos poco imponentes, dadas las caóticas condiciones en que vive el hombre moderno, pero que pueden ser superados, con mucha perseverancia, por los más valientes y honestos a la hora de pensar. Sí, valientes y honestos. La pregunta: ¿tendré la inteligencia necesaria y la suerte suficiente para adentrarme en el corazón de la filosofía?, es improcedente. Porque, como decía el poeta, tú tienes tu libre albedrío y tu alma en tu cuerpo como el más pintado. Y, por otro lado, la suerte, buena o mala, a diferencia de lo que ocurre con el buscador de oro, que cava mucho para encontrar poco o nada, no tiene ninguna influencia determinante sobre aquel que busca la verdad sin desmayo. El poder de la mente para alcanzar la sabiduría no está expuesta al azar ni depende en absoluto de la casualidad, sino de su fuerza natural intrínseca.
Las preguntas que deberíamos hacernos, en cambio, son de este tenor: ¿Tendré el coraje moral necesario para salir de la caverna innata de la ignorancia, de ese confortable mundo de sombras en que hemos sido criados y educados, y soportar el dolor de ver la luz de frente? ¿Tendré la honestidad intelectual suficiente para aceptar la verdad y no mentir contra mi razón? Si las respuestas obtenidas para nuestros adentros son positivas, señal segura son de que tenemos una mentalidad filosófica y de que amamos la verdad con la pasión necesaria. No nos arredremos por los obstáculos que la imaginación, siempre acobardada y loca, nos sugiera. Paso a paso podemos llegar a donde nos propongamos. Así pues, mi consejo final es el de Kant: “Atrévete a saber”.
Para leer el artículo original y otros enlazados con éste: http://www.filosofiadigital.com/
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Jesús Nava
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