El valor de un buen consejo
02.05.06 @ 17:52:35. Archivado en El oficio de vivir
(No estimes el dinero ni más ni menos que lo que vale: él es un buen siervo, pero un pésimo amo. Alejandro Dumas, hijo.)
Anoche, pocos minutos antes de levantar el campamento frente al televisor y completamente transpuesto, algo penetró a través de mi retina y quedo alojado en mi cerebro de modo que, después de procesarlo durante la noche, consiguió que esta mañana, al levantarme, tuviera la sensación de haber resuelto una de las incógnitas que más me ha perturbado a lo largo de mi vida. Pese a lo escuchado por boca de los demás - y en más de una ocasión de mi propia conciencia a través de ese implacable Pepito Grillo que todos llevamos en nuestro interior – llegué a la conclusión de que durante todo ese tiempo había hecho una correcta interpretación de lo que de manera coloquial podríamos llamar el equilibrado valor de las cosas. No, la recomendación de la televisión no era un inteligente mensaje pretendidamente subliminal. Ni siquiera su contenido, a priori, planteaba cuestión filosófica alguna. Todo lo contrario. Era un directísimo y pragmático anuncio, de una conocida marca de automóviles, dirigido a la racionalidad del hombre/mujer, para que no se niegue a sí mismo la capacidad de conseguir convertir un sueño en realidad.
Y pese a que es muy seguro que de él se podrían deducir múltiples interpretaciones, a mí, personalmente, me sorprendió. No tanto por la originalidad del mensaje directo, si no por la doble lectura que de él podía deducirse. El mensaje transmitía el positivo y razonable deseo de que la vida, pareciendo injusta tal y como se origina - infancia juventud, madurez, vejez… y muerte – pudiera ser invertida e iniciara su andadura asentada en una vejez repleta de achaques, para ser precedida por una madura juventud que, liberado de las cargas de esa penosa madurez repleta de obligaciones, le permitiera al ser humano, ahora si, en plenitud de forma y en vía directa a una juventud exultante, distanciarse de aquellas ineludibles obligaciones de la madurez y disfrutar de su tiempo y su magnifico estado físico y, cómo no, de las cualidades del bien adquirido. Ahí es donde nuestro publicista introducía la irresistible oferta de su automóvil, un modelo de altísimo nivel. “¿Qué mejor momento, concluía el anuncio, para sentir de verdad lo que esta maravilla de la tecnología puede ofrecerle? ¡Pues no lo piense más y, pese a todo - imagino que principalmente se refería a su precio – atrévase!”
Y tienen razón, pues mal que le disguste a la mayoría, no tenemos la facultad divina de alterar el orden de las cosas naturales hasta ese extremo. Pero si tenemos la posibilidad, aunque continuemos con el orden cronológico de nuestra existencia sin alterar - en mi opinión es preferible pues, haciéndolo de modo, pudiera suceder que provocáramos un cambio que lograra hacer realidad la obra “El planeta de los Simios” - de tratar de buscar ese punto equidistante entre la mojigatería y la imprudencia, o la irresponsabilidad, que en ocasiones se confunde, y dar un salto cuantitativo y cualitativo haciéndonos con ese deseado bien y convirtiendo nuestro sueño, pospuesto durante años, en realidad.
Recuerdo con nítida claridad los “cariñosos y amables” reproches de uno de mis mejores amigos, quizás veinte años mayor que yo, cuando observaba que yo había adquirido un nuevo coche, había cambiado de casa, o me había permitido cualquier pequeño, o no tan pequeño capricho, en base a financiaciones bancarias. No se cansaba de repetirme que él jamás haría una cosa así, que él tenía la buena costumbre de ahorrar, ¡los años que hicieran falta!, para hacer realidad sus sueños.
Yo, avergonzado unas veces y otras aburrido de escucharle, trataba de cumplir mis sueños como el más niño de los niños, justo cuando ¡eso! aún eran sueños que alegraban el alma y compensaban de alguna manera, aunque fuera material, el enorme esfuerzo de conseguirlo. El, erre que erre, tratando de crear en mí esa mala conciencia de que ni era el momento, ni le parecía razonable adquirir aquellos compromisos que, profetizaba, llegado un momento difícil serían serios obstáculos en mi economía.
Pero a diferencia de él, yo tenía muy claro que siempre que surgiera la ocasión y no provocara una situación irreversible prefería disponer del bien en plena forma, aunque para ello debiera arriesgar parte de esa supuesta seguridad económica que, por otro lado, nunca he sabido bien en que consiste. ¿Acaso acumular con gran sacrifico una cierta fortuna personal, siempre pequeña, para que los herederos naturales, sin mayor esfuerzo, disfruten ¡en su futuro! de aquello de lo que tú no disfrutaste pensando en ellos?
Ahora, transcurrido ese tiempo en el que las cosas materiales pasan a un segundo plano y, ni siquiera, el magnífico Mercedes del anuncio se nos hace más apetecible e interesante que la degustación de una buena cerveza en una soleada terraza rodeado de los seres queridos, recuerdo con cariño los consejos de mi buen amigo al que nunca terminé de hacer caso a sus bien intencionados consejos. Entre otras razones, porque dolorosamente a su muerte, hace escasos meses, me confesó, no sin cierto rubor difícil de apreciar en aquel pálido rostro, que en realidad siempre me había envidiado y que, en el fondo, le hubiera gustado, si es que hubiera podido, ser como yo. “Sabes – me susurró para evitar que los demás le oyeran – hace escasos once meses pude cumplir mi sueño de comprar aquel pequeño barco que tanto deseaba. Pero, al igual que el magnífico automóvil que compré el años pasado, ¡a tocateja!, añadió con cierta sorna, ambos deberán de esperar, depositados en el Puerto Juan Maestre, en La Manga, a que regrese de mi inapelable viaje. ¡Cuánto daría por haberlos disfrutado, como tú haces! Aunque para ello mi cuenta bancaria hubiera estado en más de una ocasión en rojo”. Preferí no ahondar en la herida. Pero, en este caso, lamentablemente, ni tan siquiera le quedaba el consuelo de unos herederos que terminaran por disfrutar de lo que tanto esfuerzo le costó y tan poco beneficio le aportó.
Eso, en el supuesto caso de que alguno de ellos hubiera sabido navegar a vela y, en tu honor, poder dejar estelas en el mar como sólo tú eras capaz de hacerlo, querido amigo.
Lo siento, bobalicón.
Felipe Cantos, escritor
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