El Rey Progre (que no Leal/r); la “encantada princesa” (que no la Princesa Encantada), y el Príncipe Besugo (que no Sapo). ¡Ah!, y el valido Rasputón (que no Rasputín).
14.10.06 @ 15:21:52. Archivado en Literatura
Verán, hace días que tuve la oportunidad de escuchar un cuento - dicen que infantil, pero yo tengo mis dudas - que por las características del relato que contiene no he podido resistirme a transcribírselo a ustedes.
Ya que el cuento me fue transmitido de forma verbal, en la más pura tradición, es muy posible que en mi relato se produzcan errores, por olvido o, incluso, elementos que puedan asemejarse a algo, o a alguien. Les aseguro que, como dicen los clásicos, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
Este es el relato: Érase una vez un Rey, muy alejado de las tradiciones monárquicas, del que se decía que por una incomprensible, algunos lo calificaban de contradictoria vocación genética heredada, era muy progre, casi de izquierdas. Si es que en aquel tiempo se podía calificar como tal a aquellos que no pertenecían a la clase dirigente. Su valido, Rasputón, (que no Rasputín, como pudiera pensarse), del que después hablaremos, llegó a calificarlo como “el rey más republicano de la historia monárquica” (¿).
Con el Rey, en el palacio, vivían, entre otros, el Príncipe Besugo (que no Sapo), su hijo heredero. No se conoce con certeza de qué heredad se trataba, a tenor de las terribles circunstancias que rodeaban el futuro del reino, y de sus propias vidas. El sobrenombre de Besugo le había sido dado porque a diferencia de cualquier otro príncipe, que al ser besado por su amada doncella se convertían de sapo en Príncipe, este, por inexplicables razones que nunca nadie pudo aclarar, se convirtió, al ser besado por su amada, de príncipe en besugo.
Cuenta la leyenda que pese a que, el Príncipe Besugo (que no Sapo), desde su más tierna juventud no dejó de besuquear con cuantas doncellas de su reino, o de los reinos limítrofes, encontró a su paso, únicamente el contradictorio hechizo pudo ser roto cuando apareció en su vida la “encantada princesa” (que no la Princesa Encantada). Y así permaneció, convertido en besugo para el resto de su vida.
Mientras tanto, con la boda, la “encantada princesa” (que no la Princesa Encantada), aportó a la vida de palacio, hasta aquel entonces razonablemente sobria, elegante y discreta, su corte personal de bufones y titiriteros que, lejos de llevar las nuevas tendencias culturales e intelectuales hasta el palacio, consiguieron introducir la chabacanería, arropada por una inequívoca progresía, tan del gusto de “su majestad”, hasta límites jamás pensados. Por los pasillos de palacio corrían rumores que la vulgaridad y el mal gusto de la “encantada princesa” (que no Princesa Encantada) era de tal magnitud que hasta se permitía hacer chistes soeces sobre ella misma y la hueste de bufones, bebedores de potingues perniciosos, que alardeaban de ser buenos amigos y conocedores de las intimidades de la “encantada princesa” (que no Princesa Encantada).
El Rey Progre (que no Leal/r) parecía no darse cuenta de lo que sucedía en palacio, en tanto que su popularidad y el cariño de su pueblo se iba desvaneciendo a pasos agigantados. “Su Majestad” parecía haber olvidado que el pueblo llano, en su mayoría, le había aceptado y adoptado más por sus cualidades humanas, perfectamente definidas al inicio de su reinado, que por tradición monárquica alguna. Eran seguidores de “su Rey”, como tal, no monárquicos de convicción.
Pero el desorientado monarca tenía un problema mayor en su reino: su valido Rasputón (que no Rasputín). Este sujeto, de aspecto repulsivo - larguirucho, desgarbado y cheposo, cuyo pérfido rostro quedaba enmarcado por dos impresionantes cejas circunflejas sobre unos ojos inexpresivos y una nariz aguileña, se había ganado a pulso tal sobrenombre. De él se decía que era lo más parecido a un putón verbenero, incapaz de decir a nadie que no, salvo aquellos que reprochaban sus actos, con tal de mantener su privilegiada posición en la corte del Rey Progre.
Entre todos ellos, unos por acción y otros por indolencia y omisión, habían dejado el reino en manos de intrigantes oscurantistas cuyo único objetivo era medrar a la sobra del Rey Progre, sin la menor preocupación por un pueblo que veía como poco a poco lo que, en tiempos, fuera un reino fuerte y respetado, se estaba convirtiendo en pequeños reinos, al estilo de los taifas musulmanes, tan admirados por Rasputón.
Tengo que confesarles que el cansancio hizo mella en quien tan interesante cuento me estaba contando - un noble anciano conocedor por demás de la vida y obra de todos y cada uno de los personajes de este cuento – no pudiendo evitar dos prolongados bostezos. Hube de darme por aludido. Pero no deseando perderme el final del cuento le rogué que, antes de caer en los brazos de Morfeo, cuanto menos, me resumiera el final del interesante cuento.
Está bien, me respondió. Lo cierto es que es un cuento malhadado y puede que su final no te guste. Pero allá va. Este cuento, a diferencia de todos cuantos hayas podido escuchar a lo largo de tu vida, continuó, tiene un triste final. Al contrario que en todos los demás, los personajes acabaron sus vidas lamentando su triste final. El Rey Progre (que no Leal/r) terminó sin reino que reinar. Eso sí, pudo postularse como presidente de todas y cada una de las infinitas repúblicas surgidas al albur de sus torpezas.
En cuanto al Príncipe Besugo (que no Sapo), acabó, como tal, el resto de sus días junto a su amada, la “encantada princesa” (que no Princesa Encantada), convertida de nuevo en plebeya y, ambos, viviendo del cuento. Y no precisamente de los derechos de este.
En cuanto a Rasputón, abandonado a su suerte por los intrigantes oscurantistas, trató, sin éxito, de competir con el Rey en la consecución de alguna de las presidencias a las repúblicas por él creadas. Acabó en un centro de salud mental, creo que en aquellos tiempos se llamaban manicomios, dedicado como un poseso a escribir y rescribir la historia eternamente.
En cuanto al pueblo llano y honrado, y esta es la moraleja final del cuento, como siempre que en su camino se cruzan personajes de la calaña de Rasputón y similares, no hubo oportunidad para las celebraciones, para la felicidad, ni para las perdices. Sólo le quedó la posibilidad de asumir los males provocados por los desaprensivos, e iniciar un largo caminar para conseguir reencontrar sus raíces étnicas. Como me lo contaron, yo se lo cuento a ustedes.
Felipe Cantos, escritor.
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